UNA TRANSACCIÓN PELIGROSA

"Papá, cómprame una casa": la única forma de tener tu propio piso si no eres rico

El acceso a un hogar propio es cada vez más complicado. Por eso, los padres y familiares juegan un papel esencial al afrontar la compra de un piso, lo que no siempre es positivo

Foto: Cada vez resulta más difícil adquirir una residencia sin apoyo familiar. (Corbis)
Cada vez resulta más difícil adquirir una residencia sin apoyo familiar. (Corbis)

Durante mucho tiempo, comprar una casa era no sólo una inversión económica, sino un paso más en el crecimiento personal, junto al final de la carrera universitaria, el primer trabajo, la boda o el hijo. Sin embargo, las dificultades económicas han provocado que sea cada vez más difícil ya no sólo afrontar el pago de una hipoteca –que, por lo general, se alarga durante décadas y décadas–, sino simplemente poder abandonar el nido paterno antes de los 25 o 30 años.

En España, más de la mitad de los jóvenes de entre 18 y 34 años aún viven en casa con sus padres, unos datos que muestran que estamos por encima de la media de la Unión Europea. Además, como señalaba una investigación publicada por Idealista, es complicado comprar una casa ya que los menores deben destinar un 61,2% de su sueldo a pagar su piso.

Creo que alquilar es un derroche. Mientras que si pagas una hipoteca… cuando terminas de pagar, la casa es tuya

En esta situación es muy normal que los padres ayuden a sus hijos, tanto a la hora de alquilar como a la de afrontar la entrada de un piso. La situación es muy parecida en Gran Bretaña, donde, como ocurre en España, la compra inmobiliaria tiene buena fama entre distintas generaciones; como aquí, el alquiler es visto en muchos casos como un desperdicio de dinero. “Creo que alquilar es un derroche. Mientras que si pagas una hipoteca… Cuando terminas consigues por lo que has pagado”. Es lo que explica Margaret, de 61 años, en una investigación publicada en la revista 'Sociology' que explica de qué manera se produce y cómo afecta el apoyo paterno a las relaciones entre padres e hijos, a partir de los testimonios de los protagonistas.

Aquí están las llaves, hijo

¿Cuál es el “regalo ideal” que un padre puede entregarle a un hijo hoy en día? La investigación llevada a cabo por los profesores de la Universidad de Ámsterdam Richard Ronald y Oana Druta lo tiene claro: una casa o, al menos, apoyo económico a la hora de adquirir una. Sin embargo, es ideal tanto para los regalados como para los que regalan, puesto que les permite ejercer “un control moral” sobre estos “al mismo tiempo que apoyan una elección de techo normalizada”.

¿Quieres una casa? Pregunta a papá. (Roger Richter/Corbis)
¿Quieres una casa? Pregunta a papá. (Roger Richter/Corbis)

A partir de los testimonios recabados en la investigación, los autores tienen claro que, tanto en Inglaterra como en otras economías avanzadas, la adquisición de hogar por parte de los jóvenes suele ser “caótica y desarticulada”. Ello quiere decir que se acabaron los días de comprar a los 20 años una casa donde morir a los 80 y que entregar a los hijos en herencia: por lo general, las experiencias de los jóvenes tienen que ver con “alquileres en el sector privado o breves retornos a casa de los padres”. “Para algunos, el período de alta movilidad residencial duró durante la mayor parte de los veinte, incluso hasta los 30”, señala la investigación.

Por supuesto, sigue habiendo clases y clases. Los jóvenes de entornos más favorecidos “por lo general cuentan con recursos familiares o personales para acceder a la propiedad durante la universidad o inmediatamente después”. Sin embargo, los que tienen menos ingresos “encuentran la independencia en el sector privado de alquiler y raramente dejan el hogar paterno, o volvieron poco después de tímidas incursiones en el alquiler privado, saliendo directamente a la ocupación como propietario cuando la oportunidad se presenta más tarde”. Con una dificultad añadida, que es la que presentan aquellos individuos sin pareja y que, por lo tanto, deben afrontar todos los gatos solos… o recurrir a sus padres

Los chicos intentan ser independientes. Y lo intentan y ahorran, pero parece que nunca pueden obtener lo suficiente

Estos suelen estar dispuestos a ayudar a sus hijos a garantizar su autonomía. “He criado a mis hijos para que entiendan el significado y el valor del dinero”, explica Claire, una profesora de 59 años. “Para mí es importante que tengan algo a lo que recurrir en caso de que suceda lo peor. Y cuanto antes, mejor, porque puede servirte como base”. Otros comprenden las dificultades que tienen los jóvenes para acceder a la propiedad, como ocurre con Sarah, una dependienta retirada de 64 años: “Creo que la diferencia hoy en día es que los chicos intentan ser independientes. Y lo intentan, lo intentan y lo intentan y ahorran y ahorran, pero nunca parece que puedan ahorrar lo suficiente”. Como añade, “no me importa ayudarles si están intentando ayudarse a sí mismos. Si se sentasen y esperasen que hiciese todo...”

