Marcos Ordóñez recrea 40 años de historia a través de las tertulias del Café Gijón
Ana Mendoza. Efe.- - 08/05/2007
El Café Gijón de Madrid fue durante décadas un ateneo libre, "un poco canalla", en el que escritores, cineastas, actores y pintores se pasaban la tarde hablando de lo divino y de lo humano. Ahora, el crítico teatral Marcos Ordóñez recoge el espíritu de aquellas tertulias en un libro que resume 40 años de la vida española.
La obra se titula Ronda del Gijón. Una época de la historia de España, y por sus páginas desfilan dieciocho personajes que fueron asiduos visitantes del café y que, en mayor o menor medida, protagonizaron esas famosas tertulias que todavía hoy continúan, aunque ya no tengan el mismo relieve.
Desde Eugenio Suárez, el fundador de "El caso"; Ana María Matute, cuya visión de aquellos años de posguerra es estremecedora, o Rafael Azcona, que asegura que la gente iba al Gijón porque "en las casas hacía un frío de muerte", hasta Manuel Alcántara, Jesús Pardo o José Luis García Sánchez, pasando por Manuel Vicent, para quien "en las tertulias se intenta pegar el mundo roto con saliva".
El autor incluye también, entre otros, los testimonios de Raúl del Pozo -él es quien define el Gijón como "el ateneo canalla de nuestra cultura"-, Álvaro de Luna, Jesús García de Dueñas, Rosana Torres, cuyo padre "debe ser la única persona que ha estado en el Gijón después de muerto"; Maruja Torres, o el camarero Pepe Bárcena, que por su trabajo sabe bien que este café "es uno de los mejores teatros de Madrid"; cada uno entraba allí "con el personaje puesto".
"Colaboradores excepcionales"
Publicado por Aguilar, el libro es fruto de muchas horas de entrevistas con cada uno de los "colaboradores excepcionales" con los que Marcos Ordóñez ha contado para hacerlo. Testimonios que luego ha convertido "en monólogos, como si todavía estuvieran hablando desde el café", en una tertulia imaginaria, explicó hoy el autor en una entrevista con Efe.
Hay opiniones encontradas, porque, como dice el autor, en el Gijón "se ha reunido siempre gente de distinto pelaje ideológico", y no era difícil "ver a un falangista charlando con un comunista, o a un juez con un truhán".
Lo que ha pretendido en suma es "contar la microhistoria de un país a través de toda esa gente dispar que pasa por el Gijón", afirma Marcos Ordóñez, autor de novelas y ensayos como Rancho aparte, Puerto Ángel, De aire y fuego, las memorias de Nuria Espert, Beberse la vida o Detrás del hielo.
El escritor ha seguido "una estructura cronológica" a la hora de ordenar los testimonios, porque los entrevistados hablan no sólo de sus horas en el café, sino de cómo era su vida en la época que lo frecuentaban". Empieza en los años treinta y acaba en los ochenta-noventa con la "movida" madrileña.
Así, por ejemplo, Ana María Matute da quizá la visión más negativa del famoso café porque en los años cincuenta su vida no fue fácil y se asfixiaba en aquel Madrid de la posguerra. Gran parte de su sufrimiento se lo causó su matrimonio con Ramón Eugenio de Goicoechea, "El Malo", como ella lo llama.
La cruda posguerra
Las penurias económicas de la posguerra salen a relucir constantemente en el libro, en testimonios como el del escritor Jesús Pardo, que recuerda cómo muchos de los aspirantes a escritores o a artistas malvivían en pisos miserables, en habitaciones "con todo lo más un hornillo para calentarse la cena".
"Todo era muy triste, muy pacato, muy en las nubes, muy raquítico", asegura Pardo, mientras que Rafael Azcona cuenta cómo tuvo que emigrar al café Varela porque el Gijón le resultaba caro.
En ese "Gijón de los pobres", el que luego se convertiría en uno de los guionistas más importantes de este país recitaba sus poemas porque así tenía "derecho a agua".
Azcona refleja también cómo era la Gran Vía, "un escaparate y un zoco monumental donde había de todo". En una ocasión le hicieron un abrigo "en plena calle, en la esquina con Valverde". Un sastre le enseñó la tela y le tomó las medidas; días después se probó la prenda y, tras firmar las letras correspondientes, lo estrenó el sábado.
En las tertulias, las anécdotas circulaban de boca en boca, como aquella de Perico Beltrán, que un buen día se encontró una cucaracha en una paella y, sin inmutarse, le pidió al camarero que se la cambiara por una gamba.
El propio Beltrán, bohemio de pro, recuerda una de las anécdotas más famosas que se contaban del escultor Cristino Mallo, hermano de Maruja, la legendaria pintora, que solía ir por el Gijón con un abrigo de nutria, que no se quitaba porque iba desnuda debajo.
En una ocasión, las monjitas se presentaron en casa de Cristino, un ateo reconocido, y le pidieron dinero para el Niño Jesús que llevaban en las manos. El escultor miró muy serio la figurilla y, "antes de cerrarles la puerta en las narices", les contestó: "No es mío".
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