TRIBUNA
La arqueología de los partidos políticos y el diente de Zapatero
Antonio Bernabéu - 12/06/2007
En plena campaña electoral, y vistos desde fuera, los partidos políticos pueden parecer rosaledas. Pero cuando la cosecha de votos llega escasa y torcida, el jardín se somete a una excavación arqueológica, implacable y sañuda.
Algo así está ocurriendo en las entrañas del Partido Socialista de Madrid, al que los descalabros de las últimas elecciones pusieron en braguillas. Y allí se han encontrado, junto a vasijas y restos de muralla romana, claros vestigios de unos habitantes antiguos llamados acostistas.
¿Se coció en esa tribu alguna rara y estremecedora herejía, como la que inspiraba el internacionalismo permanente de Trotsky? ¿Llegaron a adaptar, en sus filas, la doctrina de Monroe para que solo se danzara en Madrid al son del organillo? No, jamás, nunca. Los acostistas no trajeron veleidad ni debate; eso sí, se mostraban como unos insaciables bebedores de cañas. Tomaban cañas y se repartían las listas.
No hay que creer a Darwin cuando asegura que casi todos descendemos del mono, porque los acostistas descendían de Guerra. Y Guerra venía a ser la encarnación de un majestuoso proyecto para desactivar al PSOE de una corriente crítica y sustituir este riesgo por un agrio desplante de majo populista, chascarrillero y zafio. Agotado este soplo, amortizada su raída poética, las cosas derivaron en un parasitismo que hacía las delicias de los Tamayo y Sáez, pero que extenuaba al votante.
Y así puestas las cosas, se fajó el Comandante y se puso a excavar. Pero esta zoología, poco dada al desahucio, se incrusta en el esquema, se enraíza en la tierra, se agarra a su eslabón para perpetuarse en una agradecida cadena alimentaria. Simancas y Ruth Porta han tragado, sin agua, el pan de la Gestora a cambio de obtener un buen puesto, dentro de las futuras listas para las generales, detrás de Zapatero. Esto cambia las cosas, porque, cumplido el efecto mariposa que rige los designios del Caos, los perdedores en comicios locales pueden coronarse de acanto siempre que se trasladen a un espacio más amplio.
España sigue asombrando al mundo. Simancas y Ruth Porta, imperturbables, continúan al frente de la nave. Acebes y Rajoy, perdedores de una mayoría absoluta, postulan el modelo a seguir por los fieles devotos del PP. España, luz de Trento, pesebre de sumisos, pesadilla de honrados analistas, pasto de infames tertulianos, ora pro nobis.
De todos modos, si en esta clara confusión cotizan las apuestas, conviene que no pierdan de vista al joven Rodríguez Zapatero. Ni la Secretaría General de un partido, ni la jerarquía más alta del Gobierno se ganan en las tómbolas; son el fruto implacable de un diente poderoso. Y ya verán cómo en el reciente proceso de arrebatar banderas, a diestro y a siniestro, De Juana Chaos, como los niños díscolos, terminará por comérselo todo, porque el juego ha acabado. Y cómo a los secuaces de Otegi se les queda pequeña su ‘casuelita’ ambigua.
Lo que no está tan claro es que Porta y Simancas cabalguen en las listas para el año que viene. Las promesas políticas se suelen convertir en veredas sembradas de cadáveres; Bono, descuartizado, aquí; Maragall, que agoniza un poco más allá. Señores y señoras, Simancas y Ruth Porta, oriéntense y aprendan del poso de la Historia. Si superaron con brillantez la ESO, si saben escribir, con fluidez, a máquina, vayan buscando empleo.
Es la hora del Grupo Samarkanda, nueva utopía urbana que se han puesto a tejer los alcaldes del Sur en torno a una comida. Y si la cosa no encandila a las masas, seguro que han tomado, en el restaurante que les presta su nombre, los tomates rellenos más ricos y sabrosos que ofrece esta ciudad.
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