publicidad
publicidad
Logo de El Confidencial
Lunes, 3 de septiembre de 2007 (Actualizado a las 16:51)
Portada   España   Cotizalia   Deportes   Vivienda   Comunicación   Gente   Opinión   Canales   Fin de Semana   Imágenes   Vídeos   Foros   
Con Lupa Al Grano Mientras Tanto Dos Palabras Sin enmienda El Confidente
Salud Tecnología Buscador de Hoteles

ARTE

El canto de cisne del genio

El canto de cisne del genio

@Elisa Morales - 16/06/2007

Votar esta noticia

Resultado (19 Votos)

enviar a un amigoimprimir

VAN GOGH. LOS ÚLTIMOS PAISAJES

Exposición de pintura y dibujo
Lugar: Museo Thyssen-Bornemisza, Paseo del prado, 8. Madrid.
Teléfono: 91 369 01 51.
Horario: de martes a domingos de 10 a 19h.
Fecha: Hasta el 16 de septiembre.
Entrada: 5 €; reducida 3,5 €
www.museothyssen.org/thyssen

Cuando se piensa en el trágico final que un genio de la pintura como Van Gogh (1853-1890) decidió para sí -se disparó con un revólver- es muy probable que acudan a la memoria sus cuadros más virulentos: alguno de sus autorretratos -como aquel en el que se le ve demacrado e introspectivo, ese otro en el que presenta la cabeza vendada-, o quizás uno de sus expresivos y oscuros paisajes, como La noche estrellada.

Por eso resulta todo un acierto por parte del Museo Thyssen-Bornemisza que, a la hora de proponerse realizar una exposición monográfica de su figura, su comisario y conservador jefe de la institución, Guillermo Solana, se haya decidido a centrar la muestra que acaba de inaugurarse en los últimos y luminosos paisajes que realizó en los 70 días anteriores a su muerte el 27 de julio de 1890.

Imaginemos el contexto. Van Gogh acaba de salir del manicomio de Saint-Remy, tras la más larga y peor de las crisis mentales, dispuesto a iniciar una nueva vida cuya primera parada es París. Allí visitará a su querido hermano Theo y a su mujer, y tendrá oportunidad de ver toda su obra reunida. Cinco días después, parte hacia un pueblecito treinta kilómetros al noroeste de la capital francesa, Auvers-sur-Oise, después de que Theo haya conseguido que Paul-Ferdinand Gachet, médico y artista aficionado, le haya prometido vigilarle amistosamente. De esta forma el pintor holandés llega al lugar en el que encontrará tranquilidad y un ambiente saludable que le empujará a trabajar frenéticamente en jornadas que comienzan muy temprano.

Tal como nos susurran alguna de las veintiséis pinturas y tres dibujos, Van Gogh, parece que teniendo muy presente ese repaso reciente a toda su obra, encuentra un cruce de caminos entre su primera etapa en la localidad holandesa de Neuen, con sus temas rurales y la presencia influyente de los paisajistas holandeses del siglo XVII, y sus trabajos más tardíos, en los que el color -con el que más que pintar, dibuja- se moderniza, y despliega temas más cercanos a otros impresionistas como Monet y Renoir, con esos campos de amapolas o esos embarcaderos.

Con una contundente selección de estractos de las cartas que Van Gogh envió en esos días principalmente a su hermano Theo -y que han sido recogidas en su totalidad en el pequeño catálogo realizado para la ocasión-, el recorrido de la muestra se convierte en un periplo íntimo por la mentalidad de un artista, algo a lo que contribuyen también esos breves pero certeros textos que acompañan a muchas de las obras.

Gracias a todo esto observamos perfectamente alguna de las claves de su trabajo: la contraposición de sus pinceladas, verticales u horizontales, que distingue las casas viejas de las nuevas; la presencia, en algunos casos, de un punto de vista bajo, casi a ras de suelo, en unos paisajes dominados por un movimiento ondulado de los trazos en los que solo al fondo se divisa alguna que otra casa del pueblo; la perfecta integración en su paisaje de lo nuevo: puentes de hierro, casas que ya no tienen tejados de paja; o esa descomposición de la luz en grandes trazos de colores -los impresionistas, dice el artista, "somos así, estamos sometidos a una misma influencia, y todos tenemos algo de neuróticos. Eso nos hace muy sensibles al color y a su particular lenguaje"-, como en ese pequeño lienzo que refleja su visión en contrapicado de una copa de árbol iluminada por el sol.

La exposición ha sido trazada con inteligencia y sencillez, prologando la visita con unas fotografías del Auvers de la época comparadas con las imágenes en color que rastrean el estado actual (están fechadas en el mes pasado) de los paisajes que plasmó el artista, acompañados de una cronología sencilla de esos días estertóreos. El final nos depara un detallito de esos que ponen el broche de oro a una muestra: una imagen de gran tamaño de su infancia ante la que las palabras de definitiva renuncia a la vida dirigidas a su hermano resultan conmovedoras.

No se pierdan:

NEORREALISMO. LA NUEVA IMAGEN DE ITALIA (1932-1960)

MAN RAY

BILL VIOLA. LAS HORAS INVISIBLES

ANSELM KIEFER

LO[S] CINÉTICO[S]

TINTORETTO

RON MUECK

DOCE ARTISTAS EN EL MUSEO DEL PRADO

Votar esta noticia

Resultado (19 Votos)

enviar a un amigoimprimir

Todos los derechos reservados © Prohibida la reproducción total o parcial

Auditado por Ojd