ENTREVISTA CON JOHANN HARI

"Todo lo que pensamos sobre las drogas está equivocado": la verdad que se nos oculta

En "Tras el grito", el periodista inglés Johann Hari recorre todo el planeta para explicar por qué la guerra contra las drogas es tan contraproducente y de qué manera podemos cambiar la situación
Foto: Un heroinómano fuma en Lamu (Kenia) en noviembre de 2014. (Reuters/Goran Tomasevic)
Un heroinómano fuma en Lamu (Kenia) en noviembre de 2014. (Reuters/Goran Tomasevic)

“Uno de mis primeros recuerdos es intentar despertar a uno de mis familiares y no ser capaz de hacerlo. Cuando crecí, me di cuenta de por qué: era un adicto”. Como él mismo explica a El Confidencial, este es el punto de partida de Tras el grito (Paidós Contextos), el último trabajo del periodista británico Johann Hari, antiguo columnista de The Independent y colaborador de The New York Times, The Guardian y Le Figaro. Se trata de un recorrido por la historia de la guerra contra las drogas que arrancó hace más de un siglo cuando Henry Anslinger, de la Oficina Federal de Narcóticos, decidió perseguir y encarcelar a los consumidores.

“A medida que se acercaba el centenario, me di cuenta de que había muchas preguntas básicas para las que no tenía respuesta”, explica el autor de un libro aplaudido por Naomi Klein, Glenn Greenwald o Noam Chomsky. “¿Por qué se prohibieron las drogas por primera vez? ¿Por qué continúa esta guerra, cuando tantos de nosotros pensamos que no funciona? ¿Qué es lo que causa el uso de drogas y la adicción? ¿Y cuáles son las alternativas?” Para ello, se sumergió en un viaje por todo el mundo en el que conoció a traficantes, científicos, sicarios, policías y otros protagonistas en la guerra que se lleva a cabo a nivel mundial contra los estupefacientes.

“Lo que encontré es que casi todo lo que sabemos sobre el tema está equivocado. Las drogas no son lo que pensamos que son. La adicción no es lo que pensamos que es. La guerra contra las drogas no es lo que hemos visto en nuestros televisores durante un siglo. Y las alternativas no son las que pensamos que son”. En una larga entrevista, Hari explica por qué la opinión pública está tan equivocada y de qué manera ello causa una gran cantidad de dolor y violencia a lo largo y ancho del planeta.

PREGUNTA. El doctor Bruce Alexander asegura que la confusión y la ausencia de sentido en el mundo moderno son las raíces de la adicción a las drogas. ¿Se puede afirmar que es un fenómeno propio del siglo XX y XXI, dado que encuentra el caldo de cultivo perfecto en nuestra sociedad?

RESPUESTA. De todas las cosas que aprendí durante mi investigación, los descubrimientos sobre la adicción fueron los que más me sorprendieron. Para responder a tu pregunta explicaré a los lectores las teorías de Bruce Alexander de forma un poco diferente. Yo había asumido, como todo el mundo, que la adicción a las drogas está causada por los químicos que se encuentran en ellas. Parece algo de sentido común. Pensamos que si tú o yo o cualquiera de las siguientes 20 personas con las que te vas a cruzar tomasen heroína durante 20 días, el día 21 todos serían drogadictos. Eso se debería a que hay determinados anzuelos químicos en la heroína que hacen que nuestros cuerpos la echen de menos. La necesitaríamos físicamente. Eso es la adicción, y eso es lo que pensaba que era.

Lo primero que me alertó sobre el hecho de que había algo mal en esa historia fue cuando los expertos me explicaron que si me atropellase un coche y me rompiese la cadera, me llevarían al hospital y me darían diamorfina. La diamorfina es heroína. Es mucho más fuerte que lo que los adictos compran en la calle, porque no ha sido contaminada por los traficantes. Cualquiera que haya pasado por una operación de cadera habrá tomado un montón de heroína.

La adicción está causada por un sentimiento de aislamiento y desconexión en el adicto, no por las drogas en sí mismas

Si lo que pensamos sobre la adicción es correcto, ¿qué pasaría? Que esa gente, al menos algunos de ellos, se harían adictos. Esto ha sido estudiado y no ocurre. Cuando lo descubrí me quedé perplejo. Parecía tan extraño que sólo lo entendí cuando entrevisté al doctor Bruce Alexander en Vancouver. Me explicó que la teoría de la adicción que damos por buena proviene de una serie de experimentos que se realizaron a comienzos del siglo XX. Eran muy simples. Coges una rata, la pones en una jaula y le das dos recipientes de agua. Uno tiene agua. El otro es agua con heroína o cocaína. Si lo haces, la rata probablemente preferirá el agua con droga y casi siempre se matará rápidamente de sobredosis. Esa es nuestra teoría de la adicción.

