¿SABEMOS QUÉ NOS LLEVAMOS A LA BOCA?

Por qué no puedes saber qué estás comprando cuando te venden pescado

A simple vista, la carta abierta de una bióloga canadiense parece radical, pero son muchas las investigaciones que muestran el mal etiquetado y la abundancia de plástico en el agua

Foto: Una mujer compra pescado en Madrid. (Reuters)
Una mujer compra pescado en Madrid. (Reuters)

Pocos alimentos tienen tan buena fama como el pescado, especialmente después de que la Organización Mundial de la Salud propinase un derechazo en la mandíbula a la carne en sus recientes recomendaciones. En la nueva pirámide alimenticia SENC, el pescado aparece junto a las carnes blancas (pollo o pavo), legumbres o huevos como una de las comidas que se pueden tomar de una a tres veces al día, y todos conocemos la buena fama que tiene el omega-3.

No es oro todo lo que reluce ni proteína todo lo que se desliza bajo el mar. Un artículo recientemente publicado en 'The Walrus' por la bióloga marina de la Universidad McGill Laura McDonnell promete dar mucho que hablar, ya que en él afirma que no consume ni una pizca de pescado. Y, además, anima a los demás a hacer lo mismo. “No soy una activista ni una alarmista”, explica. “Soy una bióloga del pescado al principio de su carrera; en concreto, estudio el impacto de los estresantes del medio ambiente en el comportamiento de los peces”.

Siempre que mis amigos piden sushi para llevar, me pongo nerviosa, no por los peces, sino por mis seres queridos

A pesar de ser relativamente joven, su trabajo de campo la ha llevado hasta el Caribe (“a los ríos contaminados por el petróleo de Trinidad”) o a los Grandes Lagos de Uganda. “A lo largo de los últimos nueve años he visto, leído y oído qué le pasa al pescado antes de que acabe en nuestros platos”, recuerda. “Y ahora, siempre que mis amigos piden sushi para llevar, o que mi padre se toma su filete de pescado rebozado, o incluso cuando mi gato consume su mezcla 'de mar', me pongo nerviosa, no solo por los peces, sino por mis seres queridos”. ¿Por qué?

1) Mal etiquetado

Lo avisaba un informe publicado por el grupo Oceana el pasado septiembre: de cada 25.000 muestras de productos del mar, un 20% (una de cada cinco) estaba mal etiquetado. Un porcentaje que aumentaba entre el 30 y el 58% en países como Estados Unidos. ¿Y en España? Un estudio de la Universidad CEU San Pablo identificó que el 32,5% de las muestras de bonito del norte y atún blanco analizadas en realidad eran especies de menor valor como el rabil o la bacoreta.

Hay más investigaciones que señalan en la misma dirección y que McDonnell expone en su incendiario artículo. Un estudio canadiense publicado en 'Mitochondrial DNA' afirmaba que hasta el 41% de las muestras estaban mal etiquetadas. Otro realizado en Bulgaria y Rumanía mostraba que de los 27 ejemplos recogidos, tan solo en 10 se describía adecuadamente el producto. Más de un 10% de las muestras de caviar, de hecho, no tenían ni rastro de ADN animal.

El problema es que, como señala la autora, “comer pescado mal etiquetado puede ponerte enfermo”. Es lo que ocurre si tienes intolerancia o alergia a determinados productos: si estos están mal descritos, es posible que termines consumiendo algo inapropiado. Dos confusiones habituales son las de los peces de arrecife tropicales, que a veces son clasificados como de aguas templadas, y que pueden portar la ciguatera, o el escolar (llamado en ocasiones “el pez más peligroso del mundo”), al que a menudo se denomina atún blanco.

No importa cuán cuidadoso seas, si comes pescado regularmente, es muy posible que hayas consumido plástico

Pero el principal problema no es tanto el mal etiquetado como las dificultades para acabar con esta costumbre. Por una parte, recuerda McDonnell, la identidad de las compañías que incurren en este comportamiento no se reproduce en las investigaciones, por lo que terminan pagando justos (otros miembros de la cadena que se comportan de manera ética) por pecadores. Por otra, muchas agencias permiten este fraude en sus guías: es el caso de la Canadian Food Inspection Agency (CFIA), según la cual el término 'pez de roca' puede ser utilizado para categorizar a 100 especies distintas; algunas de ellas, en riesgo de extinción.

