el genocidio del estado libre del congo

La brutal vida de Leopoldo II, uno de los peores villanos de la Historia

Era muy consciente de lo que hacía. El monarca belga fue el sadismo encarnado en un traje de gala de exhibición permanente, que no se lo quitaba ni para dormir.

Foto: Leopoldo II de Bélgica.
Leopoldo II de Bélgica.

“Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”.

Frida Kahlo.

En un recodo entre el Luapula y el Khishivali, afluentes del río Congo, centenares de humanos desprovistos de los más elementales derechos, deshumanizados a golpes de látigo, en una atmosfera irreal de violaciones en serie, entre las lamentaciones de criaturas núbiles perdiendo la inocencia en una orgia de salvajismo blanco, de apaleamientos en masa para exorcizar borracheras extremas, de apuestas para ver que método eliminaba con más celeridad a las víctimas, de la ausencia de cualquier forma de justicia digna de tal nombre, cientos de mercenarios de la llamada primera civilización, civilización occidental o civilización de referencia, celebraban la inauguración de la primera base de exportación maderera a través de uno de los ríos más tenebrosos, de caudal más contundente y de más largo recorrido del planeta.

Leopoldo II de Bélgica, además de ser uno de esos enormes canallas que mueren en la cama con todos los parabienes a favor, un crucifijo presidiendo el dosel, y con la más laxa de las indulgencias históricas, era un enajenado sin remilgos ni moral, ni nada que se le pareciera, además de muy consciente de lo que hacía. Era el sadismo encarnado en un traje de gala de exhibición permanente, que no se lo quitaba ni para dormir.

Todos los días de su vida fue a misa regularmente, daba limosna a los menesterosos, maquillaba sus crímenes de lesa humanidad con obras sociales por doquier, gozaba de la protección eclesiástica como benefactor de primera línea y apagaba el infernal griterío de sus víctimas rezando prolífica y ostentosamente con un rosario de vistosas semillas de kokoya, quizás, esperando que el diseñador de este gran orfanato no reparara en él, o quizás para convertirlo por defecto en un accionista más de sus terroríficas masacres.

Un cortijo particular

Corría el año del Señor que nunca ve nada y jamás interviene, de 1885 para más señas, cuando este truhán de levita, puso el ojo y la zarpa en lo que él mismo dio en llamar el Estado Libre del Congo. Se montó un cortijo particular de más de 2.350.000 km2 (20 veces más grande que la Bélgica matriz de sus amores) y comenzó una era de asesinatos en cadena y mutilaciones a discreción, jamás igualada a lo largo de la historia de la humanidad. La palabra genocidio, nunca hará justicia al terror que tan profusamente sembró entre gentes adoradoras de la Madre Tierra, ya fueran panteístas, animistas o meros contempladores de la belleza natural del orbe. Pero había un factor contable que había pasado desapercibido hasta entonces; el hombre blanco.

Este macrogenocida poco dado a jugar con las miniaturas se cargó a más del 20% de la población de este brumoso, inextricable, fértil e increíble país

Este infernal animal humano, testa coronada en un pueblo, el belga, que llevaba una progresión industrial sostenida y eficiente, mercaderes por naturaleza, y tranquilos en sus relaciones de vecindad, no fueron conscientes hasta muy tarde de estar representados por la Bestia.

Para ello, este malnacido, cagado y no parido, engañó al pueblo belga, reticente a cualquier experiencia colonial, recubriendo con un sutil y eficaz revestimiento de filantropía, abolicionismo y proselitismo cristiano, una de las mayores ofensas a la dignidad humana que se recuerdan.

Este macrogenocida poco dado a jugar con las miniaturas y si con los mapas a gran escala, tras cargarse a más del 20% de la población de este brumoso, inextricable, fértil e increíble país, que conocemos hoy como el Congo, conseguiría que le nombraran presidente honorario de la Sociedad para la Protección de los Aborígenes, así, con un par. Y no solo eso, para más INRI, se autoerigiría en anfitrión de la Conferencia Antiesclavista de 1889. Hay que reconocerle unas habilidades innatas, hipocresía más que refinada y cintura sobrada para engañar al más cauto.

Pero para que se dé la tormenta perfecta, se tiene que juntar el hambre con las ganas de comer.

Mapa que sitúa el Estado Libre del Congo en 1890.
Mapa que sitúa el Estado Libre del Congo en 1890.

