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La letra con sangre entra o por qué quería morirme con sólo trece años

educación aprendizaje dislexia

@Juan Perea - 01/12/2009

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Decía Carl Gustav Jung, el insigne psiquiatra y ensayista suizo, que “cuanto más está el hombre sometido a normas colectivas, tanto mayor es su inmoralidad individual”. Son muchos los casos en los que la necesidad de aplicar reglas y baremos se hace a costa de la también indispensable atención a las peculiaridades de cada individuo. No se me ocurre campo en el que esto sea más cierto que en el de la educación. Situaciones similares se dan cuando se deben acatar dogmas o disciplinas adoptadas en estados de excepción.

 

La propuesta con la que estamos respondiendo a la desmotivación de nuestros escolares consiste en hacerles pasar por un aro cada vez más estrecho. Está formado por una cadena de conocimientos cada vez más inútiles, aburridos y engullidos por la memoria a corto plazo. Defendemos este sistema con el cada vez más falaz argumento de que otros países lo hacen así. De que nosotros hemos olvidado que ‘la letra con sangre entra’ y ellos no. Falso. Los métodos educativos que se utilizan en países que presentan mayor creatividad cultural y empresarial fomentan la capacidad de investigación, experimentación y auto-aprendizaje de los alumnos. El trágala por el que pasan nuestros hijos es una argolla demasiado pesada que no sirve a nadie más que a quienes quieren asentar su poder en uniformizarlo todo y a todos.

 

No niego que nuestra sociedad ha avanzado mucho en la integración de personas que hasta hace poco se encontraban marginadas. Pero al mismo tiempo deja un nuevo reguero de individuos que no consiguen adaptarse a los estándares que se deben cumplir. Y no por falta de esfuerzo, sino porque sus mecanismos de aprendizaje son distintos a los de la mayoría. Quieren aprender las habilidades necesarias para desarrollar su propia vida pero necesitan de otros métodos para hacerlo.

 

Me ha conmovido conocer el caso de una mujer que responde a estas características y su periplo vital por un sistema educativo que sigue presentando los mismos obstáculos para otros niños y jóvenes como ella. Recordar estas vivencias no ha sido nada fácil para ella pero sabe que transmitirlas puede suponer una luz dentro del túnel por el que muchos están pasando. Aquí lo expongo tal y como ella lo ha escrito.

“Esta es la historia de una niña…”


“… que con tres años estaba fascinada por los libros del antiguo Egipto. Veía las fotografías y los dibujos impresos en ellos y se preguntaba qué se narraría en todos esos grupos de letras que acompañaban a las imágenes que observaba con tanto detenimiento. Su curiosidad por el contenido de los libros era tal que su madre decidió empezar a enseñarle a leer un poquito. Cuando con seis años acudió por primera vez a una escuela, se defendía bastante bien con las letras e incluso con algunas operaciones matemáticas sencillas. Pero la frustración no tardó en aparecer en su vida. A los pocos meses los demás niños ya la habían superado en conocimientos asimilados. No conseguía avanzar con la misma rapidez que ellos y todos sus esfuerzos eran en vano. Empezó a sentirse ‘rara’, diferente a sus compañeros, inferior.
 

Con el tiempo las cosas no mejoraron. Por más que se esforzaba en poner atención en clase y en estudiar más (durante los recreos mientras los demás jugaban y luego en casa con los deberes), no obtenía resultados. Los profesores insistían en que era vaga y no demasiado despierta. No pronunciaron la palabra tonta, pero sí la frase ‘colegio especializado para niños con tendencia al autismo’. Su entorno se convirtió en un medio hostil. Los compañeros se reían de ella y su tutor, lejos de intentar ayudarla, exhibía ante la clase todas sus ‘carencias’. Su vida se convirtió en un infierno.
 