2) Hay plástico por todas partes

El pasado mes de agosto, Greenpeace alertaba en un informe llamado 'Plásticos en el pescado y el marisco' de que puede haber alrededor de 268.940 toneladas de plástico flotando en el mar. McDonnell, por su parte, recuerda que “no importa cuán cuidadoso seas, si comes pescado regularmente, es muy posible que hayas consumido plástico”.

El pasado febrero, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza señaló que las micropartículas de plástico que se desprenden de productos industriales como ropa sintética y neumáticos representan “el 30% de la basura que contamina los océanos”.

Durante mucho tiempo, el foco se encontraba en los plásticos de gran tamaño. El actual problema, coinciden tanto la bióloga como la ONG, son los microplásticos (y nanoplásticos), que tienen menos de cinco milímetros de diámetro. Uno de sus efectos más claros se puede ver en la Isla de Plástico (o gran zona de basura en el Pacífico), un vertedero oceánico de 1.400.000 kilómetros cuadrados.

Basura en la playa. (CC/Justin Dolske)
Basura en la playa. (CC/Justin Dolske)

El problema es que estos pequeños fragmento de plástico son muy difíciles de identificar, localizar y eliminar del agua. De ahí que algunas campañas hayan pedido a los gobiernos que se limite el uso de estos microplásticos, como ocurrió el pasado año cuando se solicitó a los políticos británicos que prohibiesen el uso de estos materiales, como las microesferas de polietileno que se encuentran en exfoliantes faciales, detergente en polvo y pasta de dientes.

Un estudio publicado en 2013 en 'Environmental Pollution' aseguraba que “la exposición dietética anual del europeo puede llegar a los 11.000 microplásticos al año”. Esta investigación se centraba en bivalvos como el mejillón, pero la mayoría de peces no solo no discriminan a la hora de elegir entre comida y plástico, sino que suelen decantarse por este último debido a que resulta en apariencia “más beneficioso evolutivamente”.

Un truco sencillo es buscar cuál es la apariencia de un pescado tanto sin cocinar como cocinado, para que no nos den gato por liebre (o bonito por atún)

“Debido a la bioacumulación [la concentración de una sustancia en un animal a lo largo del tiempo] y la biomagnificación [la cantidad total de una sustancia se incrementa a medida que asciende en la cadena alimenticia], la concentración de microplásticos en peces depredadores más grandes y más viejos como el atún es probable que sea mayor que en especies más pequeñas”, sugiere McDonnell. ¿Podemos estar tranquilos? La bióloga recuerda que las investigaciones aseguran que desechamos la mayor parte del plástico, sabemos tan poco del microplástico en la comida y sus efectos a largo plazo en los humanos que deberíamos tener más cuidado.

¿Soluciones?

El drama no es que comamos plástico, sino que es muy difícil revertir este proceso, explica McDonnell. “Podemos demandar guías de etiquetado más estrictas y específicas a las agencias de alimentación y los distribuidores de pescado”, propone. En 2018, Canadá se unirá a los países que han prohibido las micropartículas, como hizo EEUU el pasado año al impedir que se utilizasen en productos cosméticos.

¿Qué se trae entre manos? (iStock)
¿Qué se trae entre manos? (iStock)

La bióloga también propone una mayor conciencia invididual a la hora de decidir qué consumimos (“¿de verdad necesitas una pajita de plástico para tomarte un té helado?”). “Si estás preocupado por el pescado mal etiquetado, pregúntale a quien quiera que le compres qué especie es de verdad”, propone. Un truco sencillo es buscar cuál es la apariencia de un pescado tanto sin cocinar como cocinado, para que no nos den gato por liebre (o bonito por atún). ¿Una propuesta más? Que los restaurantes tengan un celo con el pescado semejante al que ya tienen para clasificar los productos como sin o con gluten o veganos.

“Si los consumidores tuviesen más cuidado con lo que lleva su pescado (y cuál es el que están comiendo), podrían ser agentes clave en pedir responsabilidad a la industria del pescado”, concluye la autora. Es posible que la suya sea una actitud exagerada (¿no se puede decir lo mismo de muchos otros alimentos que consumimos?), pero desde luego, su artículo puede hacer reaccionar a consumidores, compañías y ¿estados?

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