Aprendiendo de un suicidio: la triste muerte de Carla

Carla Díaz se suicidó a los 14 años, en abril de 2013, victima de acoso escolar. La condena de las menores responsables reabre el debate sobre el 'bullying'
Foto: En la Unión Europea, el acoso y maltrato por bullying lo sufren alrededor de 24 millones de niños y jóvenes al año. (Corbis)
En la Unión Europea, el acoso y maltrato por bullying lo sufren alrededor de 24 millones de niños y jóvenes al año. (Corbis)

Carla Díaz se suicidó a los 14 años, en abril de 2013, victima de acoso escolar. La condena de las dos menores encontradas responsables de ese hecho ha planteado de nuevo el problema del bullying. Ante una tragedia semejante, sólo queda el limitado consuelo de aprovechar la terrible experiencia para evitar que se repita. Por desgracia, de los temas educativos nos acordamos sólo cuando hay malas noticias.

En 1983 se comenzó a tratar con rigor el acoso cuando, en Noruega, se suicidaron tres chicos de edades entre 13 y 14 años por esa causa. Se emprendió una campaña en educación primaria y secundaria, dirigida por Dan Olweus, que se convirtió en la autoridad de referencia en este tema. En España la preocupación se despertó con el suicido de Jokin, en 2006. En todas partes la preocupación es suscitada por hechos dramáticos.

En Massachussets se promulgaron en abril de 2010 leyes estatales que exigen que los casos más severos de acoso escolar sean denunciados a las autoridades, después del suicidio de Phoebe Prince, de 15 años, harta del bullying de que era objeto. Muchos pensaron que una ley penal no resolvía el problema. En 2012, el caso de Amanda Todd, una niña que se suicidó después de dejar un video contando su historia, volvió a estremecer a Estados Unidos.

El problema global del bullying 

Según la Organización Mundial de la Salud y Naciones Unidas, cada año se suicidan en el mundo alrededor de 600.000 adolescentes y jóvenes, entre  los 14 y los 28 años, y al menos la mitad tiene alguna relación con el bullying. En Europa, las naciones con más acoso son, por este orden, Reino Unido, Rusia, Irlanda, España e Italia. La organización británica contra el acoso juvenil Beat Bullying alerta de que este problema es más serio de lo que parece, ya que “en la Unión Europea, el acoso y maltrato por bullying lo sufren alrededor de 24 millones de niños y jóvenes al año”.

En los últimos tiempos han aparecido modalidades a través de las redes sociales

Los actos de intimidación se dan en un porcentaje mayor en las mismas instalaciones escolares, y después en el trayecto de casa al colegio. Pueden consistir en violencia física o verbal, o en maniobras de exclusión social de un alumno o alumna. En los últimos tiempos han aparecido modalidades a través de las redes sociales, como el bullying electrónico, o el sexting, que consiste en difundir imágenes o videos de alto contenido sexual o erótico para provocar la humillación del afectado. Save the Children ha publicado recientemente un estudio sobre el acoso escolar y el ciberacoso en España, con una propuestas de actuación.

El problema, pues, es muy serio, aunque en España las estadísticas difieren mucho, por la variedad de criterios para medir el acoso. No todo acto de violencia es acoso, ni todas las personas violentas son acosadoras. Hay personas temperamentalmente agresivas, o con sesgos cognitivos, o con mal control de los impulsos, o con síndromes explosivos intermitentes, que pueden producir conductas violentas puntuales, incluso frecuentes.

Pero el acoso –según la definición del Ministerio de Educación– implica que un mismo alumno esté expuesto, de forma repetida y durante un tiempo a acciones negativas que llevan a cabo otros alumnos o grupos de ellos”. Como dice Rosario Ortega, una de las expertas españolas en el tema, “el acoso entre iguales es un fenómeno sostenido de abuso de poder, maltrato y exclusión social, que implica un desequilibrio de fuerzas”. 

