la superación constante NOS CONDENA AL FRACASO

Cómo tener una visión realista del éxito (para no ser tan perfeccionistas)

La búsqueda de la perfección suele ser el principal motivo de nuestra infelicidad y para mitigar esta debemos aprender a relativizar el éxito

Foto: Hay que aprender a tomar el éxito con cautela. (iStock)
Hay que aprender a tomar el éxito con cautela. (iStock)

Tal Ben-Shahar es profesor de Psicología Positiva en Harvard, la asignatura que cuenta, desde hace años, con más solicitudes de inscripción por parte de los estudiantes de la prestigiosa universidad. En su libro La búsqueda de la felicidad (Alienta), el psicólogo repasa las últimas novedades de su campo de estudio, ofreciendo un completo manual para alcanzar el bienestar.

Como explica el psicólogo, la búsqueda de la perfección suele ser el principal motivo de nuestra infelicidad y para mitigar esta debemos aprender a relativizar el éxito, tal como explica en el siguiente extracto del libro.

Cuando era pequeño, lo que más me gustaba de la televisión era un programa de deportes que se llamaba, a raíz del eslogan de las olimpíadas, «Faster, Higher, Stronger». Cada martes por la noche, durante una hora, permanecía pegado a la pantalla, lamentando que el Manchester United hubiera ganado al Liverpool en la final de la FA Cup y celebrando la victoria de los Boston Celtics sobre los Phoenix Suns en la tercera prórroga, admirando la actuación sobrehumana de Daley Thompson en el decatlón y el perfecto diez de Nadia Comaneci en las paralelas. Al igual que mis héroes de la pantalla en blanco y negro, yo también quería correr más rápido, saltar más alto y ser más fuerte.

El deseo de mejorar forma parte de la naturaleza humana y es de gran utilidad, ya que se convierte en el responsable del progreso personal y de la sociedad. Llevado al extremo, sin embargo, puede causar más perjuicio que beneficio. El psicólogo Nathaniel Branden habla del síndrome del «nada es suficiente»: la incapacidad de muchos de estar satisfechos con lo que tenemos o con quienes somos.

Diane Ackerman describe el síndrome del siguiente modo: «¿Por qué estamos tan obsesionados con mejorar todo lo que nos rodea: el césped, la carpintería de aluminio, nuestras oportunidades, nosotros mismos? Independientemente de nuestro talento, físico o buena suerte, nos sentimos inadecuados y deseosos de tener algún genio o atractivo, o energía o serenidad extra». Nuestra insatisfacción permanente nos condena al sinsabor constante, ya que, como humanos, siempre podemos mejorar, e incluso un diez sólo se convierte en una satisfacción temporal hasta la próxima competición.

Como jugador de squash y, más tarde, como universitario, me sentía obligado a vivir conforme a un estándar de perfección que me había marcado a mí mismo. Y si bien objetivamente todo parecía genial —académicamente, en la pista de squash y socialmente—, la realidad era que estaba siempre estresado, insatisfecho y frustrado. Mis éxitos académicos y de otro tipo no me proporcionaban la satisfacción que anhelaba, porque cuando obtenía buenos resultados, la sensación de satisfacción era efímera e inmediatamente volvía a poner la mirada en el próximo objetivo, en la próxima cumbre. Nada era nunca suficiente.

Pero ¿quiere decir esto que el deseo de triunfar siempre tiene que producir dolor? ¿Deberíamos dejar de intentar mejorar y conformarnos con lo que somos? Según William James, padre de la psicología norteamericana, la autoestima es el ratio entre el éxito y las aspiraciones, entre lo bien que hacemos las cosas y lo que tenemos intención de hacer.

Si somos ambiciosos, si aumentamos constantemente las expectativas que tenemos de nosotros, estarnos condenados a tener una autoestima baja

En otras palabras, si aspiro a ganar la medalla de oro olímpica y acabo llevándome a casa la de plata, mi autoestima caerá. Pero si a lo único que aspiro es a participar en las olimpíadas y acabo ganando la medalla de bronce, mi autoestima aumentará.

