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El fin de semana dejará de existir muy pronto: "Tomarse dos días libres es de locos"

Un nuevo libro pone de manifiesto que la ética laboral que nos hace estar siempre enchufados ha provocado que dediquemos nuestro supuesto descanso al trabajo

Foto: Qué ganas de volver a casita para currar descalzo. (iStock)
Qué ganas de volver a casita para currar descalzo. (iStock)

De entre todas las particularidades del mercado laboral, no hay otra que demos más por hecho que el fin de semana, entendido como dos días completos de asueto. Aunque todas las religiones tengan su día sagrado –desde el sábado judío al domingo cristiano pasando por el viernes islámico–, no fue hasta el siglo XX que esta fórmula comenzó a extenderse por el mundo industrializado hasta convertirse en la norma.

Tal y como lo conocemos hoy, es el producto del equilibrio que el sistema fordista consiguió encontrar entre un trabajo en cadena, cansado y poco gratificante, y el bienestar de unos trabajadores que debían convertirse en los consumidores de los nuevos productos que ellos mismos producían. En 1926, Henry Ford decidió introducir dos días de fiesta en lugar de tan solo uno en el fin de semana sin que ello supusiese una rebaja en la paga que recibían los empleados. Algo que se extendió durante la crisis económica de la década siguiente, en la que los altos niveles de paro animaron a un reparto de trabajo donde más gente trabajase menos horas.

La idea de tomarse dos días libres parece de locos en una economía muerta donde hay una dura competición por trabajos mediocres

Los cambios en el mercado laboral, no obstante, han provocado que el fin de semana tal y como lo conocemos se encuentre en riesgo de desaparición. No es solo el sector servicios, que ha convertido el sábado y el domingo en su momento estelar, sino también los empleos de cuello blanco, cuya naturaleza abstracta hace mucho más difícil trazar fronteras entre qué es trabajo y qué no. Como han recordado recientemente varios artículos, estar siempre ocupado (incluidos los teóricos momentos de descanso) es la nueva marca social de la élite. 'The New York Times' afirmaba que “dormir es el nuevo símbolo de estatus”; otro estudio indicaba que ya no es el ocio, sino estar siempre ocupado, lo que demuestra que pertenecemos a la clase alta.

Esto supone un gran riesgo, advierte Katrina Onstad en su nuevo libro, 'The Weekend Effect: the Life-Changing Benefits of Taking Time Off and Challenging the Cult of Overwork' (HarperCollins Publishers), un elogio de los beneficios del fin de semana, y un ataque a la ética de “todo trabajo y nada de diversión”. “La idea de tomarse dos días libres suena como algo de lunáticos en una economía muerta donde hay una dura competición por los trabajos, incluso por los mediocres”, explica la autora en la introducción del libro. “Pero, ¿qué pasaría si todo este trabajo estuviese distorsionando tu visión del mundo, nublando tu percepción de lo importante, y te comportases como si te hubiesen… lavado la cabeza?”

El nuevo estado de las cosas

“Bienvenido a la 'secta del trabajo excesivo', que no tiene diversión, ni sexo ni drogas”, prosigue la autora. “En esta secta particular, los trabajadores han aceptado semanas laborales de cincuenta, sesenta, ochenta horas sin fines de semana como 'statu quo', o peor, como una credencial del éxito”. En este caso, no ha sido ningún cambio legislativo lo que nos ha forzado a aceptar este trabajo continuo. Simplemente, un mercado laboral extremadamente competitivo y con altos niveles de paro e inestabilidad, a lo que hay que unir el amor desmedido por nuestro trabajo. Si la consolidación fordista del fin de semana era una aceptación tácita de que el trabajo diario no era gratificante, ¿qué ocurre cuando deseamos trabajar todo el rato?

El trabajo se ha convertido en un conjunto de retales de bolos a tiempo parcial que no encajan en el esquema de la semana

Había otra buena razón económica para extender el fin de semana: si la mayor parte de trabajadores estaban ocupados de lunes a domingo (o sábado), las posibilidades de que estos consumiesen eran mucho menores. La emergente industria del ocio requería más tiempo libre para que los empleados de la era industrial gastasen su dinero; en la era postindustrial, no obstante, el consumo ha cambiado y ya no se concentra únicamente en sábados y domingos. “La vida laboral sin límites ya no es una realidad exclusiva de los 'freelancer', o el ámbito de los abogados bien pagados y de los innovadores de la clase creativa de Silicon Valley”, explica la autora. “Después de la recesión, el trabajo se ha convertido en un conjunto de retales de bolos a tiempo parcial para mucha gente, sin que encaje en el esquema de la semana”.