Causas y soluciones

Como todos los problemas educativos en el del acoso influyen muchos elementos, psicológicos, sociales, y morales. Pone de manifiesto la necesidad de que la sociedad entera colabore a su resolución, aunque familias y centros educativos tienen un papel esencial. En algunos casos, los pediatras pueden ayudarnos a identificar factores de riesgo clínicos. No es un problema irresoluble. De hecho, cuando un centro educativo se empeña, puede eliminar, o al menos reducir drásticamente, la violencia de cualquier tipo en las aulas. Tenemos buenos protocolos para hacerlo. 

No se trata de educar a nuestros alumnos en una burbuja, sino de ayudarles a enfrentarse con los problemas

Conocemos los factores de protección y de riesgo. Sabemos que los casos aumentan hasta 3º de la ESO. No se trata de educar a nuestros alumnos en una burbuja, sino de ayudarles a enfrentarse con los problemas. Lo importante es dar a cada caso la importancia que merece, y eso deben determinarlo los profesores, los tutores, los departamentos de orientación y los padres. Hay que eliminar el tópico de que son cosas de adolescentes, que siempre han sucedido, y que sirven para endurecerlos.

Es verdad que han sucedido siempre, pero también es verdad que los efectos pueden ser malos y muy duraderos. Sergio Vila Sanjuan acaba de publicar una obra de teatro (El club de la escalera, Plataforma) donde se cuenta la venganza de una victima de bullying treinta y cinco años después de que los hechos sucedieran. Esta persistencia de los efectos me anima a pedir a los lectores que me envíen información sobre casos que conozcan o que hayan protagonizado.

La prevención del problema debe hacerse con la mayor anticipación posible. En estos hechos intervienen tres tipos de participantes: los acosadores, las víctimas, y los espectadores. A los tres tipos debemos educar para evitar el problema.

El perfil del acosador

Un acosador es una persona que se comporta de una forma que puede satisfacer sus necesidades de emoción, estatus, beneficios materiales o procesos grupales, y no reconoce ni busca satisfacer las necesidades y los derechos de quienes resultan afectados por su comportamiento. En muchos casos se hace por diversión, en grupo. Tienen una preocupante falta de compasión por el dolor ajeno. Eligen a una víctima débil, que no tenga recursos para defenderse, o que tenga algún aspecto que excite su agresividad (como ocurre en los casos de homofobia). El acoso solo dura cuando la víctima no sabe qué hacer, por eso son situaciones tan peligrosas. Cómo sólo se prolongan cuando la víctima es vulnerable, las posibilidades que las víctimas tienen de sobreponerse son muy escasas.

Necesitan ayuda pero, por muchas razones, no la piden. El silencio y el aislamiento son los grandes enemigos de cualquier persona que sufre agresiones domesticas o escolares. Niños y adolescentes no hablan de su problema por diversas razones:

  1. No quieren parecer incapaces o cobardes.
  2. Quieren solucionar sus problemas por su cuenta.
  3. Tienen miedo de que los acosadores descubran que han hablado con algún adulto.
  4. Temen no ser comprendidos.
  5. No quieren que sus padres se preocupen.
  6. Tienen miedo de que los padres tengan una reacción excesiva y empeoren las cosas.
  7. Sienten vergüenza por el hecho de que esto les suceda a ellos, porque creen que la culpa es suya.
  8. Pueden ser incapaces de expresarse, tener poca confianza, sentirse confusos o no tener claro lo que deben hacer.

Las semejanzas con la situación de las mujeres maltratadas son evidentes. 

Reconoces las señales

Precisamente por esta dificultad de expresarse conviene que los profesores y los padres sepan detectar algunos indicios relevantes.

