un héroe de verdad

Stanislav Petrov, el hombre anónimo que evitó el fin del mundo en 1983

El destino del planeta estuvo un día en las manos de un militar ruso. Su sangre fría salvó millones de vidas. Esta es su historia

Foto: Stanislav Petrov recibiendo un premio en reconocimiento a su proeza. (EFE)
Stanislav Petrov recibiendo un premio en reconocimiento a su proeza. (EFE)

El fin del mundo tenía una fecha marcada: la madrugada del 25 de septiembre de 1983. Han pasado más de 33 años de este hipotético apocalipsis que habría sido real si un hombre no hubiera sabido mantener la calma.

Dicho sujeto fue Stanislav Petrov, teniente coronel del ejército soviético durante la Guerra Fría. Un militar actualmente retirado y reconocido por instituciones como las Naciones Unidas como todo un héroe mundial. Su mérito: supo que no tenía que hacer nada cuando lo que tocaba era hacer algo.

La tensión era máxima. Veinticuatro días antes, el vuelo 007 de Korean Air había sido derribado al haber entrado por error en el espacio aéreo soviético. El resultado fue de 269 muertos, entre los que figuraban varios ciudadanos americanos, incluido el senador Larry McDonald. Cualquier mínimo accidente podría desatar un conflicto de proporciones desconocidas. Dicho lance ocurrió y no fue en absoluto irrelevante.

El incidente del equinoccio de otoño

Aquella madrugada Petrov era el oficial de guardia en el búnker Serpukhov-15, cerca de Moscú. Sus responsabilidades eran la observación de la red de alerta temprana por satélite conocida como Oko (ojo en ruso), así como notificar a sus superiores cualquier indicio de ataque nuclear inminente por parte de los Estados Unidos. En el caso de que este se produjera, la estrategia de la Unión Soviética era efectuar un contraataque inmediato, según la así llamada doctrina de la destrucción mutua asegurada.

Si hubiera informado al escalón superior de la cadena de mando, nadie habría puesto en duda el contraataque

El alba despuntaba en Moscú cuando las alarmas saltaron. Los ordenadores indicaban que un misil americano había sido lanzado y el nivel de certidumbre de la información era, según el propio sistema, el más elevado: “La sirena aulló, pero me quedé allí sentado unos segundos, mirando la gran pantalla roja con la palabra ‘lanzamiento’ escrita en ella”, cuenta Petrov en una entrevista concedida a la 'BBC'. Ante la gravedad de la señal, el militar tomó la primera decisión acertada en su planteamiento de no hacer nada: no informó a sus superiores de lo que estaba pasando.

Tamaña resolución significaba saltarse por completo las normas correspondientes a su cargo. La mente fría de Petrov determinó que lo que se se estaba viviendo en aquel búnker debía ser, forzosamente, una falsa alarma: “Tenía todos los datos. Si hubiera informado al escalón superior de la cadena de mando nadie lo hubiera rebatido”.

Petrov sabía que los americanos no podían tener un sistema de defensa efectivo. Un contraataque supondría la aniquilación inmediata de su población

Un minuto más tarde, la sirena volvió a sonar alertando de que un segundo misil había sido disparado, más tarde un tercero, después un cuarto y hasta un quinto. Cuenta Petrov que no existía ninguna norma sobre cuánto tiempo había que esperar para informar sobre un ataque. Con todo, reconoce que sus acertados movimientos tuvieron mucho que ver con el miedo: “Me hubiera bastado coger el teléfono para tener línea directa con mis superiores, pero no me podía ni mover. Era como si estuviera sentado sobre una sartén al rojo vivo”.

Cartel del documental de 2014 sobre Petrov 'The Man Who Save the World'. (Cordon Press)
Cartel del documental de 2014 sobre Petrov 'The Man Who Save the World'. (Cordon Press)

El teniente coronel optó, sin embargo, por bajar en la escala de mando en vez de subir, y estableció comunicación con otras bases de defensa para obtener más información. Las mismas no reportaban ninguna señal de misiles, pero dichos servicios eran auxiliares. El protocolo establecía con mucha claridad que las decisiones tenían que ser tomadas según las lecturas ofrecidas por los ordenadores del búnker. La decisión final recaía sobre él: “Había unos 28 o 29 niveles de seguridad. Después de que el objetivo fuera identificado tenía que pasar todos esos puestos de control”.

Petrov sabía que los americanos no podían tener aún un sistema de defensa efectivo ante un contraataque nuclear soviético. Una acción como la que estaba sucediendo supondría la aniquilación inmediata de su población. Era imposible que alguien hubiera tomado tal determinación conscientemente y además “nadie empezaría una guerra nuclear con solo cinco misiles”.

Destaca Petrov que si algo le ayudó a tomar sus decisiones fue el hecho de que había recibido una educación civil

En vez de señalar la alarma, Petrov tomó una decisión muy distinta: descolgó el teléfono para informar de que el sistema de seguridad no estaba funcionando correctamente. Si el militar estaba equivocado, las primeras explosiones nucleares sucederían en muy poco tiempo: “Veintitrés minutos más tarde me di cuenta de que nada había pasado. Si hubiera habido un verdadero ataque, lo habría sabido ya. Fue un alivio”.

Destaca este hombre que si algo le ayudó a tomar sus decisiones fue el hecho de haber recibido una educación civil: “Mis compañeros eran todos soldados profesionales y habían sido entrenados para dar y recibir órdenes”. Petrov cree que si otra persona hubiera estado en el búnker la orden hubiera sido escalada: “No me considero un héroe; solo un oficial que a conciencia cumplió con su deber en un momento de gran peligro para la humanidad. Solo fui la persona correcta, en el lugar y en el momento adecuados”.

Años de silencio

Tras el suceso, el hérore del incidente del equinoccio de otoño fue sometido a un intenso interrogatorio. Inicialmente elogiado por su decisión, el teniente coronel acabó relegado después a un puesto inferior por desacato, siendo además este error histórico escondido durante años por el gobierno de la URSS.

En un mundo lleno de miserias, egos, avaricia y ambiciones, la humildad de este hombre y su indiferencia por la fama estremecen

El incidente no salió a la luz pública hasta la década de los 90, cuando se publicaron las memorias del general Yury Votintsev, entonces comandante de las fuerzas de defensa de misiles. El reconocimiento de la hazaña no le llegó a Petrov hasta el año 2004, cuando se le concedió el World Citizen Award. Dos años más tarde sería homenajeado en las Naciones Unidas. Casi todo el dinero de los premios recibidos los ha repartido entre sus familiares. El teniente coronel vive hoy en un pequeño apartamento de la periferia de Moscú con una pensión de poco más de 200 dólares, en relativo anonimato.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

Douglas Mattern, Presidente de la Organización Mundial de la Paz, quien fue a visitarle en 1998 después de conocer la historia de Votintsev declara: “En un mundo tan lleno de vanidosos que ‘pretenden' salvar algo cuando en realidad lo único que hacen es daño a los demás y al planeta. En un mundo tan lleno de miserias, mezquindades, egos, avaricia y ambiciones, la humildad de este hombre y su indiferencia por la fama y la importancia estremecen profundamente”.

Las investigaciones posteriores al incidente revelaron que las falsas alarmas fueron causadas por una extraña alineación del sol sobre las nubes de gran altitud y las órbitas de los satélites. El error está corregido en los sistemas de seguridad más modernos. Hace treinta y tres años Petrov intuyó que la tecnología podía fallar, confió en su inteligencia y en su instinto y tomó la decisión más difícil: no hacer nada. Quizás por este motivo podemos contar hoy esta historia.

Alma, Corazón, Vida
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