Con doce años repitió curso con dos asignaturas pendientes y, al finalizar en junio, volvió a tener los mismos suspensos que el año anterior (matemáticas y lengua). El profesor les aseguró a los padres que no habría problema en los exámenes de septiembre. El tutor (también profesor de matemáticas) y él habían llegado a la conclusión de aprobar al final esas materias, con la intención de que la niña no se relajara y estudiase más en los meses de verano. Pero en septiembre fue expulsada del colegio por no superar los exámenes. Tenía trece años y se sentía perdida y fracasada. Quería morirse (sí, así, tal como se lee).
 
A partir de ese momento todo fue un oscuro camino, el mismísimo abismo. Un continuo ir y venir de médicos (apoyando la tesis del tutor que sostenía que ella no era tan inteligente como el resto), psicólogos y psiquiatras. Nadie tenía una explicación. Aparecieron los problemas de tipo nervioso, la anorexia. Cada día veía más lejos su sueño de ser escritora. Volvió a retomar los estudios en una escuela de formación profesional, donde además debía lidiar todos los días con el problema del idioma (las clases se daban en catalán y su idioma materno era el castellano). Repetía todos los cursos. Lo que otros aprendían en un año, a ella le costaba el doble de tiempo o más.

 

Un día, algo empezó a cambiar gracias a su profesor de matemáticas, quien le enseñó que cualquier tema podía abordarse desde distintos puntos de vista y que todo dependía de la percepción de cada individuo. Por primera vez en su vida se sintió bien consigo misma y obtuvo excelentes calificaciones en matemáticas, lengua y hasta en hematología y genética. A veces pensaba: “Lástima que yo quiera ser escritora en lugar de médico, pues tampoco se me daría mal”. La motivación que aquel profesor le infundía fue tal que creyó que dentro de sí misma había una persona que desconocía, capaz de hacer cosas maravillosas. Pensó que no era tonta y que se habían equivocado en su diagnóstico.
 
Comenzó a investigar por su propia cuenta. Leyó toda clase de libros y artículos sobre psicología, y un tiempo después, cuando ya tenía casi 28 años, dio con un nombre que le daría la explicación a todo cuanto le había estado ocurriendo: Dislexia. El hallazgo le aligeró tanto el peso del alma que le es imposible describirlo de otra manera.
 

Once años después de aquel descubrimiento sigo teniendo problemas con la lectura, la escritura, la caligrafía y los cálculos mentales. Leo y escribo mucho más lentamente que los demás, pero eso no me ha impedido escribir y publicar dos libros de poesía y estar trabajando en una novela que espero ver terminada para finales del 2010. He impartido clases de poesía en centros culturales y participo en recitales poéticos asiduamente. Estoy desarrollando un nuevo concepto de recital poético donde se aúnan palabras las imágenes, música y otros elementos. Quiero hacer algo distinto a lo que todos puedan acceder. Uniendo imágenes y palabras es como yo he aprendido a ser poeta”.

Enseñar de otra manera

 

Problemas para el aprendizaje como la dislexia pueden ser tratados para ayudar a quienes lo padecen. La autora del relato sufría una inhabilidad, en muchos casos heredada, para leer y escribir. Es independiente del cociente intelectual, que puede ser normal o superior a lo normal. La dislexia se manifiesta por una dificultad de identificar, comprender y reproducir los símbolos escritos del lenguaje. No puede detectarse hasta que el niño empieza a leer y escribir. Esto sucede alrededor de los cinco o seis años. Tres características acompañan siempre al disléxico: hipersensibilidad, falta de atención y estilo visual de aprender

 

Un trabajo conjunto de padres, profesores (que estén atentos a las particularidades del alumno) y expertos en el tratamiento de las dificultades en el aprendizaje (les sugiero el método Davis que aplican en ‘La Llave del Don’) puede evitar que muchos niños y adolescentes quieran morirse, como narraba nuestra protagonista, e incluso lo intenten. Depende de cómo percibamos al individuo que no consigue aprender: alguien que hay que dejar atrás en el camino en aras a que la mayoría ‘avance adecuadamente’ o alguien que ve las cosas de modo diferente y a quien merece la pena enseñar con una ayuda suplementaria. Desde aquí se le excluye o se le incluye. Se excluye bajo formas de retraso o patologías; se incluye asumiendo la riqueza de múltiples formas de aprender. Lo humano y lo solidario es esto último. Si incluimos avanzamos con fuerza, innovamos y seguimos conectados con la vida. Los modelos educativos exitosos ya lo han comprobado y de ahí su riqueza. Enseñan de otra manera, para todos y donde se benefician todos.

