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Opinión | discapacidad | esperanza | milagros
BIOGRAFÍA
Juan Perea - 04/05/2010
Hace unos meses recibí una lección de vida de las que no se olvidan nunca. Junto con mi amigo Miguel visitamos un centro donde residen personas con distintas discapacidades neurológicas severas. Ramón, 52 años, es uno de ellos. Tiene esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad degenerativa que afecta al sistema neuronal y al muscular, y lleva más de veinte años tumbado en una cama. Miguel, con la mejor de las intenciones, propuso a Ramón intentar una curación milagrosa en un lugar de peregrinaje donde aseguran que hechos así han ocurrido en algunas ocasiones. Entonces Ramón, que puede mover su cama con un mecanismo que acciona con la boca, nos pidió que le acompañásemos a su habitación. Sobre las paredes colgaban unos óleos que me gustaron por su fuerza y color.
- ¿Qué te parecen los cuadros?, preguntó Ramón a Miguel. Este respondió que le gustaban mucho.
- ¿Sabéis quién los ha pintado? Lo he hecho yo con la boca, contestó inmediatamente.
Seguidamente recitó unos poemas de gran belleza que nos emocionaron. Sí, lo han adivinado, también los había compuesto él. Después espetó a Miguel: ¿Y tú quieres que yo sea como tú, ‘normal’, para llevar una vida ‘normal’?. Mira, agradezco tu propuesta, pero yo estoy bien tal y como me ves, soy feliz así.
La felicidad, ser felices, es, cuando menos, un tema muy controvertido, profundo, filosófico y muy personal. Para cada uno la felicidad es una cosa y la busca en un sitio diferente. Unos piensan que serán más felices al acabar los estudios, otros al vivir en pareja o tener un hijo, otros cuando vean a sus vástagos maduros y listos para irse de casa. Algunos cuando tengan una casa mejor, un coche más potente, cuando se puedan ir de vacaciones, jubilarse o todo lo anterior reunido. En estos casos, la vida siempre tendrá metas de las cuales dependerá la ansiada felicidad.
Ahora bien, si hablamos de FELICIDAD con mayúsculas y no de estados transitorios de placer o bienestar, caemos en la cuenta de que la felicidad ES el camino, el viaje, y no el punto de llegada, la meta. La felicidad no es un destino, ni siquiera hay que ir a buscarla puesto que no está fuera de nosotros. Es una actitud ante la vida, es la aceptación de la propia vida, de nuestro propio ser, y de las circunstancias que nos toca vivir. Es en este sentido en el que podemos decir que decidimos, en el uso de nuestra libertad, ser o no ser felices. Elección tan respetable la una como la otra.
Todos los grandes maestros tratan este importante asunto en sus enseñanzas. El problema es que, cuando ellos señalan hacia la felicidad, muchos se quedan mirando el dedo que indica la dirección, los más se quedan fijados en el maestro (en sus formas, en lo que hizo o dejó de hacer, en su nacionalidad, raza o religión, etc.) y sólo unos pocos se quedan con el mensaje. De Lao Tse a Sócrates, de Buda a Jesús de Nazaret, todos parecen coincidir en que la clave para ser dichosos está en honrar la vida, con sus gozos y sus penas. Por muy grandes que sean estas últimas, excluirlas, renegar porque ocurran o entonar el pobre de mí, no conduce a nada. Como dijo Confucio: “Sólo puede ser feliz siempre el que sepa ser feliz con todo lo que acontece”. O posteriormente Jesucristo: “¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber?”
Con esta pregunta que encontramos en el evangelio según Mateo, tituló Henri J.M. Nouwen un libro (‘Puedes beber este cáliz’) en el que nos dice: “A medida que somos capaces de descubrir el potencial único de nuestra manera de ser y de estar en el mundo, podemos ir más allá de nuestra protesta, podemos acercar a nuestros labios la copa de nuestra vida y beberla despacio, con cuidado, pero hasta el fondo. Bebiendo tu propia copa y confiando que así, asimilándote a tu propio caminar por la tierra, que es irremplazable, puedes llegar a ser una fuente de esperanza para muchos”
Saber vivir y morir bien
Una vez más, Vemos la crucial importancia de conocernos a nosotros mismos. Quizás por ello Montaigne, recogiendo la sabiduría clásica, escribe en sus Ensayos (La formación de los hijos): “Ha de instruirse al alumno sobre qué resortes nos mueven y sobre las cosas que tan distintas emociones causan en nosotros, porque los primeros discursos con los que debe abrevársele el entendimiento han de ser aquellos que le enseñen a conocerse a sí mismo y a saber morir bien y vivir bien”. Parece que no es tan novedoso esto de la educación emocional.
