más experiencias, menos cosas

Esta mujer ha pasado un año entero sin comprar nada y aprendió una buena lección

Ahora solo adquiere lo esencial y destina una pequeña parte del sueldo a ocio. Asegura haber aprendido una valiosa lección

Foto: Estos placeres simples me hicieron mucho más feliz que cualquier cena cara en un restaurante. (Twitter)
"Estos placeres simples me hicieron mucho más feliz que cualquier cena cara en un restaurante". (Twitter)

El gasto medio por hogar en España durante el año 2015 se situó en 27.420 euros. El alquiler o la hipoteca, el agua, la luz y el combustible se llevan la mayor parte del presupuesto familiar, casi un tercio del total, 8.710 euros. El resto se invierte en alimentación, artículos de vestir y calzado, salud, enseñanza, ocio, dependiendo de las necesidades particulares.

Cuanto menos se necesita, más se ahorra, o como dijo San Agustín, no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita para vivir. Eso es lo que debió pensar Michelle McGagh, una periodista financiera, cuando un día decidió revisar sus cuentas y calculadora en mano se percató de que gastaba 460 euros al año en cafés para llevar y otro pico importante en comidas y otras compras al azar. Quedó horrorizada de las pequeñas fugas de dinero que tenía a diario en cosas superfluas y que suponían una gran cantidad anual. ¿Qué decidió? Dejar de comprar. Un año después había ahorrado la friolera de 25.800 euros, unos 2.150 euros al mes. ¿Cómo lo hizo?

Eligió el Black Friday de 2015, el día por antonomasia del consumismo, para comprometerse ante su familia

Todo empezó en 2013, cuando se trasladó con su marido Frank a una casa al norte de Londres. “Tuvimos que apretarnos el cinturón, ya que los pagos de la hipoteca eran más altos”. Su marido estaba abrumado de la cantidad de cosas que tenían, y durante la mudanza “se deshizo del ochenta por ciento de las posesiones: cajas de vestidos, vajillas, alfombras, lámparas, sillas y cuadros fueron enviados a nuestra tienda de caridad”, explica McGagh, quien sorprendida por la acumulación de cosas que tenían empezó a informarse sobre el Buy Nothing Day (día sin compras), un movimiento en contra del consumidor que se celebra el viernes negro y anima a la gente a no gastar nada durante esa jornada.

Estaba dispuesta a sumarse al día sin compras pero fue más allá y decidió no gastar dinero en 365 días. Eligió el Black Friday de 2015, el día por antonomasia del consumismo y en el que se agudizan los rasgos del espíritu capitalista, para comprometerse ante su familia y amigos a no comprar nada durante un año. Renunciar a todos los gastos fue una decisión drástica, pero el objetivo era abrazar la frugalidad extrema, evitar los malos hábitos y pagar la hipoteca en lugar de recopilar cosas innecesarias. Para ello elaboró un estricto presupuesto junto a su marido, que decidió unirse a su particular huelga.

Primera regla: solo gastos básicos

La pareja tenía claro a qué destinaría sus ingresos: a la hipoteca, a los seguros de vida, las donaciones de caridad, internet y teléfono (2.185 euros). En segundo lugar deberían destinar parte del presupuesto a artículos básicos (pasta de dientes, desodorante, jabón y champú) y productos de limpieza (detergente).

McGagh, que explica su particular historia en 'The Telegraph', señala que las comidas fuera de casa, las noches de pub, la ropa nueva, las vacaciones y el gimnasio han estado totalmente prohibidos. Incluso el transporte, se ha desplazado en bicicleta. “Establecimos un presupuesto semanal para alimentación de 40 euros, y calculamos que podría funcionar si cocinábamos en lotes y confeccionábamos una lista estricta de Lidl”.

El invierno, lo más duro

La pareja sobrevivió a la época navideña sin comprar ni recibir regalos, tal y como habían pactado con su familia. Enero, cuenta la protagonista, fue duro, principalmente por dos motivos: tenía que llegar hasta el centro de la ciudad en bicicleta mientras se enfrentaba a temperaturas extremas, y su vida social se redujo, hacía mucho frío y sus amigos solo querían quedar en locales cerrados -restaurantes, bares, teatros-, lo cual implicaba gastar.

Sin embargo, llegó la primavera y todo mejoró. McGagh podía dar un paseo por el parque, ir a los museos o al cine -gratis-. “Empecé a cambiar mi rutina. Salía a caminar y a montar en bicicleta y apreciaba ir al campo con un picnic de ensalada de falafel (hecha en casa, por supuesto). Estos placeres simples me hicieron mucho más feliz que cualquier cena cara en un restaurante”. Finalmente decidieron irse unos días de vacaciones, pero seguirían sin gastar, se fueron en bicicleta equipados con su tienda de campaña y un saco de dormir, y se bañaban en el mar. Solo se saltó una vez las reglas al pagar 2,25 € por una bolsa de patatas fritas porque no encontró ningún supermercado en su trayecto.

Lo que más echaba de menos

Las estrictas reglas de su desafío sí que les privaron de pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas y que sí implicaban utilizar la tarjeta de crédito, como viajar hasta otro país para asistir a una reunión anual de amigas o utilizar cosméticos. “He echado de menos los productos de belleza, especialmente la crema hidratante. Nunca había sido adicta a ellos, pero el ciclismo ha dejado mi piel agrietada”. Fiel a su compromiso, no compró ninguno y recurrió a remedios naturales. “Una noche de diciembre que estaba desesperada para calmar mi piel hice una mascarilla casera de puré de plátano. No fue un éxito, pero descubrí que era un sorprendente buen exfoliante”, explica la joven.

Un nuevo estilo de vida

Cumplida su promesa, el 26 de noviembre de 2016 la pareja puso fin a la austeridad, pero mientras que todos sus amigos esperaban una carrera frenética de compras McGagh solo utilizó su tarjeta de crédito para pagar tres cosas: una ronda de bebidas en un bar con sus amigos y familia, un pantalones para sustituir los viejos, desgastados por el roce de la bicicleta; y un vuelo a Irlanda para ver a su abuelo.

La alemana Greta Taubert también estuvo un año sin adquirir nada. Intercambiaba ropa, cultivaba un huerto y hacía su propio desodorante

Los más de 25.000 euros que habían ahorrado los dedicarían a pagar parte de la hipoteca. La joven es consciente que una vida a largo plazo sin gastar es prácticamente imposible, pero un año después “he reevaluado mis prioridades; no quiero verme obligada a trabajar sólo para pagar un préstamo durante las próximas dos décadas o acumular más cosas”. McGagh, que ha recortado su presupuesto en cafés para llevar, ahora solo compra lo esencial y destina una pequeña parte del sueldo a ocio. Asegura haber aprendido la lección: “No necesitamos cosas que nos hagan felices”.

La historia de McGaght parece surrealista, pero no es la única que ha renunciado durante un tiempo a la sociedad de consumo. Existen precedentes. La joven alemana Greta Taubert estuvo durante un año sin adquirir nada. Intercambiaba ropa, cultivaba su propio huerto y se hacía ella misma el desodorante. El libro 'The Year Without a Purchase: One Family’s Quest To Stop Shopping and Start Connecting' también explica la historia de una familia estadounidense, Scott y Gabby Dannemiller, que estuvieron un año sin comprar para enseñar a sus hijos que tener experiencias es más enriquecedor que poseer cosas. En ambos casos, los protagonistas también afirman valorar más la compañía de las personas que los bienes materiales.

Alma, Corazón, Vida

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