Por lo tanto, según la ecuación de James, si abandonamos nuestro deseo de mejorar (en otras palabras, si mantenemos nuestras aspiraciones a un nivel modesto), contamos con más probabilidades de crear sentimientos positivos hacia nosotros. Por el contrario, si somos ambiciosos, si aumentamos constantemente las expectativas que tenemos de nosotros, estarnos condenados a tener una autoestima baja y sentimientos negativos. Si bien el propio James no rebajó sus estándares —una de las causas a las que atribuyó su propia infelicidad—, su teoría sugiere que deberíamos abandonar nuestro deseo de mejorar, al menos en cierta medida.

Resignarse no es la solución

Pero la ecuación de James sólo es parcialmente correcta. Aunque, en ocasiones, un descenso del listón puede contribuir a nuestro bienestar, no podemos simplemente decidir rebajarlo indefinidamente y esperar sentirnos mejor como resultado. De hecho, las bajas aspiraciones constituyen una receta tan segura para la infelicidad como las expectativas irrealmente altas. Si nuestras aspiraciones son elevadas de forma ficticia y rehusamos aceptar nuestras limitaciones, acabamos sintiéndonos infelices; si nuestras aspiraciones son irrealmente bajas y nos negamos a reconocer nuestro potencial, no sólo estaremos comprometiendo nuestro éxito, sino también nuestra felicidad. Abraham Maslow dice: «Si planeas deliberadamente ser menos de lo que eres capaz de ser, corres el riesgo de ser infeliz durante el resto de tu vida». ¿Cómo podemos saber si hemos de rebajar nuestras expectativas, cuándo y en qué medida? Y ¿cómo podemos saber cuándo debemos elevarlas? La respuesta es que tenemos que guiarnos por la realidad.

Si bien puede ser bueno presionarse para conseguir objetivos más ambiciosos, existe un punto por encima del cual la presión puede tener un efecto negativo

En su investigación sobre el flujo, el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi demuestra que para obtener una experiencia y un rendimiento máximos —de felicidad y de éxito— tenemos que dedicarnos a actividades que no sean ni demasiado fáciles ni demasiado difíciles. Si son demasiado fáciles, nos aburren; si nuestras aspiraciones resultan demasiado ambiciosas, aumenta nuestra ansiedad. Edwin Locke y Gary Latham, considerados los investigadores más importantes en el área de la definición de objetivos, resumen treinta y cinco años de evidencia empírica en su campo de la siguiente manera: «Los objetivos más ambiciosos o más difíciles producían los niveles de esfuerzo y rendimiento más altos [...] El rendimiento se estabilizaba o disminuía cuando se alcanzaban los límites de la habilidad o cuando se rompía el compromiso con un objetivo muy ambicioso». Por lo tanto, si bien puede ser bueno presionarse para conseguir objetivos más ambiciosos, existe un punto por encima del cual la presión puede tener un efecto negativo. Tenemos que aceptar que nuestros límites son reales.

Aprende a ser optimalista

En su libro Empresas que sobresalen, Jim Collins cuenta la historia del almirante James Stockdale, el prisionero de guerra norteamericano más importante de la guerra de Vietnam. Famoso por su carácter inquebrantable y por su dureza, Stockdale describió las dos características definitorias de los prisioneros norteamericanos con más probabilidades de sobrevivir a las brutales condiciones de una prisión vietnamita: que aceptaban abiertamente la realidad de su situación, en lugar de ignorarla o desestimarla, y que nunca dejaron de creer que algún día saldrían de allí. En otras palabras, si bien no huían de la realidad y aceptaban las brutales verdades de su condición, nunca perdieron la esperanza de que al final todo acabaría saliendo bien. Por el contrario, las probabilidades de supervivencia de aquellos que creían que nunca saldrían de allí y de aquellos que creían que serían liberados en un período irrealmente breve de tiempo disminuían considerablemente.

Encontrar un equilibrio entre las montañas altas y las expectativas ambiciosas por un lado y la cruda realidad por otro supone una parte fundamental de una definición de objetivos adecuada generalmente hablando. El perfeccionista tiene expectativas de sí mismo y se marca objetivos que no puede cumplir; el optimalista se marca objetivos ambiciosos que son difíciles pero factibles. Aunque no existe una técnica para identificar qué objetivos son realistas y capaces de inspirarnos, el psicólogo Richard Hackman sugiere que «la medida adecuada para tener una motivación máxima se encuentra en donde tengas un 50 por ciento de pro-babilidad de éxito».

Alma, Corazón, Vida

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