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“Buenos días, Bruselas” ¿Eurovisión? No, el 11-M

11-M

@Óscar López-Fonseca.- - 25/04/2007

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<em>“Buenos días, Bruselas” ¿Eurovisión? No, el 11-M</em>

La ciencia adelanta que es una barbaridad, que diría don Hilarión. Una ciencia que ha permitido que en la sesión de este miércoles del juicio del 11-M un islamista preso en Bélgica haya declarado sin necesidad de cruzar fronteras. Lo ha hecho por videoconferencia. “Buenos días, Bruselas”, ha sido el eurovisivo saludo que el juez Javier Gómez Bermúdez ha lanzado para iniciar la sesión y, como por arte de magia, las pantallas dispuestas en la sala han mostrado un despacho de la capital belga donde esperaba una juez y el testigo, el marroquí Mourad Chabarou.

Lo que no ha podido conseguir la tecnología es agilizar un interrogatorio en el que la necesaria traducción del árabe al castellano y viceversa ha trastabillado más de una vez la sesión. Tanto que en cierta ocasión los procesados han protestado porque lo que decía la traductora belga no se correspondía con las palabras que acababa de pronunciar el marroquí. Un “que Dios les recompense con el paraíso” referido a los suicidas de Leganés, cuando él había dicho “que Dios sea clemente con los muertos” ha sido el origen de la polémica. Puntillosos que son ellos, que se juegan unos cuantos años de cárcel. Subsanada la cuestión semántica, la sesión ha seguido adelante.

La declaración de Mourad Chabarou ha dado poco más de sí. Ha empezado negando su pertenencia al Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), delito por el que cumple condena de cinco años de cárcel en Bélgica. Lo que sí ha admitido es conocer Rabei Osman, Mohamed el Egipicio, desde octubre de 2001, cuando ambos las pasaban canutas económicamente en Madrid y se veían obligados a pernoctar en los sótanos de la mezquita de Estrecho, donde también rezaban. De aquellos sueños y plegarias quedó una amistad que les llevó a verse años después en París y a mantener alguna que otra conversación telefónica.

El contenido de dos de dichas confidencias entre Chabarou y Mohamed El Egipcio, con el primero en Bruselas y el segundo en Italia, es una de las principales pruebas contra el considerado ideólogo de los atentados de Madrid. En la primera, de abril de 2004, Rabei Osman le habla de los “hermanos muertos” en los atentados de Madrid. En la segunda, un mes después, vuelven sobre el mismo tema y hace referencia expresa a Serhane El Tunecino, muerto en Leganés, y Fouad el Morabit, en el banquillo de los acusados. En ese momento es cuando el marroquí dijo aquello de “que Dios sea clemente con los muertos”.

Perdidos en la traducción

Chabarou, fiel a esa amistad fraguada en los bajos de la mezquita, ha intentado a partir de ese momento ayudar en la defensa de Rabei Osman y ha asegurado que donde dije Diego realmente dije digo, y que todo es culpa de una mala traducción, porque su amigo habla árabe literario y quien ha trascrito sus palabras utiliza el árabe de Marruecos que, al parecer, es más metafórico que el primero.

De esta manera, cuando él habló de hacer un viaje definitivo no quiso anunciar que se iba a inmolar, sino, simplemente, que estaba harto de vivir en Bélgica y Francia y había decidido dar el salto e irse a Gran Bretaña. Que si hizo un testamento no era porque pensaba pasar a mejor vida pronto, sino que, como buen musulmán, debía dejar por escrito a quién le deja sus deudas por si le pasaba algo. Y que si le grabaron pidiendo discreción por teléfono a su interlocutor fue porque los delincuentes que le habían facilitado un pasaporte falso le habían recomendado cierto secretismo y él obedeció.

Tan religioso era Chabarou que dejaba las llaves de su apartamento en Bruselas a todo buen musulmán que se las pedía, entre ellos a uno de los huidos tras el 11-M, Mohamed Alfallah, quien terminaría cometiendo un atentado suicida en Iraq. Él no preguntaba de dónde venían y adónde iban. Una bondad que también adjudicado a Rabei Osman -al que ha definido como “una persona buena que trata bien a otras personas” y que se ganaba la vida vendiendo pañuelos en el top-manta- y a Fouad el Morabit. A éste sólo lo vio una vez en su vida, en octubre de 2001, pero que, por lo declarado, le dejó una honda huella. Fouad, como buen samaritano, llevó ropa a los que pernoctaban en la mezquita de Estrecho y, aunque no le consiguió un trabajo como le pidió, aquel buen gesto le marcó. Tanto, que hoy, casi seis años después, ha dado la cara por él desde Bruselas. Five points. Cinq points.

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