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Opiniones de los lectores (18)

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18. usuario registrado Ana07»02/12/2009, 11:35 h.

¡Cómo me gusta este artículo!, coincido con Ana04... ideal para que se imprima en los colegios. Lo voy a hacer.
Tiene todo, reflexión y evidencia y creo que el análisis de las evidencias es un buen disparador para revisar las creencias o perspectivas desde las que se construye el mapa de un territorio tan extenso como el de la educación.
Toca revisar creencias si de verdad algo se quiere mejorar, re-enfocar y dar-nos la posibilidad de otra educación, porque ya sabemos que es posible y en mi opinión este es el primer eslabón que nos conduce a la materialización.
Por otro lado, me resulta curioso que entre los lectores y foreros que seguimos este espacio, no se haya generado la polémica de siempre. Algo ha pasado, ¿tal vez sea que hemos podido pasar de la ideología que cada uno ha construido y desea compartirnos a un punto de reconocimiento de una evidencia, su dimensión y un nuevo ingrediente para enriquecer el mapa?... Tal vez...
Pues eso, por mi parte enhorabuena Juan

Saludos a todos!
Hasta el próximo martes...[ups, ¡es puente!]


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17. usuario registrado crisluna»01/12/2009, 21:28 h.

#12 Estoy de acuerdo contigo

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16. usuario registrado no logo»01/12/2009, 17:52 h.

muy interesante el artículo yno menos interesantes las opiniones de los foreros. desde mi optica, un profano en la materia pero interesado en estas cuestiones, lo que veo es que hablar de Sistema es mucho hablar. quizá sería más acertado hablar de patrón. y lo más flagrante del caso es que las diversas administraciones educativas están atestadas de los, para mi, temibles psicopedagogos [con sus excepciones]. autodenominados vanguardia educativa. al menos en España, estas tesis son, en términos generales un rotundo y sonoro fracaso.

salud

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15. usuario registrado Civilizada»01/12/2009, 16:59 h.

Como madre de niña disléxica, muchas gracias por este artículo!!
Hay que avanzar mucho en la comprensión de estas dificultades de aprendizaje. Los disléxicos tienen una estructura diferente de funcionamiento cerebral, y al ser minoría, no hay métodos adaptados para ellos en los colegios.
Es primordial reforzar su autoestima, y darles estímulos diferentes para que puedan aprender desde otros ángulos. Está demostrado que tienen muchos dones en los que nos superan a los no disléxicos [mayor actividad cerebral, percepción espacial, sensibilidad artística, etc...] Leí un libro que me encantó y lo explica muy bien, pero está en francés: Vive la Dyslexie, de Béatrice Sauvageot

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14. usuario registrado jftamames»01/12/2009, 13:17 h.

#11 Lo que define a las grandes escuelas NO es el profesor, que se supone una eminencia, sino la posibilidad de estar con los de tu generación con más ganas y motivación, esa competencia por la excelencia. A está conclusión se llega tras la publicación de los contenidos de los cursos en la MIT de forma abierta. Se siguen matriculando en esos supercaros cursos porque se quiere vivir la experiencia única de estar con tus iguales. Ojo al dato. La calidad de la educación es la sana competencia entre personas motivadas en la misma onda y no el recibir el adoctrinamiento de un docto maestro.
En el caso que nos ocupa, ese maestro ha sido capaz de mostrar algo más, algo que quería trasladar a sus alumnos, esa competencia entre puntos de vista.

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@Juan Perea

Alma, corazón y vida es parte de un camino: el emprendido por Juan Perea –economista, máster por Columbia y lector impenitente- en la búsqueda del conocimiento de sí mismo y de los demás. Blog de historias personales y de las lecciones que de las mismas se desprenden. Punto de encuentro de todos aquellos que saben que lo aparente es sólo una mínima parte de la Verdad.

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