Rebeldes con causa

Diez cosas que impides hacer a tus hijos y que están bien

No podemos ponernos en la mente de los demás; tampoco en la de nuestros hijos. No obstante, detrás de sus rabietas podemos vislumbrar algunos de sus problemas

Foto: Perder el control no va a solucionar nada. (iStock)
Perder el control no va a solucionar nada. (iStock)

Si bien las emociones infantiles son menos elaboradas que las nuestras, menospreciarlas es un grave error que muchas veces los padres cometen. En las reacciones de los niños vemos solo la superficie y como las pequeñas personas que son, debajo de las mismas pueden esconderse sentimientos más recónditos que los adultos no sabemos traducir.

No se trata de ser condescendientes ante un comportamiento inusual, sino de entender los porqués de fondo. Con todo, lo fácil es quedarse solo en la reprimenda, que puede convertir el conflicto que el pequeño está sufriendo en una experiencia, si cabe, aún más frustrante. Comprender qué ocurre de verdad ante ciertas manifestaciones de los niños nos llevará también a los mayores a responder de manera proactiva y con más compasión.

No poder manejar los impulsos

El desarrollo del autocontrol es un proceso particularmente largo. No alcanza su madurez hasta el final de la adolescencia y gran parte de los adultos no llega tampoco a gobernarlo con destreza.

Según crecemos, aprendemos a ocultar nuestros sentimientos. No podemos pedir a los niños que sepan llevar a cabo un proceso tan complejo

Un estudio del pasado año demostró que los padres suelen sobrestimar las capacidades de sus vástagos. Ello puede conducir a que les estén pidiendo a los pequeños actos inalcanzables. Un niño, por ejemplo, no conseguirá refrenar el impulso de realizar una prohibición explícita hasta una edad aproximada de cuatro años.

Sobreestimulación

Cuando éramos niños después de llegar del colegio solíamos disponer de varias horas para nuestro asueto o incluso para aburrirnos sin que nadie nos lo reprochara. Como los adultos, los más jóvenes de la casa necesitan momentos de descanso.

Diversos frentes reivindican la necesidad de mayor reposo para ellos frente al excesivo tiempo que pasan entre colegios, deberes y actividades extraescolares. La sobreestimulación tiene consecuencias que se deben tener muy en cuenta y que se manifiestan a veces en irritabilidad, hiperactividad o colapsos inesperados.

Necesidades fundamentales

En los adultos, un fuerte enfado suele ser una consecuencia de todo un proceso, en los niños, sobre todo en los más pequeños, ciertos berrinches pueden ser, incluso, el único modo que tienen de comunicar un malestar.

Ciertos periodos de la infancia se convierten en todo un conflicto que oscila entre la independencia y la necesidad de los padres

Muchas rabietas pueden tener como fondo hambre, sueño, cansancio, sed o enfermedad. Es fácil para nosotros colmar esas necesidades básicas con nuestros medios o pidiéndo el favor a otra persona con cortesía, pero hay que entender que algunos niños no disponen todavía de tales herramientas.

Expresión de sentimientos intensos

Según vamos creciendo, vamos aprendiendo a domar, relegar u ocultar nuestros sentimientos. No podemos pedir a los niños que sepan ya desde la tierna infancia cómo llevar a cabo un proceso psicológico tan complejo. Especialistas como la psicóloga infantil Janet Lansbury recomiendan que ante situaciones de grandes gritos o lloros por una fuerte emoción se permita que el sentimiento emane, no castigando jamás al niño por algo semejante.

Foto: iStock.
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Necesidad de moverse

La infancia es un periodo de experimentación con las propias capacidades del cuerpo. A los adultos la actividad inagotable de los niños nos puede irritar sobremanera, pero imaginemos lo que puede ser para ellos verse encerrado entre las cuatro paredes de la casa contra su necesidad de dar rienda suelta a su energía. Si las carreras, las bicicletas o los patines forman parte de la infancia es que hay algo detrás.

La curiosidad forma parte de la infancia. Esta urgencia se colma en los niños a través del juego

Cuando concluye que la inquietud de un pequeño aparece por la necesidad de soltar su energía, lo mejor es permitirle un tiempo en los columpios o salir un rato a pedalear con él por el parque.

Deseo de independencia

Desde que salimos del vientre materno hasta que nos vamos de casa, los primeros años de la vida son un proceso gradual de separación de los progenitores. Ciertos periodos de la infancia se convierten así en todo un conflicto que oscila entre la independencia y la necesidad de los padres.

Foto: iStock.
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Es por eso que a veces nos sorprendemos ante sus excentricidades como cuando se cortan el pelo con las tijeras del colegio o cuando defienden que quieren llevar la camiseta azul en vez de la roja para salir a la calle.

Necesidad de jugar

Además del apremio por quemar la energía que llevan dentro, para los niños también es vital la curiosidad y el descubrir cosas nuevas. En su caso, esta urgencia no se colma leyendo, estudiando o practicando como sucede con los adultos; su canal particular es el juego.

Cuando lo que se puede hacer y lo que no resulta relativo, los niños se quedan sin una guía y unos límites claros a los que agarrarse

Coger y manipular objetos de la casa que tienen prohibido tocar, encender y apagar aparatos para ver lo que sucede o pintar las paredes de la habitación, forma parte de esa curiosidad y de esa creatividad que también ellos tienen.

Reacción al humor de los padres

Cuántas veces habremos oído que los niños son como una esponja. Por eso, la tristeza, la rabia, el miedo, el estrés o la angustia de los mayores se transmite con facilidad a los hijos. Qué duda cabe de que un hogar en paz se traduce también en una mejora del bienestar de los niños.

Falta de atención

En los casos en lo que los pequeños se sienten descuidados por sus padres, las reacciones de rebeldía y provocación pueden resultar particularmente intensas. Para reclamar el interés de los mayores, los pequeños pueden desafiar al adulto con una acción agresiva que está pidiendo un “párame” y que quiere decir, en realidad, “me siento solo”.

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Respuesta a límites que no son constantes

Un día les permitimos que se tomen una golosina antes de la comida y al siguiente se lo prohibimos recriminándoles que luego no va a comer. Cuando lo que se puede hacer y lo que no resulta relativo, los niños se quedan sin una guía y unos límites claros a los que agarrarse, lo que puede resultar muy frustrante.

Se trata de una situación particularmente complicada, sobre todo hoy que los pequeños pasan muchas horas en casa de sus abuelos donde a veces las normas son, sin quererlo, diferentes a las del propio hogar.

Alma, Corazón, Vida

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