El conocimiento de uno mismo permite que ‘bebamos nuestra copa’, como dice Nouwen, sin que ello signifique adaptarnos a las situaciones no deseadas o simplemente resignarnos a las mismas. Beber nuestra copa es una manera de vivir con esperanza, con coraje y con confianza en nosotros mismos. Es estar en el mundo con la cabeza levantada, solidamente asentados en el conocimiento de quiénes somos, es enfrentarnos a la realidad que nos rodea y responder a ella desde el fondo de nuestros corazones. Es decir, del mismo modo que me enseñó Ramón desde su cama.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
24 COMENTARIOS
24 .- #23 Sr. Arias Cortina ummmmmmmmm no creo que conocerse a si mismo y asimilar nuestra realidad tenga que ver con estar alegre o triste todo el día.....sino como bien dice el articulo es aceptar los estados TRANSITORIOS de placer, tristeza, alegría etc...que encontramos a lo largo del CAMINO de la vida que realmente es lo importante. Aprender a conocer aquellos resortes que provocan las diferentes emociones y aceptarlos como una realidad con la cual seremos mucho mas felices que ignorándolos o luchando contra ellos. Quisiera añadir que "el invalido" me parece una forma muy despectiva para referise a cualquier persona con limitaciones físicas. Buenas noches.
23 .- #22
Pienso que una persona ocupada no tiene tiempo para dedicárselo a la felicidad. Que ésta es una cuestión de mentes ociosas. El inválido del que habla Perea, tengo para mi que está muy ocupado pintando, realizando el proyecto que se forjó. Algún otro proyecto, de vez en cuando, podría pasárle por la cabeza: escribir una sinfonía o correr una marathon; pero seguramente no le acompañan las suficientes dotes para llevarlo a cabo. Y seguramente lo sabe, sin que tenga que recurrir a compararse con nadie. La infelicidad es un sentimiento: la pérdida de un ser querido nos produce infelicidad, aunque aceptemos su muerte y la nuestra. La infelicidad es un sentimiento. No un estatus. Y negar los sentimientos me parece una tontería. ¿No le parece absurdo decidir estar alegre todo el día? ¿O triste?
22 .- #21 Sr. Arias Cortina, con respecto a que entiende como limitaciones o infelicidad ? con respecto a lo normal ? uno es infeliz con respecto a que baremo de medición ? He conocido muchas personas como Ramón mucho más felices que otros con una situación "privilegiada". El Sr.Perea de hecho refleja en su articulo que la felicidad es un tema controvertido, profundo, filosófico y muy personal, y por ello el conocimiento de uno mismo y asimilar lo que somos es una forma de aceptación de la realidad de nuestra existencia lo cual evita la frustración de querer ser otra y con ello digamos la "infelicidad". Un saludo.
21 .- Mira, Perea, no rices el rizo. Aceptar nuestras limitaciones y la infelicidad, no te confundas, no nos hace felices. Y, ¿cuál es nuestra empatía si somos felices ante tanta infelicidad como nos rodea? No hay ningún chip [budista, cristiano, etc.] que nos haga felices. Ten por seguro que si ello fuera posible: no ser infelices, hace tiempo que la humanidad hubiera dejado de serlo. Vivir, y hacerlo de pie, es todo un reto. El de cada día. Con éste tenemos más que suficiente.
20 .- Pienso que gastamos demasiado en evitar la felicidad. Demasiado tiempo, recursos y dinero. Y que esa felicidad más permanente que buscamos se encuentra justo en el lado opuesto de donde la buscamos a través de la riqueza que nos de seguridad, del poder que nos garantice nuestros derechos o de los placeres terrenales que liberen las sustancias empáticas en las que estamos disueltos.
Parece que la felicidad liga mejor con la virtud, la bondad y el amor que con lo contrario. Por lo que tanto mas busquemos la excelencia dentro de nosotros, mas cerca la tendremos.
Recomendaría 'EL pequeño tratado de las grandes virtudes' de André Comte-Sponville, para debatir con uno mismo sobre las virtudes y la felicidad, muy enriquecedor.
Una amiga me dijo un día que las mujeres no se enamoraban de los músculos de los hombres sino de sus rasgos de bondad. Ante la tumba pocas viudas exclaman !vaya cachas estabas! sino !qué hombre más bueno fuiste! No se dice en las exequias !se nos fue un rico! o !era un machote! Solo se dice !se nos fue un hombre bueno! Y en esencia eso es lo que más amábamos de el, lo que nos hizo felices a su lado.
Rebobinemos desde último día para saber lo que vale la pena.