En los 70 el profesor Alexander revisó esos experimentos y se dio cuenta de que la rata no tenía otra cosa que hacer aparte de drogarse. Así que construyó una jaula diferente, a la que llamó Rat Park. Era el cielo de las ratas. Tenían buena comida, bolas de colores, muchos amigos y podían tener sexo todo el rato. Aparte, estaban los dos recipientes de agua. Esto es lo fascinante. En Rat Park no les gustaba el agua con droga. Raramente la tomaban, ninguno de forma compulsiva y ninguno sufrió una sobredosis. Hay muchos ejemplos e historias de humanos recogidas en el libro que muestran que eso también se aplica al hombre y que nos dice mucho sobre la naturaleza de la adicción. Esta no está causada sólo por las drogas. La adicción está causada por un sentimiento de aislamiento y desconexión en el adicto. No son las drogas, es tu jaula.

"Todo lo que pensamos sobre las drogas está equivocado": la verdad que se nos oculta

La adicción, en otras palabras, es la adaptación a tu miedo. Si este te desprovee de conexiones y significado, es más probable que te hagas adicto. Creo que sería ir muy lejos decir que es sólo un fenómeno del siglo XX o XXI. Ha habido períodos en el pasado donde la gente se sintió aislada y la adicción repuntó: por ejemplo, en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando grandes cantidades de personas abandonaron su tierra y se vieron forzadas a vivir en horribles suburbios urbanos. Un gran porcentaje de esa gente terminó bebiendo mucha ginebra, que se veía como hoy se ve al crack o el cristal.

Pero tienes razón, hay algo en la forma en que vivimos hoy que nos hace más vulnerables a la adicción que otras sociedades previas. Un escritor inglés lo llamó “la era de la soledad”, es más fácil quedarse solo que en cualquier otra sociedad humana. La forma de conexión que ofrece internet es una parodia de las relaciones humanas. Los anuncios y la cultura nos entrenan para pensar que deberíamos perseguir la felicidad comprando, gastando y consumiendo, y satisfaciendo nuestros deseos individuales en lugar de los de la comunidad o los de los demás. El gran cliché de nuestra era es “sé tu mismo”: realízate como un individuo aparte del grupo. La adicción es un síntoma de la infelicidad que este sistema innatural causa en muchas personas. El individualismo puro no es natural para los seres humanos, un hombre aislado tiene tan poco sentido como una abeja aislada. Somos criaturas sociales, necesitamos una tribu.

España está siendo forzada por una contraproducente austeridad a seguir el camino opuesto a Suecia, no me sorprendería que eso incrementase las adicciones

En una cultura de trabajo obsesivo, gasto y estrés estos lazos se han atrofiado de forma desastrosa. Un estudio americano mostraba que desde los años cincuenta, el número de amigos con los que una persona puede contar durante una crisis ha decrecido significativamente, mientras que la cantidad de espacio en las casas ha aumentado. ¿Alguien cree que haya salido ganando? Sin embargo es un pacto que la cultura obliga a hacer.

Bruce Alexander lo contó bien. Dice que en la adicción siempre se trata la recuperación individual (lo que tiene un claro valor), pero necesitamos pensar en la recuperación social. Algo ha ido mal pero no con nosotros como individuos, sino como grupo. Necesitamos encontrar forma de volver a conectar con los otros y reconstruir las formas genuinas de conexión.

No creo que sea una casualidad que una de las sociedades con los niveles más bajos de adicción sea Suecia, una sociedad con poco estrés, buenos trabajos, un fuerte Estado del Bienestar, una sociedad con mucho apoyo mutuo. España está siendo forzada (por una innecesaria y contraproducente austeridad) a seguir el camino opuesto, así que no me sorprendería que eso incrementase las adicciones, sea al alcohol, las apuestas o la heroína.

P. La drogadicción parece otra expresión del consumismo: comprar cosas para sentirte mejor. ¿Hasta qué punto somos todos un poco adictos?

R. Creo que es simplista decir que es solamente otra expresión del consumismo. Pero es cierto que el vacío de una sociedad en la que el consumismo se impone a la comunidad es un factor (entre otros) que contribuye a la adicción. No creo que todo el mundo sea un adicto, puesto que eso desproveería de sentido al término. La gente feliz y conectada, con buenas relaciones sociales, no se convierte en adicta y todavía hay mucha gente así. De hecho, es la mayoría.

El autor, Johann Hari.
El autor, Johann Hari.

Pero tienes razón al sugerir que la adicción abarca un espectro más amplio, no hay una línea definida entre los adictos y el resto. Hay mucha gente adicta a sus smartphones, que saben que mirar constantemente Facebook o Twitter es menos enriquecedor que hablar con tus amigos, leer un libro o pasear por el bosque, pero se sienten empujados a hacerlo continuamente, de manera que consume su vida. No se acerca a ser adicto al crack, obviamente. Pero es una adicción, y surge de la misma raíz que otras adicciones: un sentimiento de aislamiento, dolor y no querer estar presente en tu propia vida.

P. En el libro afirma que hay una confusión entre la adicción y la dependencia física. ¿Cuál es la diferencia?

R. Son dos cosas totalmente distintas. Lo mejor para describirlo es imaginarse a dos individuos. Uno de ellos es tu abuela, ingresada en el hospital después de una operación de cadera, tomando montones de diamorfina (heroína) para controlar su dolor. El otro es un mendigo en un callejón al lado del hospital, que consume un montón de heroína para tratar su dolor psicológico. Ambos están tomando la misma droga, con la excepción de que la heroína de tu abuela es mucho más fuerte porque está proporcionada por los médicos. Si los dos toman la droga durante unas semanas, ambos serán físicamente dependientes, lo que significa que cuando paren experimentarán síntomas de abstinencia. Sudarán un poco más y sufrirán algo que parece una gripe.

