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El año de Juan Pedro Aparicio

@Nuño Vallés - 08/09/2007

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EL TRANSCANTÁBRICO

Autor: Juan Pedro Aparicio
Editorial: Rey Lear
Páginas: 379
Precio: 28,70 €
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Regresa Juan Pedro Aparicio a la novela tras un paréntesis de seis años, en los que no ha escrito demasiado, siguiendo su costumbre y voluntad de tomarse la escritura con calma. Dice que en estos años ha depurado su capacidad sintética, que ya era muy elevada, como ha demostrado en sus recientes libros de microrrelatos -La vida en blanco, Menoscuarto, 2005; La mitad del diablo, Páginas de Espuma, 2006- y sus filandones - Palabras en la nieve, Rey Lear, 2007-. Además, se cumplen ahora 25 años desde la publicación de El Transcantábrico y lo festeja Rey Lear reeditándolo en un precioso volumen que sustituye las fotografías de Fernando Díez por acuarelas de José S.-Carralero y Maribel Fraguas.

Fue aquél un libro de viajes curioso. Primero, porque narraba una única jornada, por unos territorios nada exóticos, frente a los más habituales relatos de países lejanos. Luego, que tuvo una repercusión relativamente importante para un género menor, no sólo entre los lectores, sino también a nivel institucional: la compañía pública FEVE puso en marcha un tren turístico al estilo del Talyllyn Railway galés, aunque con ínfulas de Transiberiano, de donde toma nombre, según la idea expresada por aparicio en el libro del 82. No en vano, era la línea de vía estrecha más larga de Europa. Claro que el recorrido actual es mucho mayor que aquél que recorrieron Aparicio y Díez. Si éstos hicieron el trayecto Bilbao-León en 12 horas, el actual recorre todo el norte atlántico desde El Ferrol hasta Bilbao y luego a León, a lo largo de una semana, con todas las comodidades y actividades que permite la estrechez de sus vagones.

Parece mentira que pueda hacerse interesante el relato de una travesía tan breve. Aparicio lo consigue con su fluidez estilística habitual, con su capacidad para crear -en este caso reproducir- personajes entrañables como el jefe de tren Oslé o el maquinista Chuchi. Los componentes del relato no son muchos, retazos de conversaciones con los viajeros del tren o con el personal, descripciones de paisajes y algunos datos técnicos e históricos del tren y de los lugares que recorre. Prentende el autor así dejar memoria de un mundo que se acaba, de ese tren “ancestral” que “se ciñe al terreno como un animal de los montes, como un mitológico ciempiés” (p. 129). Un relato teñido de nostalgia -a la postre salvadora- de aquel glorioso ferrocarril venido a menos, incómodo, desvencijado, que tanta riqueza transportó en otros tiempos -“Esto fue oro, se hicieron de oro. Se hincharon todos; luego, ahí os quedáis” (p. 231)-.


TRISTEZA DE LO FINITO

Autor: Juan Pedro Aparicio
Editorial: Menoscuarto
Páginas: 137
Precio: 12 €
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No menos cuidada, aunque carente de alardes gráficos, está la edición de Tristeza de lo finito, novela con la que la editorial palentina inaugura su colección Cuadrante nueve, al tiempo que supone el regreso de Aparicio a la narración ‘larga’. Nunca ha sido el autor leonés un corredor de grandes distancias, sino que reconoce tener una obsesión por lo que él llama “materia oscura”, las elipsis o zonas de sombra que el autor deja sin escribir, acortando los textos en papel y alargando su significado. Queda así la obra, sea cuento o novela, repleta de cabos que la perspicacia del lector puede convertir en espléndidos tapices. Así, en tan sólo 130 páginas, expone un argumento que otro escritor, menos conciso, habría prolongado cientos, y seguramente habría obtenido numerosos premios ‘al peso’.

En esta novela, tan escaso papel le basta para contar el breve lapso desde que comienza la incineración del cadáver de la madre del narrador -que comparte muchos aspectos biográficos con el escritor- hasta que sus cenizas son enterradas, pero también para apuntar una novela de saga familiar desde antes del conato revolucionario de 1934. Ello supone una ingente labor de limpieza y descombro del texto, así como una complicidad especial con el lector que debe participar de forma muy activa en la lectura. Sólo quedan puntas de iceberg, emociones muy intensas donde radica el contenido temático de la obra, la violencia subyacente a las relaciones, la sumisión forzosa del individuo y las necesidades de evasión o liberación.

Para escribir esta novelita, el autor reconoce haber puesto mucho de sí mismo, a lo que debe añadirse la parte ficcional. Este recurso es constante en su obra, aunque se vuelve más relevante en sus novelas evocadoras, como Qué tiempo tan feliz. Ambas parten de lo autobiográfico para imaginar, cobrando distancia ficcional, y en ambas se trata de la represión, aunque en Qué tiempo... es religiosa y en Tristeza... es social: al niño se le reprime en el colegio, a la madre el matrimonio, y ambas se refieren a la represión política. Se hace inevitable un escape, que para esta mujer es el cine, a donde su marido no la quiere seguir, o un viaje a Santander -siempre acompañada del hijo, pues está mal visto que una mujer viaje o vaya al cine sola-. Sin embargo, faltan en Tristeza... el juego y el humor que caracterizan la obra de Aparicio, que hacen de cada página un hallazgo delicioso. Por ello, pese a la virtuosa concreción de la escritura, no podemos decir que esté a la altura de novelas como El año del francés.

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