así es la industria más opaca del sexo

Lo que aprendes cuando trabajas en una línea erótica

La confianza con el operador lleva a que algunos clientes saquen a la luz fantasías demasiado oscuras. El truco está en dejarse llevar, desinhibirse y dejar a un lado los tabúes

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Conseguir un trabajo siendo joven es ahora más complicado que nunca, ¿pero qué sucede si tienes que pagarte la carrera y el mercado laboral te cierra sus puertas? Ante la crisis, a las familias les cuesta cada vez más ayudar a los hijos que se desplazan a otra ciudad para estudiar, y los puestos de trabajo como camareros y dependientes, que antes permitían ir tirando a este sector de la población, están plagados de demandantes con todo tipo de titulaciones y años de experiencia.

La solución pasa por buscar alternativas, y en países como Estados Unidos estudiantes universitarios y jóvenes en busca de la independencia económica han encontrado desde hace décadas en las líneas eróticas una oportunidad para pagar el alquiler de una habitación a final de mes. Y es que el negocio todavía sigue existiendo y no faltan las ofertas. El sector no suele solicitar experiencia y basta tan solo con hacer una prueba en la que se demuestren una bonita voz y mucha, mucha imaginación para saber interpretar los papeles que los clientes piden a los operadores.

Fantasías prohibidas

Según estos trabajadores el truco está en dejarse llevar, desinhibirse y dejar a un lado los tabúes, pues nadie ha podido pasar por todas las fantasías y roles demandados por quienes utilizan estos servicios. Como si de las categorías de una página pornográfica se tratara, las compañías que se dedican al negocio de las líneas eróticas suelen poner a disposición diferentes números de teléfono que permiten a los usuarios (casi todos ellos hombres) guiar sus preferencias: “18 años”, “chicas asiáticas”, “bellezas africanas”… La realidad es que, a pesar de la oferta, las operadoras que trabajan al otro lado de la línea suelen ser siempre las mismas. No existen, sin embargo, trucos informáticos o micrófonos que permitan modificar el habla: un cambio de nombre, de acento o de velocidad en la voz permite a las trabajadoras asumir su nueva personalidad convirtiéndose en verdaderas actrices. Como cualquier otro trabajo, cuando se entra en la rutina se desarrollan, de todas formas, habilidades que se van repitiendo como recurso.

Como la apariencia física en estos casos no importa, las empresas no muestran problema en que el empleado se ponga incluso en pijama

Llegado el momento entran en juego las peculiaridades de cada cliente: “¿Estás embarazada?, ¡dime que estás embarazada!”. Álex Blank Millard narra en un artículo la experiencia que tuvo de joven en este sector y cómo salir airosa de una situación como esta: “Oh, sí, cariño, mi barriga es tan grande y redonda que no me veo los pies”.  Y es que las fantasías se suelen desplegar sobre lugares comunes: mujeres mayores que envejecen como el buen vino, asiáticas serviciales y tímidas que sonríen a cada instante, afroamericanas necesitadas de un miembro de dimensiones desproporcionadas, dominatrix… Algunas operadoras destacan la petición de que aparezca otro hombre en el juego sexual de la conversación. Salen a la luz así muchas represiones de personas a las que les da vergüenza hablar de ciertas cosas con su pareja: charlar con un desconocido sin rostro hace que muchos se liberen. Entre dichas fantasías emergen también los prejuicios xenófobos y de género y es común encontrar a hombres orgullosos de ser racistas que quieren, sin embargo, mantener relaciones con una mujer de color.

Sin embargo, la privacidad que ofrece la línea erótica estimula a algunos clientes hacia lugares demasiado oscuros o incluso prohibidos y no son pocos los que llegan a requerir que la operadora diga que es menor de edad. Los límites legales existen en este sector y las autoridades que controlan las líneas pueden sancionar a las empresas o incluso cerrarlas si dichas normas se sobrepasan. Quedan prohibidas las fantasías que impliquen relaciones con niños, violencia exagerada, violaciones o asesinatos.

Las fantasías se suelen desplegar sobre lugares comunes: mujeres mayores que envejecen como el buen vino, asiáticas serviciales y tímidas sonrientes

En este sentido, Millard muestra su preocupación por las llamadas de algunos clientes que decían ser policías. Precisamente a muchos de ellos les tenía que recordar los límites de la ley ante las violentas peticiones que podían acabar en que fuera la propia operadora quien se viera obligada a colgar el teléfono.

A fin de cuentas, un trabajo más

Desde el frío punto de vista laboral, los servicios suelen estar activos las veinticuatro horas, por lo que los trabajadores tienen horarios flexibles. La labor se suele llevar a cabo desde casa o desde 'contact centers' con largas filas donde se concentran cientos de operadores. Como la apariencia física en estos casos importa poco y se trabaja con frecuencia hasta altas horas de la noche, las empresas no muestran ningún problema en que el empleado se sienta lo más cómodo posible y se ponga incluso en pijama si ello conlleva una mejora del servicio: el ambiente en el que se lleva a cabo este trabajo suele ser muy poco sexy.

Desde el lado de los clientes son comunes los trasnochadores: vigilantes, porteros, taxistas, transportistas… Las mujeres no suelen ser habituales consumidoras y por lo que se refiere a la edad no son tampoco corrientes los hombres mayores sino que los más asiduos se suelen encontrar entre los treinta y los cuarenta años.

Millard comprendió que podía hacer este trabajo cuando en su primera llamada consiguió mantener al cliente al otro lado de la línea durante once minutos, recibiendo las consiguientes felicitaciones de su jefe. El objetivo, lógicamente, es el de conseguir el mayor beneficio posible y el tiempo en estos casos es sinónimo de dinero.

Entre los clientes son comunes los trasnochadores: vigilantes, porteros, taxistas, transportistas…

Otra meta significativa es la de lograr que los clientes repitan. Normalmente los más asiduos son los que más tiempo consumen al teléfono y ello obliga a los trabajadores a apuntar día tras día en su bloc de notas, como si fueran psicoanalistas, muchos datos que aparecen en las conversaciones para recurrir a ellos como recordatorio y crear una cierta familiaridad con la otra persona.

Porque no todo es sexo en las líneas eróticas. Cuando el tiempo se prolonga en exceso, el 75% por ciento de la llamada gira alrededor de otros problemas que tienen que ver con la soledad, la frustración, el miedo, la vergüenza, pedir consejo o la curiosidad. Debido a que muchas de las conversaciones se alargan (la media suele estar alrededor de los veinte minutos), a diferencia de lo que ocurre en otros empleos de teleoperador, no se suelen recibir demasiadas llamadas al día, y con quince o veinte contactos suele bastar. Los temas, por otra parte, no tienen por qué estar referidos a problemas sentimentales, sino que incluso asuntos tan traumáticos como la reciente pérdida de un familiar llegan a plantearse por quienes buscan una vía que les posibilite un desahogo. En ese sentido, Millard cuenta cómo las llamadas se dispararon precisamente durante el 11S, momento en el que la gente se sentía más necesitada que nunca de la compañía y el confort que puede proporcionar la voz de otra persona.

Alma, Corazón, Vida

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