víctimas de la crisis

Una vida regateando a los acreedores: "Se lía la pelota y te vas creando la ruina"

La Ley de Segunda Oportunidad cumple dos años. Tres personas que se han acogido a ella narran cómo es convivir con un agujero económico que no da tregua ni de madrugada

Foto: Un hombre abrumado en su oficina. (iStock)
Un hombre abrumado en su oficina. (iStock)

Francisco Mulas era un empresario próspero. Lideraba una compañía de reformas con más de 100 personas en plantilla. España era un país optimista que estrenaba modernidad y se asomaba al mundo a través del escaparate de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. “Pero entonces se pagaba a 200 días o con pagarés, era un tiempo de alegría económica”. Después llegó la primera crisis, la de 1993, y las cosas se empezaron a torcer. Curiosamente, uno de los símbolos del evento que introdujo a la capital catalana en la modernidad iba a suponer la ruina de Francisco durante 25 años: la villa olímpica.

“Cuando se fueron los atletas, habían destrozado los pisos, arrancado los suelos, destruido la pintura, inutilizado enchufes, roto ventanas… montaban unas fiestas que machacaron las viviendas”, explica este hombre de 63 años. La concesionaria de los pisos exigió a la empresa de Francisco que los arreglase. Mientras, sus deudores a su vez les debían cerca de 500.000 euros. No era rentable. El resultado fue que “una empresa viable se fue a pique porque tuvimos que pedir créditos a los mismos bancos que a su vez participaban en las grandes constructoras que a nosotros no nos pagaban”.

También quebró la familia. Durante siete años no se dirigieron la palabra, “aunque después nos fuimos perdonando los unos a los otros"

En definitiva, la ruina. Un concurso de acreedores y una travesía de más de dos décadas sin nóminas, cuentas bancarias, ni propiedad de ninguna clase. “Necesitaba que otras personas me alquilasen el sitio donde poder vivir porque a mi nadie me fiaba”. Ahora se ha acogido a la Ley de Segunda Oportunidad, un mecanismo legal que entró en vigor hace dos años casi exactos.

La compañía quebrada de Francisco era un emprendimiento familiar, así que también quebró la familia. Durante siete años no se dirigieron la palabra, “aunque después nos fuimos perdonando los unos a los otros y a comprendernos y respetarnos”, explica este hombre, siempre ligado al mundo de la construcción. Durante estos años ha sobrevivido “en la economía sumergidahaciendo chapuzas.

Acreedores de madrugada

En 2015 aún debía más de 450.000 euros. En febrero de 2016 decide iniciar el proceso y acogerse a la ley. Hace dos semanas le comunicaron que ya era libre. “No he tenido vida en estos 25 años, es una experiencia que no le deseo ni al peor de mis enemigos”, relata sin poder contener la emoción. “Los acreedores venían a mi casa hasta a las tres de la mañana a reclamar”, rememora, al tiempo que subraya “la vergüenza social que te hacen pasar, diciéndole a tus vecinos que eres un moroso”. “Es muy duro”, resume Francisco.

La historia de la deuda de Antonio Casado es mucho más reciente. Este pintor de coches barcelonés de 55 años tenía 22.000 euros de deuda que había acumulado "casi sin darme cuenta, con tarjetas, préstamos, las compras en el Carrefour". Es decir, a base de consumo. Una voracidad compradora que este hombre justifica en que "entonces había mucho trabajo y te vas liando con las compras, se hace la pelota y te creas la ruina".

Te van liando con que si te ofrecen un crédito inmediato de 3.000 euros, otra tarjeta, parches para huir hacia adelante

Pero ese no es el único lío. Una vez te has "liado con las compras" te van "liando con que si te ofrecen un crédito inmediato de 3.000 euros, otra tarjeta, parches para huir hacia adelante y hacer peor el problema", confiesa. A Antonio las cosas se le "empezaron a complicar cuando el taller cerró en 2015. Con el paro no me llegaba para nada. Si pagaba no comía", de modo que aunque siempre intentó hacer frente a la deuda (uno de los requisitos para poder acogerse a la ley) llegó un momento en el que no podía afrontarla.

Ana María Manzano.
Ana María Manzano.

Pero no es fácil el periplo burócratico para conseguir quedar exonerado. "Desde que me acogí a la ley ha pasado un año y he tenido que hacer un montón de papeles. A la empresa les pagué fraccionado y también me hice cargo del notario y el procurador. Ahora tengo una orden judicial que dice que la deuda está condonada a no ser que me toque la lotería en los próximos cinco años. Cuando pase ese tiempo quedará del todo cancelada. Los acreedores aún me siguen dando la vara. Yo lo iba pagando todo, pero después, simplemente, no podía".

Armando la pelota

A Ana María Moreno todo se le torció cuando la empresa textil en la que aún sigue trabajando congeló los sueldos, eliminó los incentivos y quitó las horas extra. Era 2012: uno de los peores años de la crisis. "Yo me fui metiendo en tarjetas raras y tenía un préstamo antiguo. Luego pedí otro microcrédito para pagar el crédito original y entonces fue cuando se fue armando la pelota. No podía ni comer".

La salvación vino a través de las redes: "Como siempre ando metida en internet vi lo de la Ley de Segunda Oportunidad y decidí intentarlo porque los acreedores ya me llamaban todos los días, incluso al trabajo. También consiguieron los teléfonos de toda mi familia, mi cuñado, mi hermano. Mandaban muchos escritos amenazándome. También querían negociar, pero si yo no era capaz de pagarles una cuota de 50 euros al mes, ¿cómo iba a poder pagarles la mitad de la deuda?".

Una mujer llegó a acumular 43.000 euros de deuda para sufragarse operaciones de estética que después nunca pagó declarándose insolvente

Todas las personas que trabajan en el proceso de acogida a la ley, como las que trabajan en Repara Tu Deuda o los mediadores, conocen a alguien que ha pretendido acogerse a sus beneficios “sin ser precisamente el perfil para el que se creó”. Es el caso de una mujer que llegó a acumular 43.000 euros de deuda para sufragarse varias operaciones de estética que después nunca pagó declarándose insolvente. Hoy esa deuda ha quedado completamente cancelada. Pero eso, como decía el clásico, es ya otra historia.

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