Sabroso y tierno

Cinco trucos fundamentales para que el pollo no te quede seco

Que el pollo quede jugoso no es tan fácil como se piensa. Requiere conocer algunas técnicas. Te contamos varias formas para lograrlo

Foto: Alimenta con solo mirarlo. (iStock)
Alimenta con solo mirarlo. (iStock)

Pocas sensaciones resultan tan agradables para el paladar que la carne de pollo jugosa y en su punto. Mal preparado, la impresión que deja este alimento acaba siendo, sin embargo, irritante, con filetes que parecen un trozo de cuero o pechugas cuya textura se asemeja a la del papel de lija.

Antes de tirar la toalla, y suprimir esta carne blanca de tu dieta porque no consigues pillarle el truco, existen técnicas muy sencillas para que el pollo no quede nunca seco, lo cocines como lo cocines. Después de leer los consejos que te vamos a ofrecer, seguro que este producto se va a convertir en la especialidad de tus menús con los que te ganarás el favor de tus visitas.

1. ¿Muslo o pechuga?

El primer secreto para evitar que el pollo de la cena acabe como la mojama es tan simple como elegir bien las partes que se van a poner sobre la mesa. Si quieres ir sobre seguro, olvídate de la pechuga y prepara unos buenos muslos, que no fallan nunca.

Verifica con un termómetro que la carne del pollo no sobrepase los 75 grados. Si los supera, es más probable que empiece a secarse

Esta parte del pollo tiene un mayor contenido de grasa que favorece que la carne esté siempre más húmeda y tierna. Otra ventaja nada desdeñable es que los muslos son también más agradecidos para tu cartera.

2. Si has elegido pechuga...

De acuerdo, los muslos nunca te han gustado. No desesperes aún, ya que también existen soluciones si eres más de pechuga.

Si has decidido ponerla en el horno existe una técnica que según 'The Kitchn' es una especie de punto medio entre asar la pechuga y guisarla a la vez.

He aquí el método: unta mantequilla sobre la superficie de la fuente para hornear y coloca las pechugas dejando espacio entre ellas, sin que queden pegadas las unas a las otras. Corta una hoja de papel para el horno, que sea un poco más grande que la fuente, y unta también mantequilla en uno de sus lados. Precalienta el horno a 190-200 grados, Adereza el pollo a tu gusto y pon después el papel sobre las pechugas, con el lado de la mantequilla sobre ellas. Ásalas durante 40 minutos (el tiempo puede variar dependiendo del grosor de las piezas).

3. Pechugas como condimento

Pasamos a un nivel superior. Pongamos que quieres preparar las pechugas para, por ejemplo, utilizar los cortes en ensaladas o en la pasta. Hay varias cosas que tener en cuenta aquí.

Primero, las pechugas son siempre irregulares, con un lado más grueso y otro más fino, por lo que el primer paso es igualar ambas partes, dándole golpes con un mazo o un rodillo para que el grosor sea uniforme. No se trata de dejarlas finas, sino de quitarles la forma redondeada.

Salpimiéntala por ambos lados. Calienta la sartén y añade un chorro de aceite de oliva. Baja la llama y añade las pechugas. Permite que se cocinen durante un un minuto y dales después la vuelta. Tapa la sartén con una cubierta y baja aún más la llama a fuego muy lento. Déjala así durante 10 minutos. Lo que estás haciendo es guisarlas en sus propios jugos. Apaga finalmente los fuegos y déjalas reposar otros diez minutos más.

La temperatura como indicador

Un mito muy difundido sobre el pollo es que hay que cocinarlo hasta que al pinchar la carne, el jugo que se desprenda de él sea claro y sin restos de sangre. Como vimos en un reciente artículo este tópico no es cierto, a pesar de lo difundido que está en diferentes libros de recetas de cocina.

En vez de utilizar tales lugares comunes, lo mejor es verificar la temperatura de la pieza por métodos objetivos, utilizando, por ejemplo, un termómetro de carne, y controlar que el pollo no sobrepase nunca los 75 grados. Si supera esta temperatura, es más probable que empiece a secarse.

A la plancha

Si por último quieres hacer las pechugas o los filetes a la plancha, ten en cuenta estos últimos consejos. Después de igualar la pieza, tal y como hemos contado anteriormente, pon un litro de agua en un recipiente y diluye una cucharadita de sal. Sumerje las piezas en la salmuera que has creado durante 30 minutos. Calienta la sartén o la plancha. Unta, ahora, las pechugas con aceite de oliva empleando un pincel. Basta solo cocinarlas durante 3 o 4 minutos por cada lado a fuego medio. Con este método la carne a la plancha no será una suela de zapato.

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