2.450.000 lectores influyentes
BIOGRAFÍA
Juan Perea - 23/02/2010
La primera herramienta que utiliza nuestra sociedad para que nada cambie es la represión de la imaginación de los niños. Pedimos a nuestros hijos desde que nacen y, sobre todo, desde que los escolarizamos, que ‘pasen por el aro’, que se atengan a lo que se les pide para aprobar y ‘seguir tirando’ hacia la edad adulta. Equiparamos el proceso de maduración con el de adaptarse a la sociedad, a los cánones sociales que deben regir nuestras vidas. Nuestro proceso de hacernos mayores obtiene buenas notas a medida que tragamos las reglas de una sociedad que no está sana. Esto provoca que los individuos nos sintamos cada vez más indispuestos. Como dijo Jiddu Krishnamurti, “no puede ser un síntoma de salud estar bien adaptado a una sociedad enferma”.
Ana tiene una hija de cinco años. Hace poco estuvo en su colegio hablando con la tutora. La profesora manifestó que la niña es bastante inmadura (¡Cielos, cinco años y todavía inmadura!). Para demostrarlo saca un dibujo que había hecho la pequeña sobre las vacaciones: arena, mar, cielo y gente. Hace hincapié en que las figuras humanas eran incorrectas (“todas de perfil”). Hace su exposición con tanta seguridad que Ana preguntó: “¿Para usted, Picasso era deficiente?”. Oído a un ‘maestro’ de plástica de primaria: “Si pido que pinten un árbol, quiero que sea como los que yo veo en cualquier parte. Si un alumno me trae un árbol pintado como lo haría Miró, no le suspendo pero le mando repetirlo. De cosas ‘modernas’ yo no entiendo”. Con un par.
El trágala no solo ocurre en el colegio. Desde muy pequeños nos narcotizamos con los sueños de otros: cuentos de hadas, ‘disneys’ y compañía, cuentos chinos, y frases del tipo ‘eso no se hace’ o ‘se hace así porque sí, porque siempre se ha hecho así’. A través de las historias para infantes (del latín ‘infantis’: ‘el que no habla’) transmitimos las creencias que nos hacen fácilmente manipulables, moldeables y que configuran los modelos de éxito/fracaso y las distintas caracterizaciones de las personas: los buenos y los malos, las madrastras, los hombres (príncipes azules) que rescatan a las mujeres (princesas), los ricos y los pobres, las brujas malas, etc. Todo queda oculto en el subconsciente y configura nuestra conducta con modelos fundamentados en el miedo.
Cuando empecé a cuestionarme las bondades de los clásicos infantiles, me dijeron que son buenos para los niños porque estructuran su pensamiento. Además, como los personajes son muy estereotipados, los niños pueden discernir claramente entre fantasía y realidad. “Si no te comes toda la comida, va a venir la bruja y…”. “Si no eres guapa y buena, no va a venir el príncipe para llevarte a su castillo”. Todo muy útil, edificante, instructivo y adecuado para que los infantes hablen y se comporten de determinadas maneras, para que maduren según los usos y costumbres aceptables. Eso sí, sin saber ni quiénes son, ni qué quieren de verdad y, poco a poco, renunciando a sus sueños.
Desde aquí quiero reivindicar lo adecuado que es devolver al niño el derecho a soñar, imaginar, fantasear y expresarlo en todos los formatos posibles incluso dentro del ámbito escolar. Reclamo una educación que integre la imaginación y fantasía y que interpele a los alumnos desde su capacidad creativa, potenciándola para resolver conflictos cognitivos y sociales y para aumentar su capacidad de expresión. Quiero un sistema que no margine a los niños ‘que están en Belén con los pastores’ y que les ayude a traer sus ideas y sueños a la realidad que les toca vivir. Seguramente ese otro lugar (Belén, Babia, las nubes o los cerros de Úbeda) es mucho más interesante que la monotonía a la que conduce el actual método. Y es necesario ‘aterrizarlo’ para poder transformar nuestra sociedad y hacerla más satisfactoria.
Los seres humanos somos creativos por definición y los niños nos lo recuerdan. El reto no lo tienen ellos sino nosotros, pues nos hemos olvidado cómo es eso de fantasear y jugar con mundos imaginarios. Nos abruma la creatividad y plasticidad de los niños y no podemos seguirles el juego. Rápidamente juzgamos, buscamos referencias para interpretar sus producciones y caemos en las categorías, ‘mira qué listo es’ o ‘este niño está en las nubes’. Creemos que la fantasía, la imaginación y la creatividad merman la capacidad cognitiva para comprender el mundo que les rodea. Reducimos el infinito posible a una pequeña porción reconocible que nos proporciona una falsa y aburridísima seguridad. La acumulación de conocimientos y el dominio de la tecnología han atropellado y aplastado a la esencia.
