Carta al nuevo ministro de Educación: Íñigo Méndez de Vigo

El autor insiste en su misiva a Íñigo Méndez de Vigo en dos ideas básicas: tenemos el dinero suficiente para una educación excelente, pero debemos gestionar mucho mejor los procesos
Foto: El nuevo ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. (EFE/ Juan M. Espinosa)
El nuevo ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo. (EFE/ Juan M. Espinosa)

Sr. ministro:

Como a todos sus antecesores, le deseo que tenga éxito en su tarea. Sin embargo, lo tiene especialmente difícil. Suceder a un ministro pirómano le va a obligar a ejercer de bombero y a gastar una enorme cantidad de energía en defender una ley en la que probablemente no crea. La situación es caótica. Diez comunidades autónomas no piensan aplicarla este año, y probablemente tengan derecho a hacerlo. La oposición en bloque se ha comprometido a cambiarla. Los docentes están confusos, los padres están hartos, a los editores de libros de textos el agua les llega al cuello, y los alumnos tampoco saben a qué atenerse. La ley es técnicamente muy mala, pero su gestión ha sido todavía peor. En este momento no permite ninguna salida buena... Es malo si la LOMCE se mantiene, y es malo si se elimina, teniendo en cuenta que ya ha entrado en vigor en los cursos impares de primaria, y en septiembre entrará –en las CCAA que lo decidan– en los pares de primaria y en los impares de la ESO y de bachillerato. Puede haber una falta de homogeneidad en los currículos que haga difícil que unos alumnos puedan pasar de una comunidad autónoma a otra. Así las cosas, le recomiendo que, si puede, impida que premien al Sr. Wert con un cargo en la OCDE, porque eso supondría un refrendo del Gobierno a una gestión nefasta y casi un insulto al mundo educativo.

En educación no hay milagros. Ni misterios

Conozco su talento para el diálogo, pero su capacidad de maniobra es muy pequeña y lo mejor que puede hacer es distanciarse todo lo posible de la acción de su antecesor. En este mismo diario he propuesto una campaña –Objetivo cinco años–​ a la que me gustaría que se sumara. Desde los años 60 se han llevado a cabo múltiples reformas educativas, de las que podemos aprender. Disponemos de la información suficiente en los informes McKinsey, los documentos de la OCDE, las obras de Michael Fullan, Tony Wagner, Ken Robinson, Michael Barber, John Hattie y otros. En educación no hay milagros, pero tampoco hay misterios. El sistema educativo español puede convertirse en un sistema de alto rendimiento en el plazo de cinco años. La ciudadanía debe saberlo para poder exigir a los políticos que hagan posible ese objetivo. ¿Está usted dispuesto a comprometerse con esa meta?

¡Claro que hay fantásticos profesores en España! Pero todos son autodidactas y nadan contra corriente

El sistema educativo español es desigual y está estancado. Desigual porque según los informes PISA hay siete comunidades que superan la media de la OCDE y otras que se desploman. Estancado porque, a pesar de la subida del presupuesto durante los años anteriores a la crisis, la calidad no ha mejorado. La parálisis no se ha debido, pues, a problemas financieros. Antes de la crisis, dedicábamos a educación el 5% del PIB. Con ese dinero se puede tener una educación de alta calidad. Con menos, no. Lo que ha fallado siempre –pero siempre, siempre, siempre– es la gestión educativa. Lo que me interesa es convencer a la ciudadanía –y a usted también– de que con ese presupuesto podemos tener, en el plazo que he indicado, un sistema educativo del mismo nivel que el de Finlandia. El objetivo sería (1) reducir el abandono escolar al 10%, (2) subir 35 puntos en la clasificación PISA, (3) aumentar el porcentaje de alumnos excelentes, que es menor que el de otras naciones, y (4) ayudar a los alumnos a adquirir las destrezas necesarias para integrarse en la sociedad del siglo XXI.

