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La “desaceleración acelerada” de ZP o el final de la escapada

Zapatero crisis desaceleración Cacho

@Jesús Cacho - 04/07/2008

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Semana para olvidar. La mañana del martes, cuando los fastos por el triunfo futbolero seguían su curso, con la selección peregrinando por Palacios varios para que los tunantes de turno se apunten el tanto, que sí, que fue Zapatero quien metió el gol de la risa, la Bolsa española se perdía en las profundidades do mora desde hace tiempo, y el ministro Solbes se abría otra vez de capa para reconocer que vamos palacrisis como antaño los españoles se iban a Alemania. Solbes es como aquellas señoritas de buena familia de la transición, que cada día enseñaban un poquito más. El martes dijo que la recuperación ya no será en 2009, como antes afirmaba, sino en 2010, aunque, eso sí, será vigorosa, faltaría más. Mientes, Pedro, y tú lo sabes. Días de perros, con los indicadores despeñándose por el barranco de una crisis sin fondo, las ventas de coches cayendo, el paro creciendo, el petróleo en 145 euros, la confianza de los consumidores por el suelo, y los tipos de interés (BCE) por el cielo.

En este ambiente, de un pesimismo como no se veía desde hace décadas, Zapatero volvió el miércoles a rociarnos con uno de esos discursos triunfalistas que cabrean mogollón al personal. España está mejor en todo que USA, Alemania, Gran Bretaña, Francia y lo que ustedes quieran, de modo que no se qué diantre hacía el tío en la tribuna del Congreso, tratando de explicar lo de la “desaceleración acelerada”. Nada de crisis. Para el presidente, esa es cuestión opinable, como lo de la nación, “concepto discutido y discutible”. No hay crisis, simplemente “ahora las cosas van menos bien”. Claro que la culpa no es suya, o no del todo, sino de quienes con deshonestidad intelectual a toda prueba le han hecho los papeles que el chico lee como un papagayo, sin saber lo que lee, sin entender lo que dice. “Ningún dramatismo”, asegura campanudo. Lo único dramático es tener por presidente del Gobierno a un hombre sin ninguna capacidad intelectual o técnica para hacer frente a la situación. Lo estremecedor es ir al médico con un cáncer como una casa y volver con unas aspirinas en el bolsillo, porque el galeno nos ha dicho que lo nuestro son nervios.

Lo cierto es que nos acercamos aceleradamente a la crisis más profunda de las registradas desde los años setenta. Es el final de la escapada, la despedida al largo ciclo expansivo iniciado en 1996, un adiós que se está consumando a velocidad vertiginosa y con virulencia creciente, algo que ha sorprendido a no pocos economistas. Ahora, el grueso de los expertos comparte el diagnóstico: la crisis será intensa y probablemente conduzca a una recesión en 2009. En estos momentos, la única cuestión a debate es su duración. Dicho lo cual, resulta inevitable aclarar que la enfermedad española tiene raíces estructurales, y no -o no sólo- cíclicas, lo cual significa que la desaceleración no dará paso a una reactivación vigorosa. Por el contrario existe el riesgo de instalarnos en un período de bajo crecimiento con inflación, lo que significará perder los avances en convergencia real logrados durante el ciclo expansivo.

Y es que, para nuestra desgracia, en la actual coyuntura española confluyen un conjunto de fenómenos económicos que, capaces uno por uno de conducirnos a un escenario recesivo, tomados en su conjunto y al unísono convierten esa confluencia en explosiva. Dos elementos esenciales: por un lado, una severa pérdida de competitividad que no muestra signo de corrección alguna. Desde 1995, el tipo de cambio real, medido por los costes laborales unitarios, se ha apreciado en torno al 25%. El resultado es una tendencia de las exportaciones nacionales a perder cuota de mercado. Por otro, un diferencial de inflación con relación a la media de la UEM. En efecto, el IPC alcanzó el 5,1% en junio, tras el 4,7% de mayo, instalado en una tendencia alcista que no cede pese a la intensa caída del gasto de las familias y de la inversión de las empresas.

La combinación de esos dos factores, unida a la escasez de ahorro doméstico para financiar el gasto y la inversión privada internas, ha generado un déficit de la balanza por cuenta corriente superior al 11% del PIB, el más elevado de los países de la OCDE. Lo inédito del caso es que este desequilibrio no se corrige a pesar de contracción de la demanda interna. Esos desajustes macroeconómicos -inflación y déficit exterior- se han visto acompañados por grave deterioro de la posición financiera de familias y empresas, resultado del excesivo endeudamiento acumulado durante la bonanza, endeudamiento que en los últimos seis años ha crecido un 56,1%, un ritmo superior al registrado por cualquier país de la OCDE, asunto que está en la raíz del desplome del mercado inmobiliario.

En la primera mitad del año, el superávit presupuestario se ha ido evaporando a gran velocidad, poniendo en evidencia que los números negros de las cuentas públicas fueron sólo resultado del espectacular incremento de los ingresos fiscales derivados de la expansión económica y, lo que es bastante más grave, que entre 2004 y 2008 el gasto público creció siempre por encima del PIB. Socialdemocracia a palo seco, algo de lo que el miércoles se sentía tan orgulloso Zapatitos. El corolario es que la política fiscal y presupuestaria carece de margen de maniobra para ejercer una función anticíclica. Al menos desde 2003, el crecimiento del PIB se ha sostenido gracias a unas condiciones de liquidez exuberantes, dinero barato que ha financiado el gasto interno y ha alimentado de manera artificial la continuidad del boom, incentivando al mismo tiempo gastos e inversiones insostenibles en un escenario de tipos de interés más altos y restricción de liquidez.

Todo lo cual pone de relieve la enorme fragilidad de la economía española y su vulnerabilidad ante cualquier perturbación externa, como ha quedado demostrado con la tormenta financiera iniciada en USA el verano pasado, por un lado, y con la subida de los precios del crudo, por otro. El episodio de las subprime marcó el fin del ciclo expansivo y el detonante de una crisis que ya venía larvada desde que el BCE iniciara el progresivo endurecimiento de la política monetaria en la zona del euro. Conviene aclarar, sin embargo, que la crisis financiera simplemente ha acelerado y agudizado un ajuste que era inevitable. Y es que no existe economía alguna en el mundo que puede vivir a perpetuidad por encima de sus posibilidades, mucho menos una pequeña economía abierta como lo es la española, integrada además en una unión monetaria.

La escalada de los precios del petróleo, en fin, ha sido el golpe de gracia aplicado a la dinámica recesiva e inflacionaria de nuestra economía. El encarecimiento del oro negro eleva los costes de producción de las empresas y estimula la inflación. Para una economía como la española, con una acusada dependencia del crudo y sometida a todo tipo de cláusulas que ligan la evolución de los precios a la del IPC, el peligro de adentrarse en una senda de estancamiento con inflación, estanflación, es muy alto. De hecho empieza a dibujarse un escenario de esa naturaleza. En definitiva, la ecuación “subida de tipos de interés-contracción del crédito-choque petrolífero” ha operado como factor detonante de la crisis, aunque la causa estructural de la misma, conviene repetirlo, resida en los desequilibrios macroeconómicos arriba descritos. Y esto es lo que hay, querido José Luis. ¿Cómo lo ves, Presidente? ¿Qué piensas hacer al respecto?

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