El fin de semana era, a un nivel abstracto, la forma en que las religiones nos recordaban que éramos mucho más que el trabajo que hacíamos: “Santificarás las fiestas” es el Tercer Mandamiento. Dios descansó en el séptimo día, y como explica Onstad, “encajó el fin de semana entre los mandamientos como un recordatorio de que la vida no se define únicamente por la producción o por su amiguito el consumo”. Sin embargo, el siglo XXI ha visto brotar un Síndrome de Estocolmo entre los trabajadores. “Si tu ocupación se convierte en una preocupación todo el tiempo –todos los fines de semana–, corres el riesgo de perder tu vida, de solo hacer y no ser”.

Tenemos tantas cosas que hacer que no queda espacio para la diversión. (iStock)
Tenemos tantas cosas que hacer que no queda espacio para la diversión. (iStock)

Las amenazas de la sobrecarga de trabajo son muchas. Empieza por vivir siempre cansados, ya que hemos decidido prescindir de 48 horas de asueto necesario cada semana. Las consecuencias de la fatiga están demostradas: conduce a problemas mentales, como la depresión, e incluso puede llevar al suicidio. Pero no hace falta ser un 'karoshi', uno de esos trabajadores japoneses que mueren por exceso de trabajo, para comprender el daño que causa esta concepción de nuestro tiempo que, como señalaba la investigadora Silvia Bellezza, está relacionado de manera íntima con nuestras concepciones aceptadas sobre la movilidad social.

¿Qué nos estamos perdiendo?

No hace falta caer en los brazos de una enfermedad mental para comprobar lo dañino que es prescindir de los fines de semana. La autora recuerda que esto ha provocado el debilitamiento de nuestras redes personales y familiares. Como afirmaba Andrew J. Smart en 'El arte y la ciencia de no hacer nada' (Clave Intelectual), nuestra productividad, paradójicamente, decae cuanto más trabajamos. No hacer nada, explicaba el autor, “te permite acceder a tu inconsciente, tu creatividad y tus emociones”.

Los mejores fines de semana siempre incluían los mismos elementos clave: conexión; placer; 'hobbies'; naturaleza; creatividad

La propia Onstad tomó la decisión de escribir este libro tras comprobar que era una de las víctimas de este síndrome de Estocolmo mental. “Hoy en día, con niños y un empleo como escritora que se expande a lo largo de los días, mis sábados son como los miércoles”, explica en el libro. “A veces, de hecho, los sábados tengo más lío”. Esto da lugar a lo que ella denomina “el bajón del domingo por la noche”, la sensación que nos embarga a última hora del fin de semana de que hemos desperdiciado, otra vez más, nuestro tiempo libre. Hasta un 81% de estadounidenses afirmaba sentir melancolía el domingo por la noche ante la visión de una nueva semana.

¿Cómo podemos aprovechar de manera mucho más eficiente nuestro tiempo libre? La autora explica que, después de investigar ampliamente la manera de vivir el fin de semana de muchas personas diferentes, descubrió algo que tenían todos ellos en común: “Los mejores fines de semana siempre incluían unos pocos elementos clave, en varias iteraciones: conexión; placer; 'hobbies'; naturaleza; creatividad”. La mayor parte de ellos, recuerda Onstad, están al alcance de cualquiera. O, al menos, de cualquiera que sea capaz de dejar el móvil de trabajo a un lado.

Cada vez son más los que recuerdan la importancia del descanso tras cinco días de trabajo, incluso como manera de potenciar la productividad durante el resto de la semana (y evitar el 'burnout' laboral). De ahí que se hayan promovido últimamente los 'findes' de tres días como una manera de reorganizar un mercado laboral con altos niveles de paro. “Proteger las 48 horas seguidas en esta época es casi algo propio de superhéroes”, recuerda la autora. “Hace falta ser valiente. Pero si eres capaz de aguantar la tentación, aunque sea por dos días, puedes crear espacio para todo tipo de experiencias que no tienen nada que ver con el éxito y el consumo, sino sobre esa humanidad que el Sabbath intentaba salvaguardar”. Es el descanso, y no el trabajo, lo que nos convierte en humanos.

Alma, Corazón, Vida

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