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Chabon saca la lupa

@María José S. Mayo - 16/06/2007

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LA SOLUCIÓN FINAL

Autor: Michael Chabon
Editorial: Mondadori
Páginas: 128
Precio: 14,50 €
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Para aquellos que aún no lo conozcan, Michael Chabon es uno de los puntales de la narrativa norteamericana. En un artículo publicado en el Time, Lev Grossman se preguntaba quién era la voz (anglosajona) de esta generación y entre los cuatro nombres que ofrecía (los otros tres eran David Foster Wallace, Jonathan Franzen y Jonathan Lethem) figuraba el de Chabon, botón que es muestra de muchas más menciones en diferentes atículos. Además, Los Simpson -siempre tan atentos a la realidad estadounidense- llegaron a incluirle como personaje de un divertido capítulo (ver vídeo) en el que se peleaba con otro de la lista, Franzen. Si estos dos datos no les parecen suficientes ahí va otro par. Para los que los premios sean una buena referencia a la hora animarse o no a leer un libro, con su admiradísima novela Las asombrosas aventuras de Kavalier y Klay consiguió en 2001 el premio Putlitzer. Y, para los aficionados al cine, hay que recordar que su novela Jóvenes prodigiosos se convirtió en una estimable película de Curtis Hanson.

Queda claro que Chabon se encuentra en el ojo del huracán literario al otro lado del charco. Por eso, su última novela, La solución final, requiere nuestra atención. Bajo este título con claros aires de holocausto nazi, se esconde una historia situada en la Inglaterra del final de la IIGM en la que recupera plausiblemente la figura de Sherlock Holmes -protagonista también de ese primer escrito con el que tan buena nota recibiese en la escuela y que le animó a dedicarse al oficio-. Y decimos plausiblemente porque su protagonista se nos describe como un anciano (nunca se dice su nombre) de 89 años -teniendo en cuenta que las últimas aventuras publicadas por Conan Doyle son de los años veinte, la cosa cuadra-, ataviado con una capa llena de remiendos, fumador de pipa, acompañado de una vieja lupa y una celebridad incluso en remotos lugares como La India. Además, el título elegido por Chabon respalda la suposición, pues se revela como una respuesta al título de una de las aventuras contenidas en Las memorias de Sherlock Holmes: La pregunta final, en la que se hacía creer que el personaje moría.

Pero si este sabueso retirado vuelve a la que sabe será su última investigación, no lo hace por ese fin común entre los detectives novelescos de encontrar al culpable para que se le castigue; o mejor, para demostrar su astucia dando con la solución al problema con ayuda de una cabeza que, como la de nuestro héroe, "se había ganado su reputación gracias a una larga y brillante serie de extrapolaciones basadas en agrupaciones improbables de datos" (p. 12). No. El anciano quiere encontrar un precioso loro desaparecido, capaz de recitar a Goethe o nombrar series de números que creen relacionadas con códigos navales alemanes-de ahí su valor-, con el objeto de devolvérselo a su propietario, un niño judío deportado que lo tiene como su único amigo. Toda una sorpresa ésta para la que no se permite sentimentalismos.

Pero la sequedad de sus personajes no se trasluce en su adornada escritura. Sus complicadas estructuras sintácticas hacen que en un principio cueste entrar en su juego literario, que, por otra parte, carga de elementos poéticos inesperados -"La luna que ocultaba el sol empezó a alejarse; el mundo quedó una vez más deslumbrado por el sentido y la luz y la maravillosa vanidad del significado" (p. 78)-, y adereza con un puntito de fina ironía.

Sus descripciones -que aun así nos reservarán momentos fascinantes como cuando habla de la faceta de apicultor del anciano- contienen una acumulación de metáforas que termina pesando a la fluidez de la narración. Chabon es brillante y quiere demostrarlo continuamente, aunque en el empeño logre cansarnos.

De esta forma, La solución final demuestra estar cargada de buena literatura, de un misterio y un aire extraño cercano a Iris Murdoch -sobre todo en todo lo referente a esa familia encabezada por el reverendo indio-. Pero, finalmente, todo queda demasiado difuminado, demasiado disperso como para convertir un libro estimable en un libro redondo.

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