Son señales de alarma:

  1. Cualquier cambio súbito del comportamiento normal.
  2. El rechazo a ir a clase o a participar en las actividades escolares, donde también acuden sus compañeros.
  3. Caída inexplicable de los resultados escolares.
  4. Roturas en la ropa, prendas desgarradas.
  5. Dolores de cabeza, estómago u otras indisposiciones inexplicables.
  6. Interrupciones frecuente del sueño, dormir más horas de lo normal u otros cambios en las pautas del sueño.
  7. Evitar a sus compañeros de edad así como los actos sociales de la escuela, el comedor o el patio.
  8. Súbito desinterés por actividades que antes le gustaban.
  9. Aspecto triste y deprimido.
  10. Negarse a ir o volver sólo desde casa a la escuela.
  11. No querer hablar de lo que pasa en la escuela.
  12. Perder demasiadas cosas, o pedir dinero (puede estar siendo sometido a un chantaje). 

El papel de los docentes

Los docentes también deben saber reconocer señales de alarma en los comentarios, en las relaciones que se establecen en el aula, en el comportamiento en el patio de recreo. El Centro debe tener un protocolo claro de actuación en esos casos, porque no conviene improvisar. Funciona bien el método de “la ventana rota”. Un famoso estudio de Wilson y Kelling sostenía que cuando en un edificio abandonado había un cristal roto y no se reponía, con mucha rapidez aparecían rotos todos los cristales. Un daño pequeño que no se repara incita a daños mayores.

El Centro debe tener un protocolo claro de actuación en esos casos, porque no conviene improvisar

El método broken window recomienda corregir las cosas pequeñas, antes de que se hagan mas graves. Si en la escuela se abordan correctamente las mínimas violaciones de los derechos de un alumno, el nivel de estas violaciones no irá a más. Una de los pasos es advertir a los padres de los acosadores, pero hay que tener en cuenta que muchos padres se niegan a aceptar esos comportamientos de sus hijos y otros no se dan por aludidos. 

Una vez más tengo que insistir en que los problemas educativos tienen solución, pero que hace falta saber cuales son, ponerlas en práctica, y conseguir que todas las personas implicadas colaboren. En el afrontamiento del acoso escolar debe intervenir todo el personal de un centro educativo, los padres, los asistentes sociales, los servicios de ayuda o defensa de la infancia.

La importancia de la educación para prevenir

La prevención es lo importante, pero en este terreno, como advertí en el articulo de la semana pasada sobre la “psicología positiva”, no basta con habilidades emocionales. La sentencia a las dos niñas acosadoras de Carla las condena a recibir lecciones de empatía, de control de los impulsos, y de las consecuencias de los actos. El enfoque es muy pobre.

Empatía es un término confuso. Los acosadores entienden muy bien lo que pasa a sus víctimas. Buscan precisamente provocar su reacción emocional, y pueden ser muy hábiles para detectar los puntos débiles. Lo que les falta es compasión, sentirse afectados por el dolor de otra persona. Pero en España este sentimiento se ha desacreditado estúpidamente, considerándolo humillante, cuando en realidad abre el campo de la solidaridad y es el mejor antídoto contra la violencia.

En segundo lugar, los acosadores tienen perfecto control de sus impulsos. No suelen ser personas impulsivas, sino personas que buscan sistemáticamente un tipo de satisfacción destructiva. Y, en tercer lugar, debe comprender las consecuencias, sin duda. Eso significa que conviene sustituir la lógica del castigo (una persona lo impone) por la lógica de las consecuencias (un acto tiene consecuencias desagradables (el castigo) que no está impuesto por nadie, sino provocado por el propio sujeto al actuar).

Lo que necesitan nuestros alumnos es recibir una profunda, razonada, constante educación ética

Pero no basta con estos mecanismos psicológicos. Lo que necesitan nuestros alumnos es recibir una profunda, razonada, constante educación ética.

Lo que estamos viendo en las escuelas no son disfunciones emocionales, sino anestesias morales. Vicente Garrido, psicólogo experto en conductas conflictivas, insiste en sus libros en la necesidad de recuperar la conciencia moral y el sentimiento de culpa. 

A continuación ofrezco una serie de direcciones donde pueden acudir los alumnos que se sientan acosados:

Les agradecería que me informasen de otras direcciones que no haya incluido.

Educación
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