El poder de la imaginación
Necesitamos soñar. Al no hacerlo ocurre lo que dice Martina, hija de una amiga mía, en el poema que escribió cuando tenía seis años: “Los dibujos salen de la imaginación/ y mi corazón pone los retoques, / el lápiz roza la hoja que escoges. / Los dibujos se pueden regalar con todo tu amor/ a papá y mamá les hace mucha ilusión. / Pero cuando te haces mayor se va toda la imaginación/ que de pequeño dibujabas.”
Mi amigo David, que sabe mucho de sueños y es el padre de Pocoyó, lo ha escrito en un maravilloso artículo que les recomiendo especialmente y del que reproduzco unos párrafos: “…Educamos a nuestros hijos a la defensiva. Inculcamos en ellos un sentimiento de autoprotección para que se preparen como adultos y cuando llegan se han quedado sólo con la parte mala de ser niños. Crecemos caprichosos, miedosos, pensando egoístamente sólo en nuestra merienda y en tener todos los juguetes que podamos: coches, casas, televisores, novios y novias. Muchos, la mayoría, mirando al estado o a la empresa en la que trabajamos como a un padre que tiene la obligación de darnos y de decirnos qué hacer. Crecemos sin capacidad de tomar riesgos, de construir proyectos o nuevas realidades y para colmo con el sentimiento de que nunca tenemos lo que merecemos. Crecemos además, con la capacidad de soñar y de crear atrofiada por tantos consejos y tanta búsqueda de la ‘mejor educación’. Llegamos aquí, como un guante dado la vuelta.
Necesitamos soñar más, necesitamos ser más niños y también necesitamos utilizar la parte del adulto y del sentido común que es necesaria para acometer decisiones complicadas, traumáticas o que requieren de un gran esfuerzo y un compromiso especial. Sacrificio, trabajo y riesgo, y sueños, imaginación y juego… todo lo contrario de lo que la mayoría busca. ¿Qué quedó de aquello de hacer Transformers con cajas de cartón, de luchar contra Godzillas gigantes con rayos de hielo, o de vender teletransportadores de hamburguesas a los amigos de nuestros padres? ¿No fue para eso para lo que nos hicimos mayores?”
‘La cuerda de la guitarra si la sueltas no suena y si la tensas mucho se rompe’. Los adultos tenemos que reeducarnos, despertarnos de un sueño ajeno y encontrar un punto medio. Intentemos tocar nuestra propia música y comencemos por escuchar la de nuestros hijos.
OPINIONES DE LOS LECTORES,
41 COMENTARIOS
41 .- Creer que Caperucita es un buen recurso para distinguir el peligro es una muestra más del catálogo, de esa reproducción automática, sin mucho cuestionamiento. El cuento pinta a una niña de lo más estúpida que a su edad no es capaz de reconocer a su propia abuela [imposible!], la confunde con un lobo, y convengamos que es una niña que ha nacido y fue criada en el bosque. Por otro lado hay un lobo que no come por hambre, porque bien se podría haber comido a la abuela, pero no, esperó a que llegue la niña. Tal vez no nos hemos dado cuenta y era una adaptación para niños del Leviatán “Homo homini lupus” jajaja…En nuestro contexto este cuento me resulta patético y roza el grotesco.
40 .- Es interesante ver que muchos comentarios identifican en sus vidas actitudes “creativas” y soñadoras” que parecen más salidas de un catálogo del Corte Inglés que de la propia inventiva. Creo que estamos tan programados para tan sólo reconocer lo creativo en formatos hipermanidos y que por eso mismo de creativos poco y nada. Es allí donde hacemos lo que justamente cuestiona el artículo: moldeamos, censuramos y ajustamos la creatividad de los niños a lo ya conocido, y así reproducimos una vez más nuestros Instituidos Condicionantes Sociales. Creo que se trata de comenzar a deconstruir los limitantes, de cuestionar lo Instituido como verdades de todos, para reconocerlas como una verdad de algún contexto pasado. Dar paso a lo nuevo requiere quitarnos poco a poco el traje de miedosos que ese contexto pasado tan bien lo ha diseñado.
37 .- #36
Y de Dios, qué te puedo decir de Dios. Pues nada. Mejor no te digo nada. Y te hablo del Diablo. El jodido "palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad" [Ciorán]. Daste de cuenta, Pereda, lo que supone vivir sin muletas o, mejor, cambiando de muletas. Pues que los muy... te llamarán chaquetero. ¡Joder! si tu necesitan una llave del doce, porque vas a usar una del seis. Pues va a ser que no puedes, que te lo prohibe tu religión [joder con condón], tu ideología [crear puestos de trabajo bajando los impuestos o distribuir la riqueza subiendo los de aquellos que más han atesorado cuando las cosas iban bien] o el concepto de España, que a lo que se ve sigue siendo patrimonio de Franco y democracia y patria son conceptos antitéticos.