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Padres 'Disney' de fin de semana

Los psicólogos recomiendan no obsesionarse con los planes con los hijos, aunque los padres que están muy poco con ellos se sientan culpables si notan que no se divierten

Foto: Un padre enseña a montar en bicicleta a su hijo. (iStock)
Un padre enseña a montar en bicicleta a su hijo. (iStock)

Todos los psicólogos coinciden: que los niños se aburran es bueno. Que si potencia la imaginación. Que si refuerza la autonomía. Que si “desarrollas el poder de conectar contigo mismo”, según expresión de la experta Carme Crespo. Ya. Pero, ¿qué hacer si a uno le toca el niño 48 horas cada 15 días?, ¿dejar que se aburra y decida que la vida con su progenitor es un infierno de tedio y bostezos? Esta encrucijada les asalta con mucha más frecuencia a los papás que a las mamás. La causa es puramente estadística: la custodia del menor aún recae en la madre en el 70% de los casos. La fórmula más habitual sancionada por el juez es que el menor pasará un fin de semana de cada dos con su padre. Y ahí empiezan los problemas de agenda entre el crio y su papá.

“Yo no soy el payaso contratado para una fiesta de cumpleaños”, le recuerda Carlos a su hija Daniela, de diez años, cada vez que esta le pregunta: “¿Qué tienes preparado para hoy?”. “Esos planes estudiados al milímetro y que se asemejan a un viaje organizado son completamente antinaturales”, sentencia Javier Urra, primer Defensor del Menor en Madrid y psicológo. Y contraproducentes. “Se está idealizando un vínculo entre padres e hijos que parece excesivo y que no es bueno para ninguno de los dos. Es importante que corra el aire”, prosigue Urra.

"Yo no soy el payaso contratado para la fiesta de cumpleaños", le explica un padre a su hija ante sus demandas de diversión

Sin embargo, Miguel no puede evitar que cada vez que recibe a Aitor, de 13 años, se le agolpen las actividades. “Si no le monto excursiones y cosas para hacer juntos se va a poner a jugar a los videojuegos o a toquetear el teléfono, y eso me saca de quicio”, explica este segoviano que dejó de ver cotidianamente a su hijo cuando tenía meses. “Le llevo al monte, a comer encima de una piedra un bocata, a que se mueva, a que brinque, y conozca la naturaleza y las cosas que hacía su padre de pequeño”, así describe Miguel su sábado tipo con su hijo. Sin embargo, eso tampoco se parece mucho a su actividad cotidiana. Así que la “artificialidad” no es solo para el menor, sino también para el adulto, que “a la larga percibe al menor como una fuente de estrés y de incomodidad”, según Urra.

La palabra clave para entender estas relaciones es “culpabilidad”. Urra lo tiene claro: “Es el concepto clave, pero no solo entre los padres separados, sino en general. La gente cree que ha adquirido una gran responsabilidad procreando y que no le dedica el tiempo y los recursos que debería”. Para Cristina, profesora de adolescentes y madre separada con dos hijos, la llave es “recuperar la vieja relación de protección y confianza con los padres, pero no entablar una falsa relación horizontal, que al final el padre va a romper en cualquier momento porque no es sostenible y va a ser mucho peor que haber puesto las normas y barreras de antemano”.

Culpabilidad

Una tesis a la que se adhiere Urra: “Los niños solo quieren cariño y seguridad”. El escritor inglés Nick Hornby recordaba en uno de sus libros ('Fiebre en las gradas') los fines de semana con su padre. Los recordaba con cariño, pero también soporíferos. Precisamente, la culpabilidad de su progenitor y sus evidentes esfuerzos (bastante torpes) por entretener al niño Hornby, creaban angustia en el menor. Esa tendencia se ha agudizado y multiplicado por mil en los últimos años, en los que los niños se han convertido en un bien escaso “y precioso” al que la sociedad tiende a “adorar”.

Lucas, de ocho años, empezaba a flaquear en la fe en su padre. Una madre bastante posesiva y absorbente, unido a las propias torpezas de Manuel, su padre, había debilitado la relación entre ambos. Hasta que Manuel tuvo la ocurrencia de comprarse una moto de gran cilindrada y dos cascos. La fascinación por el capricho de papá “duró dos semanas”. “Es imposible competir con los lazos que se hacen en el día a día, por mucho que los lleves al McDonalds y al cine, al final la relación siempre está cogida con pinzas”, es el pesimista diagnóstico de este comercial madrileño. Aún así, él persiste en los planes “especiales” de fin de semana.

Los niños ya saben que la felicidad es un abstracto imposible, por eso es absurdo que los padres traten de crearles un mundo Disney

“No pasa nada por estar tumbados en el sofá, viendo la tele medio adormilados y diciendo dos tonterías”, defiende Urra. Sí, los niños se pueden aburrir y no pondrán una cruz al adulto a su cuidado. La cruz es mucho más probable que provenga “de una negligencia a la hora de cuidarlos o de no cumplir las promesas o de que no se sientan atendidos en sus necesidades reales”, sostienen desde numerosos blogs y revistas de psicología infantil.

Y no se preocupe por esa cara de “ocho” que se le pone al niño cuando no le está prestando toda la atención todo el rato. “Hasta los niños saben que la felicidad es un abstracto imposible de conseguir, por eso es un poco absurdo que los padres traten de crearles un mundo Disney artificial”, concluye Urra. Lo mejor para todos es que cada uno ocupe su rol según su edad, sus circunstancias o su carácter. Y si no, siempre nos quedará “recuperar la calle” para que los niños hagan lo que siempre han preferido a estar con usted: “Jugar con otros niños”.

Alma, Corazón, Vida

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