Un exterminio que dió pingües beneficios

Hay un hombre clave en la historia del Congo, su nombre, Henry Morton Stanley. El 9 de agosto de 1877, este desgraciado con título aristocrático, racista extremo y exterminador compulsivo, regresaría a la civilización occidental por la desembocadura del río Congo, absolutamente convencido de las posibilidades comerciales de estos vastos territorios y del fácil transito que suponía la red fluvial de afluentes adscritos a este río de ríos. Entonces, entre el orondo Leopoldo y el anglosajón, surgiría el amor a primera vista, y un revolcón mercantil de prosperidad inaudita.

Henry Morton Stanley. (1841-1904)
Henry Morton Stanley. (1841-1904)

Leopoldo II de Bélgica, que a estas alturas era ya un consumado impostor y apóstata contumaz, introdujo algo de letra pequeña en su declaración preliminar de intenciones tras fundar la Asociación Internacional Africana –allá por 1876–, para liberar a los pueblos oprimidos en el África Central, o sea, en el Congo, hablando en plata. De lo que se deduce a tenor de lo ocurrido posteriormente, al parecer, quería liberarlos de la libertad.

Los reyezuelos locales convocados con gran pompa y boato para la ocasión, fueron convencidos con agua de fuego y humo de reír, o lo que es lo mismo, con unos orujos de destilación mas que dudosa, aderezados expresamente con todo tipo de alucinógenos y acompañados de vistosas cachimbas cuya humareda mas se asemejaba a un incendio forestal que a un ceremonial entre colegas.

Cuando todos hubieron firmado, se les invitó cortésmente tras regalarles unos abalorios y generosas raciones de aquel extraño líquido intoxicante, a tomar rumbo río abajo sin timonel y en una precaria embarcación de dudosa flotabilidad.

El aumento de la demanda de marfil ornamental y de caucho, coincidente con el despegue de la industria automovilística, proporcionó pingues beneficios a este sanguinario monarca de la primera civilización. Mientras tanto, las aldeas que no cumplían los objetivos de producción diseñados por los capataces blancos, padecían incendios indiscriminados, secuestros, asesinatos en masa y amputaciones de advertencia a través de una milicia, la Hausa, cuya sádica criminalidad era legendaria.

La brutal vida de Leopoldo II, uno de los peores villanos de la Historia

El holocausto revelado

A golpe de 'chicotte', un terrorífico látigo local de gigantescas dimensiones, esta mesnada de esbirros locales apalizaron hasta dejar rigurosamente inválidos, a más de un millón largo de varones. Asesinaron por incumplimiento de contrato a otros diez millones de aborígenes y mutilaron “parcialmente”, por decirlo eufemísticamente, con emasculaciones en vivo y amputaciones inimaginables a otros cuatro millones de nativos en estimaciones ponderadas con cautela. Era algo sencillamente estremecedor e indigerible para una mente humana puesta en situación.

Pero algunos hombres osados y de honestidad no contaminada por el miedo, contribuirían de manera esencial a revelar este holocausto.

Las inmensas sumas que este depredador de la condición humana se había gastado en sobornos eran estériles ante el clamor internacional

Los atildados británicos acostumbrados a apadrinar toda suerte de despropósitos en su polémica gestión colonial, se atragantaron con el informe del enviado del Foreign Office, Roger Casement. Para añadir leña al fuego, Conan Doyle, el creador del personaje de Sherlock Holmes, escribiría un opúsculo –'Crimen en el Congo'–, que sacaría las rotativas de los ejes durante una buena temporada. Por si fuera poco, el ilustre Mark Twain invitaría a la reflexión sobre una intervención moral de Estados Unidos en el país africano para liberar a aquellos desgraciados de sus amos belgas. Finalmente, nos queda la figura del despiadado capataz imaginado por Joseph Konrad, Kurtz, que hace patente la ubicuidad, mimetización moral por ceguera colectiva, oportunismo y gratuidad del horror. Está ahí, agazapado, entre nosotros, intangible a la par que perceptible.

Para 1900, ya era notoria e imparable la ola de contestación en Europa y EE.UU. Las inmensas sumas que este depredador de la condición humana se había gastado en sobornos eran estériles ante el clamor internacional. A la postre, su coto fue transferido al Estado Belga, que acabaría indemnizándole (ironías del destino), por lucro cesante y deuda de inversión adquirida por un montante equivalente hoy a cerca de 140 millones de euros.

Para mear y no echar gota.

Alma, Corazón, Vida

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