Las verdaderas fuerzas del cambio

¿Es posible conseguir estos objetivos? Desde luego, pero no con una ley. Observando cómo lo han hecho otras naciones, la hoja de ruta está clara. En primer lugar, hay que mejorar la calidad de los equipos directivos de los centros y del profesorado. Ninguna de las dos cosas se ha cuidado en España. La historia de la formación de los docentes en España es la historia de un desprecio atávico. Recientemente he revisado –por encargo de Instituto Nacional de Evaluación Educativa– dos estudios de la OCDE. El TEDS-M, sobre la formación matemática de los maestros de primaria, y el TALIS, sobre la formación de los profesores de secundaria. La conclusión es deprimente. ¡Claro que hay fantásticos profesores en España! Pero todos son autodidactas y nadan contra corriente. Si quiere mejorar la educación, debe aliarse con ellos. Conozco a cientos de docentes capaces de cambiar sus aulas, sus centros, sus ciudades. Conozco a muchos líderes educativos que han cambiado sus escuelas. Ellos son las verdaderas fuerzas del cambio, pero se sienten aislados y predicando en el desierto. Convóquelos. ¿Por qué en España, donde tenemos premios nacionales para todo tipo de actividades, no hay un Premio Nacional al mejor maestro, como lo hay, por ejemplo, en EEUU?

Ninguno de estos objetivos se consigue con una ley. Pensarlo no es una ingenuidad, es un espejismo

En segundo lugar, debe implantarse una cultura de la evaluación a todos los niveles. Eso no consiste en multiplicar las reválidas, sino en conocer los procesos de aprendizaje de los alumnos, la calidad de los docentes y la gestión de los centros. Y premiar a los mejores. Aún he de recomendarle un tercer elemento. Tómese en serio la Formación Profesional. No basta con decir en una ley que se va a implantar la educación dual, a la alemana. Le recomiendo que lea el informe de la Fundación Berstelman sobre el modo como está organizada en Alemania para que comprenda la complejidad del tema. Por último, le sugiero que fomente los lazos de colaboración entre escuela, familia, y el resto de agentes sociales. Hace ocho años fundé la Universidad de Padres online y puedo dar fe del entusiasmo con que las familias pueden colaborar a la mejora de nuestro sistema educativo.

El cambio se hace en las aulas

Pero, señor ministro, le repito que nada de eso se consigue con una ley. Pensarlo es, más que una ingenuidad, caer en el espejismo de la facilidad. El cambio no se hace en el BOE, sino en las aulas. Hace falta comprometer a la sociedad en una movilización educativa. La educación no interesa a casi nadie. Así lo indican mes tras mes, año tras año, las encuestas del CIS. Nunca está entre las preocupaciones principales de los españoles. Tarea suya es traerla a primer plano. Ponerla de moda, incluso.

Necesitamos un ministro que pelee por los presupuestos, por los docentes, por los alumnos. Que sea un defensor de la educación y no de su Gobierno

Tengo que hacerle una pregunta comprometida. ¿Se siente dispuesto a gestionar el cambio? La arrogancia de su antecesor ha conducido al fracaso. Necesitamos a alguien capaz de convencer a la sociedad de que es una tragedia tener un sistema educativo mediocre. Capaz también de comprender que para educar a un niño hace falta la tribu entera, que un Gobierno sólo puede impulsar, comprometer, pero que tiene que aliarse con la sociedad. Hay que explicar que nuestro nivel de vida va a depender de que hagamos las cosas bien, entre todos. Necesitamos un ministro que pelee por los presupuestos, por los docentes, por los alumnos. Que sea un defensor de la educación, y no un defensor de su Gobierno. Como ha ocurrido en otras naciones, necesitamos convertirnos en una sociedad del aprendizaje. Le emplazo a usted, o a los ministros que le sucedan, sea cual sea su partido, a que tomen esta idea como meta. No hemos entrado en la sociedad del conocimiento. Hemos entrado en la sociedad del aprendizaje. Todos debemos aprender sin parar si queremos sobrevivir en este mundo acelerado. Los docentes, los centros educativos, las familias, las empresas, las fundaciones, las ciudades, la sociedad entera debe fomentar la pasión por aprender. Crear una cultura del aprendizaje que no tenemos. Usted no puede hacerlo todo, pero puede animar a las fuerzas sociales que pueden hacerlo todo. Si sigue esta sección podrá conocer lo que han hecho otras naciones para fomentar esta imprescindible renovación social. Pero esta carta se está haciendo demasiado larga.

Reciba un cordial y animoso saludo.


 

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