SOLO TE ESTÁS HACIENDO UN FAVOR A TI MISMO

El gran peligro de no decir la verdad sobre tus relaciones sexuales

Nos puede parecer divertido que los hombres sean unos exagerados al hablar de sus conquistas y que las mujeres lo oculten, pero puede tener consecuencias desafortunadas

Foto: ¿Nos conviene contar la verdad y nada más que la verdad? (iStock)
¿Nos conviene contar la verdad y nada más que la verdad? (iStock)

Todos lo sabemos. No hay un tema en el que mintamos más que en el número, duración y calidad de nuestras relaciones. Lo explicábamos recientemente: los hombres siempre tiran por lo alto cuando hablan de su vida sexual, y es más, hasta llegan a pensar que han aguantado más en la cama de lo que realmente tardan. No hace falta un estudio para comprobarlo. Al fin y al cabo, nadie se va a meter con nosotros entre las sábanas para cerciorarse de si es cierto.

Esta particularidad que a simple vista es divertida puede ser mucho más peligrosa de lo que pensábamos. Es lo que advierte el investigador en Psiquiatría y Salud Pública de la Universidad de Michigan Sharvin Assari en un artículo publicado en 'The Conversation'. La gente miente, sí, pero eso no es baladí. Debido a su falta de sinceridad, gran parte de las investigaciones sobre sexualidad (incluidas las de las enfermedades venéreas) se basan en datos falsos.

Los investigadores no pueden meterse en la alcoba de sus objetos de estudio para comprobar si dicen la verdad o no

“La escasa validez y utilidad de los datos sobre el comportamiento sexual reportados por uno mismo es una mala noticia para los agentes de salud pública”, explica. La ciencia sobre sexualidad tiene un problema añadido, el mismo que explica por qué nos podemos inventar lo que queramos y quedarnos tranquilos de que nadie nos va a pasar factura: los investigadores no pueden meterse en la alcoba de sus objetos de estudio para comprobar si dicen la verdad o no.

“Cuando los hombres y las mujeres reportan incorrectamente su comportamiento sexual, esto daña la capacidad de los encargados de diseñar los programas y de los proveedores de salud de planificar apropiadamente”, señala Assari. Un problema aún mayor es que es precisamente en los temas más críticos de salud pública donde los encuestados suelen mentir más. ¿En cuáles, exactamente?

El estigma que te hace mentir

Lo explicó en su día El Confidencial y el investigador lo utiliza para ilustrar su tesis: según un estudio de 2013, una de cada 200 estadounidenses afirma estar embarazada a pesar de no haber hecho el amor en su vida. No se trataba, como señaló la profesora de bioestadística Amy Herring, de un error de programación, sino de que todas ellas mentían; la mayor parte, por haber hecho una promesa de castidad hasta el matrimonio.

Es el mejor ejemplo que demuestra que aún siguen existiendo “actividades estimagtizadas”, como las denomina Assari, y que estas son diferentes para los hombres y para las mujeres. Es el caso del número de parejas sexuales que se han tenido a lo largo de la vida: mientras que las mujeres dan una cifra inferior a la real, los hombres proporcionan una superior. Tanto en uno como en otro caso, “consideran que su comportamiento real sería considerado inaceptable socialmente”. Por decirlo coloquialmente, unas por pasarse y otros, por quedarse cortos. O al menos eso es lo que siguen pensando sobre las propias relaciones.

Entre todos los datos, el menos fiable es el que se relaciona con las experiencias sexuales antes del matrimonio. Un poco por debajo se encuentran, previsiblemente, las infidelidades. En algunos casos, la confesión de los datos está relacionada directamente con la vergüenza, como mostraba la investigación publicada en 'Pediatrics' que descubrió que el 10% de los veintañeros que tenían una enfermedad de transmisión sexual manifestaba haberse abstenido del sexo durante el año anterior.

Ellos mienten más que ellas sobre la edad a la que tuvieron su primera experiencia amorosa

Un caso llamativo es el de la edad a la que se llevó a cabo el primer encuentro sexual. Por una parte, porque sobre este tema ellos mienten más que ellas. En segundo lugar, porque la mayor parte de inconsistencias señalan que la segunda vez que se hace la pregunta, tanto unos como otros dan una edad mayor. Solo el 22% repetían la misma cifra en diferentes ocasiones.

“Reservadas” y “fardones”

Estas mentiras son un problema para la investigación sobre sexualidad, pero benefician aparentemente en el corto plazo a quienes incurren en ellas. Por una parte, porque excusan a los que las pronuncian de tener que dar explicaciones o someterse al juicio de una sociedad que, aunque no lo pensemos, sigue teniendo claros prejuicios respecto a determinados comportamientos sexuales (no solo con la promiscuidad, sino también con la abstinencia).

Cada uno contará la historia a su manera. (iStock)
Cada uno contará la historia a su manera. (iStock)

“Como humanos que somos, el sesgo de interés forma parte de cómo pensamos y nos comportamos”, explica Assari. “Este puede ser descrito como la tendencia del individuo a atribuir características positivas a sus propios comportamientos y negativos a los de los demás y a los factores externos”. En otras palabras, mentimos para protegernos tanto de los ataques de los demás como de nuestras inseguridades no encajar en lo normativo.

¿Y cuál es exactamente la regla? No hace falta ser un lince para descubrirlo, pero el investigador lo sintetiza con dos palabras: “fardones” (“swagger”) y “reservadas” (“secretive”). En otras palabras, las mujeres admiten menos relaciones antes del matrimonio que los hombres, porque “la sociedad espera que los hombres tengan más parejas, y las mujeres menos”. El signo de un prejuicio sobre lo sexual en el que la promiscuidad femenina es inaceptable y la del hombre deseable; los términso se invierten respecto a la abstinencia sexual.

La sociedad espera que los hombres tengan más parejas, y las mujeres, menos

“Según este doble estándar sexual, el mismo comportamiento es juzgado de manera diferente dependiendo del género del actor”, recuerda el investigador. Es tan solo una ventaja aparente, pues los prejuicios sobre sexualidad no solo perjudican a aquellos que no encajan en lo normativo (en realidad, el grueso de la población), sino a toda la sociedad que no sabe cómo combatir los grandes problemas de salud relacionados con el sexo.

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