No obstante, los regalos, explica la investigación, por mucho que intenten reforzar la independencia de los hijos, crean una “relación de deuda” entre unos y otros. Es lo que ocurre con el marido de Sarah: “Está harto de meterse la mano en el bolsillo por su hijo. Así que piensa que deberíamos ahorrar un poco y tener cuidado, porque no sabemos cuánto tiempo estaremos”. Por su parte, los jóvenes consideran positivamente las ganas de sus padres de ayudarles. Como dice Cary, una trabajadora de la administración de 32 años: “Creo que han disfrutado echándonos una mano. No sé, creo que especialmente papá está siempre dispuesto a ayudarnos, como a la hora de derribar los muros. Es muy manitas. Creo que han disfrutado al ver a su hija y a su hijo dar ese paso”.

Los cuatro jinetes de la independencia

Hay varias fórmulas por las que los padres ayudan a sus hijos a independizarse, y que pueden generar tensiones. ¿Cuáles son?

Tratos financieros intrafamiliares

O, en román paladino, “te dejo este dinero y ya me lo devolverás”. Por eso, no hay ningún trato de reciprocidad asimétrica, sino que los términos están claros del principio y consisten, básicamente, en que en algún momento el dinero será devuelto a los padres. “Los que lo reciben señalaban rápidamente que aunque la suma recibida se consideraba legalmente un regalo, era en hecho un préstamo que iban a pagar”, explican los autores. Para los padres, esta fórmula es una manera de que los chicos sean responsables de su situación financiera, lo que produce una separación entre generaciones. En algunos casos, este trato financiero se realiza entre hermanos que aúnan sus fuerzas para afrontar una hipoteca.

Un anhelo difícil de satisfacer. (Klaus Tiedge/Corbis)
Un anhelo difícil de satisfacer. (Klaus Tiedge/Corbis)

Contribuciones parentales

En la mayor parte de casos, los padres habían proporcionado a sus hijos una pequeña cantidad de dinero a fondo perdido, por lo general para pagar la entrada del piso. Sin embargo, en este caso, había un mayor malestar entre los jóvenes, especialmente en el caso de que estos “hubiesen intentado duramente ahorrar y salir adelante por sus propios medios pero habían terminado necesitando apoyo de sus padres”. En estos casos surge un nuevo tipo de relación entre generaciones: si, por lo general, los individuos experimentan una mayor autonomía durante su etapa universitaria, comprar una casa provoca que se establezcan nuevos lazos afectivos al intentar solucionar los problemas típicos de un nuevo hogar, como arreglar el techo o las paredes. “Esta clase de relación da fe de un compromiso entre generaciones y un deseo entre los padres de ver a sus hijos conseguir el mismo estatus social que ellos mismos”, explica el estudio.

Contribución desequilibrada

Es uno de los tipos más problemáticos, puesto que son los que implican “una mayor renegociación”. Por lo general, en este caso, los hijos viven con sus padres durante mucho tiempo hasta que son capaces de independizarse, lo que se transforma en una “corresidencia” que provoca que los jóvenes se sientan en deuda con los mayores. Como explica Emily: “Lo que intento ahora es cuidar de mis viejos, que están retirados. Mamá tuvo que jubilarse debido a su salud y mi padre se retiró, y al año había enfermado, y ese mismo año perdió a su hermana. Ahora intentamos ayudarles y devolverles lo que nos han dado”. Este tipo de relación puede resumirse en la siguiente frase: “Constantemente da la impresión, por ambos lados, de que siempre estamos intentando devolverles su ayuda”. Bajo la apariencia de una sana relación de reciprocidad, en realidad se está produciendo un constante intento de saldar deudas

“Me siento como el custodio de una herencia que no me pertenece”, explicaba un hombre que vivía en la casa que habían dejado sus suegros

Herencia adelantada

Lo que en algunos casos puede parecer una buena solución, a la larga, suele resultar problemático. Aunque “los términos del acuerdo suelen absolver a los hijos de los deberes de la reciprocidad”, la realidad es que los jóvenes lo perciben como “algo bueno” que los padres hacen por ellos: “La abuela murió el año pasado así que mi madre decidió dar a mi hermano y a mí otra suma de dinero de la que heredó”, como explica Laura, que reconoce que va a invertir el dinero en algo valioso, es decir, en un piso porque su madre “no quiere que lo malgastemos”. Sin embargo, puede ser un problema en ciertas relaciones de pareja. Como señala un varón entrevistado por los investigadores, este lo pasó realmente mal viviendo con su mujer e hijo en la casa que había heredado de sus suegros. “Me siento como el custodio de una herencia que no me pertenece”, explicaba. Y es que tener una casa no siempre resuelve todos nuestros problemas.

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