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Cenicienta y el patito feo

@Juan Perea - 10/10/2009

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Constatar personalmente que los cuentos pueden convertirse en realidades supone tocar de lleno en emociones muy profundas. Es lo que me ha ocurrido hace unas semanas cuando conocí un magnífico cisne que venía de ser patita fea en su infancia. La llamaré Cenicienta, pues por ahora prefiere quedar en el anonimato. Quiere que la gente conozca su vida y su actitud ante la misma, no su nombre o sus logros.

Ella es un ejemplo de lo que el neurólogo y etólogo Boris Cyrulnik ha llamado “resiliencia”, palabra que se utiliza en psicología para denominar a la capacidad de algunas personas para sobreponerse a dolores y traumas emocionales graves y continuados. En concreto, lo aplica a los niños que tras una infancia desdichada (niños abusados, abandonados, niños soldado, niños trabajadores, etc.), se convierten en adultos que llevan vidas felices. Y estos suelen ser por regla general individuos extraordinariamente generosos con los demás.

Esta mujer-cisne con la que he compartido unos días inolvidables en Madrid es una de las mayores empresarias suramericanas. Su historia podría ser una más entre las ya numerosas de mujeres exitosas en el mundo de la empresa. Pero algo la engrandece y la hace parecer salida de un cuento: ella fue abandonada por su madre en el hospital donde nació, inmediatamente después del parto. Y nunca conoció a su padre.

Su abuela materna recogió a Cenicienta al cabo de una semana y la alojó junto a sus otros diecisiete hijos en un cuchitril donde todos vivían amontonados. No recuerda haber dormido sobre otra cosa que no fuese papel de periódico. Sus primeras memorias hablan de una niña, casi un bebé, que pedía por la calle y que tenía que buscar su comida en los cubos de la basura antes de volver a la chabola. Y cada vez que encontraba algo que llevarse a la boca, se sentía profundamente agradecida.

El agradecimiento es algo que esta moderna Cenicienta siempre lleva consigo. En ella se cumple ese aforismo que oí a Andrés Neuman: “La felicidad es un estado de gratitud permanente”. Incluso en los peores momentos, y en la vida de esta gran mujer ha habido muchos, ella ha agradecido lo que tenía, lo que la sacaba del apuro y, sobre todo, estar viva.

Tenía cinco años cuando su abuela le pegó una brutal paliza pues no había vendido los objetos que ese día le habían dado. Entonces se prometió a si misma que ella no sería pobre de mayor. Así lo sentía en su alma. Y así se lo dijo a la amiguita que mendigaba junto a ella.

No fue fácil evitar las redes de la prostitución infantil y juvenil, la droga y otras mafias. Cuando terminó la primaria, su madre reapareció y la llevó a su casa como empleada doméstica. Le prohibió que contara a la gente que era su hija. Fue abusada por el hombre que vivía con su madre y ésta la acuso ante la policía de seducirle. Entonces la internó con unas monjas en régimen de pupilaje. Allí consiguió terminar el bachillerato y estudiar magisterio mientras trabajaba por el día.

A los 19 años comenzó a trabajar como maestra en el colegio de esa monjas y en una escuela rural. Con el tiempo consiguió montar una guardería infantil que empleaba a otras doce profesoras. Todos los muebles necesarios los recogía de los deshechos.

Cuando su madre contrajo una enfermedad terminal, Cenicienta la acompañó en sus últimos días aunque ella se negara a verla. Tras su muerte y al comprobar la poca ayuda de la que disponían los ancianos con problemas de salud y de movilidad en su país, soñó con crear una empresa que ofreciese asistencia a los mayores. Todos decían que estaba loca, pero como ella dice, son los locos los que acaban haciendo las “grandes cosas cuerdas”.

Todo lo que no tenía de dinero lo tenía de entusiasmo para cumplir su sueño. La fuerza de creer en algo con el corazón la llevo a contarle al dueño de una imprenta su proyecto. Se convirtió en su primer afiliado. Luego fueron otros los creyeron en ella cuando les prometía devolverles el dinero mas adelante. Ellos contribuyeron, prestándole publicidad y otros medios, a crear una empresa que da trabajo a dos mil personas, sirve a más de cien mil clientes y ha obtenido numerosos premios en su país e internacionales.

