Lunes, 14 de marzo de 2005
Si un fondo de inversión se beneficia de las desgracias de la economía, de las ineficiencias de los mercados, si obtiene suculentas plusvalías cuando se hunde un valor o simplemente entra en una empresa que va a ser opada para sacarle el jugo ¿cómo puede pedírsele el cumplimiento de los códigos de conducta o de buen gobierno a estos outsiders?
La innovación financiera avanza que es una barbaridad, que diría el clásico. Los hedge funds mueven ya más de 950.000 millones de dólares de patrimonio. También resulta relevante el crecimiento de las empresas de capital riesgo, de alta capacidad de apalancamiento, cuya pretensión esencial en demasiados casos es tomar participaciones y salir corriendo en el momento oportuno.
Los objetivos de este tipo de entidades difícilmente coinciden con los de los accionistas minoritarios y, sin embargo, su capacidad financiera les permite interceder en la vida de las empresas.
Tiburones siempre han existido, pero hay grandes diferencias, o no, entre algunos a los que estamos acostumbrados como Abelló o del Rivero, y otros con origen en paraísos fiscales como el fondo Centaurus, que ha entrado de lleno en media docena de compañías calientes españolas, o State Street, que se ha destapado con un 5% en Endesa.
Iguala con Caja Madrid, La Caixa y Chase Nomines, por ejemplo. En caso de que La Caixa consiguiera hacerse con un puesto o más en el consejo de Endesa, los gestores de State podrían hacer lo mismo. ¿Y qué ocurriría si incluso se hicieran con un porcentaje mayor?
Podemos asistir a la presencia de un nuevo socio al que lo único que le interesa es la rentabilidad del valor, por encima del desarrollo del negocio, la vida de la empresa, los empleados y no digamos la innovación.
Algo parecido ha ocurrido con la Deutsche Bourse y The Children Investment Fund que ha entrado, junto con Atticus Capital, en el accionariado de este mercado en plena oferta con Londres, la ha condicionado y ahora pretende incluso hacerse con el timón del barco. ¿Se puede hablar en este caso de triunfo de los accionistas frente a las tesis del Consejo de la Deutsche Borse o de un triunfo de los especuladores? No es lo mismo, ni de lejos.
Los reguladores de todo el mundo chocan con estos nuevos modelos de trabajo en los mercados. Mientras que elaboran normas comunes de contabilidad y durísimos códigos de conducta surgen potentísimas plataformas electrónicas que poco o nada quieren saber de los emisores y muchos menos de los accionistas.
No es lo mismo un accionista tradicional, habitual de un valor o de un banco a un gran hedge fund que, de repente, entra se hace con un porcentaje de capital y pide sus derechos para ejercerlos y salir corriendo en el momento que calienta el valor.
Es una de esas imperfecciones difíciles de solucionar puesto que quien se juega su dinero debe ejercer sus derechos, aunque en este caso deberíamos hablar de ética y de criterios de rentabilidad basados no precisamente en el beneficio de los pequeños accionistas.
En España ha habido experiencias curiosas por ejemplo en Jazztel , donde Spectrum tomó un fuerte porcentaje del capital y se hizo con el control de la empresa, o estamos observando la actividad de fondos de capital riesgo en Aldeasa, Amadeus y otros cuyos objetivos últimos no tienen pinta de ser industriales o societarios.
Los especuladores de los famosos hedge funds hacen y dinamizan el mercado pero tienen también la tentación, y la ejercen, de actuar en la vida de las empresas, aunque sus fines sean exclusivamente crematísticos. Muchos de los milmillonarios que invierten en hedge funds no quisieran enfrentarse a esta nueva fuerza del mercado en sus propias compañías puesto que su comportamiento, en pos de la ganancia fácil, puede resultar simplemente despiadado.
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