Y su éxito empresarial no ha mermado su gran humildad y sencillez. Cuando relata sus orígenes, lo hace con dulzura (“era lo que tocaba” dice), sin una pizca de odio. Y hoy tiene fundaciones de ayuda a necesitados, comedores para personas sin ingresos y tiempo para quien se acerca a ella en busca de atención y consejo. El tiempo que saca de no mirarse el ombligo como hacemos muchos otros.

Yo he visto a esta Cenicienta como un ángel. Transmite un gran amor y una paz,  ternura, armonía y sabiduría muy profundas, algo propio de gente que ha pasado por duros episodios y trances a lo largo de su vida. Me contó su historia aunque sobre todo le gustaba escuchar las de otros. Según me dijo, observa que frecuentemente nos quejamos demasiado y que nos centramos en las migajas de la vida mientras nos perdemos el gran banquete que esta nos ofrece sólo por el hecho de estar vivos.

Su consejo preferido se refiere a la tenacidad. Se tenaz dice, y no tengas lástima de ti mismo por muy mal que te vaya. Sueña con el corazón lo que quieras ser. Todo lo que tengas ahí y lo alimentes, lo puedes tener en la mano. Por muy doloroso que sea el camino, la vida nos da a todos las herramientas necesarias y nosotros decidimos si queremos utilizarlas y como. Con la misma cantidad de ladrillos se puede hacer una casa linda o fea; tú decides. Y si confías en ti mismo aparecerán otros para caminar contigo.

En esta ocasión Cenicienta no necesito de ningún príncipe azul (ya se sabe que al final estos se convierten en ranas y no al revés) para cumplir su sueño. Ella lo hizo posible con una gran fe en sí misma. Ella siempre supo que, como dejo escrito Hans Christian Andersen, el patito feo se transformaría “en un soberbio cisne blanco”. Y en este caso, el cuento continúa.

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Opiniones de los lectores (28)

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28. usuario registrado hagen»13/10/2009, 19:09 h.

Por cierto, no sé si os habéis fijado, pero rehizo su vida gracias a unas monjas [y a ella misma, sin duda]

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27. usuario registrado jftamames»13/10/2009, 16:28 h.

#13 No hay tiempo para perdonar. No sé puede perdonar si no hay culpa. Está claro que quien echa balones fuera es para justificar la seguridad y la comodidad en la que vive. Eso es de gente que tiene la conciencia de clase media: no roba, no mata, no molesta, ... pero nada hace.

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26. usuario registrado viajeroA3»13/10/2009, 16:27 h.

#7 Tienes toda la razón Atlantis. Por si alguien no lo ha visto ahí va la dirección : http://vimeo.com/6790193

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25. usuario registrado jftamames»13/10/2009, 16:24 h.

#23 Para eso, estimado, hay que llegar el primero, investigar, someterse a la crítica y acabar ganandose un puesto en medio de una ciencia o disciplina. Mientras sea el ámbito anglosajón el que marca el avance, cosa que no me disgusta en absoluto, tendre que buscar formas para que los profesionales nos entendamos mejor. Está claro que la capacidad para afrontar momentos duros es cualquier cosa menos flexibilidad o eslasticidad. Lo que se trata no es de encajar golpes o de sobrevivir sino sobreponerse de forma heórica y valorable. En España tiene usted ejemplos de flexibilidad y eslaticidad para aburrir y no engendran virtud. Fijese en el caso Costa lo eslatico que es el tener una moral con las fronteras puestas en el infinito y más allá....

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24. usuario registrado Malinche»13/10/2009, 12:55 h.

#23 Continúo con ese mensaje.

Evitemos los "falsos amigos" o cognados, esas palabras que por su similitud morfológica se traducen mal del inglés y así leemos y oimos cada vez expresiones más chocantes como "capturar" una idea, o "capturar" una imagen, cuando la palabra correcta en español sería "captar".

Se inventan términos que no son más que pésimas traducciones del inglés para hablar de elasticidad o resistencia, adornándolos con una palabrería barata de marketing y cobrarles a unos incautos un dineral por un asesoramiento en el que les dicen unas perogrulladas que no son más que las verdades del barquero o las cosas que decía mi abuela con esa sabiduría natural y ese sentido común que tenía.



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@Juan Perea

Alma, corazón y vida es parte de un camino: el emprendido por Juan Perea –economista, máster por Columbia y lector impenitente- en la búsqueda del conocimiento de sí mismo y de los demás. Blog de historias personales y de las lecciones que de las mismas se desprenden. Punto de encuentro de todos aquellos que saben que lo aparente es sólo una mínima parte de la Verdad.

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