El adicto utiliza las drogas para lidiar con el dolor psicológico que ya estaba ahí antes de que consumiese drogas por primera vez

La dependencia física aparece cuando tu cuerpo se ha acostumbrado a una droga y experimentas síntomas físicos cuando ya no la consumes. Pero la adicción es un estado psicológico interno en el que no quieres vivir tu vida, por lo que llevas a cabo un comportamiento compulsivo que detiene tu dolor y aflicción. Tu abuela puede que ni siquiera note esos síntomas, pero si lo hace los aguantará hasta que desaparezcan, porque quiere recuperar su vida, en la que tiene relaciones y hay cosas que quiere vivir. La dependencia física pasará rápidamente.

El adicto, por contraste, utiliza las drogas por otra razón: tratar con el dolor psicológico que ya estaba ahí antes de que encontrase las drogas. No tiene nada que ver con la dependencia física, se trata de una agonía interna. A veces la dependencia física y la adicción se superponen en la misma persona, obviamente, pero son cosas distintas. Es por eso que los lugares donde castigan a los adictos para que paren sólo empeoran las cosas, mientras que lugares como Portugal, donde responden a los adictos con amor y apoyo han visto reducir el uso de las drogas inyectadas en un 50%.

P. Hay un correlato a lo largo de todo el libro que sugiere que las drogas son un problema de clase social, ya que si eres rico y tomas drogas eres un consumidor, pero si eres pobre, eres un paria social. ¿Es imposible que un rico sea drogadicto o, mejor dicho, que se le se considere como tal?

R. Sobre la primera pregunta, sí, por supuesto que pueden convertirse en adictos. La teoría de Bruce Alexander no trata de la pobreza, sino de la desconexión. Puedes ser pobre y tener vínculos saludables y un grupo fuerte y un profundo sentimiento del significado, y puedes ser rico y no tener nada de eso. Piensa, por ejemplo, en los banqueros de Wall Street o en las estrellas del rock, que sufren grandes niveles de drogadicción. ¿Sus vidas son felices, saludables y conectadas, en las que tienen vínculos de apoyo y sensación de plenitud? Al contrario, a menudo están tan desprovistos de significado como alguien en el arroyo. Las estrellas de rock no pueden salir a la calle y no pueden confiar en nadie de los que les rodean; los banqueros de Wall Street… bueno, no necesitas que te explique cómo sus vidas están vacías de significado.

Elton John, que ha aplaudido el libro de Hari, también sufrió problemas con las drogas.
Elton John, que ha aplaudido el libro de Hari, también sufrió problemas con las drogas.

Respecto a la segunda cuestión (¿son los adictos ricos tratados de la misma manera que los pobres?), la respuesta es, obviamente, no. Piensa en dos personas que han alabado mi libro, Elton John y Russell Brand. Cuando desarrollaron enfermedades serias y que ponían en peligro sus vidas no había ninguna posibilidad de que fuesen enviados a prisión. Recibieron amor y apoyo y siguieron realizando increíbles contribuciones a nuestra cultura.

Todos los adictos merecen lo que Russell y Elton tuvieron, pero no lo consiguen. Los adictos en los barrios pobres son avergonzados, estigmatizados y castigados. En Estados Unidos, Rusia, Vietnam y otros lugares, internados en prisiones infernales e inhumanas donde sus adicciones empeoran.

'¿Sabes qué? Si perseguimos a los blancos, cerrarán el departamento, así que seguiremos cazando a los que no tienen dinero para abogados.'

¿Por qué aparece esta desigualdad a la hora de tratar a los adictos pobres y los ricos? Matthew Fogg es uno de los oficiales de policía más condecorados de Estados Unidos, responsable de haber encontrado a 300 de los criminales más buscados del país, de asesinos a violadores pasando por pederastas, pero le sorprendía que su cuerpo sólo entrase en los barrios negros. Fue a ver a su jefe para sugerirle que deberían hacer algo parecido en los vecindarios blancos.

Su superior le dijo: “Fogg, tienes razón cuando dices que ellos también toman drogas, ¿pero sabes qué? Salimos y empezamos a dirigirnos a esas personas que conocen a jueces, abogados, políticos y a todos los tíos del gobierno. Si los acosamos a ellos y a sus hijos, ¿sabes qué ocurrirá? Que vamos a recibir una llamada de teléfono y nos van a cerrar. ¿Sabes qué, Fogg? ¿Sabes qué va a ocurrir? Que se acaban las horas extras. Se acaba tu sueldo. Así que vamos a seguir con el eslabón más débil. Vamos a seguir persiguiendo a aquellos que no pueden permitirse abogados, a los que podemos encerrar”.

P. También hablas de una subcultura de las drogas que se puede ver aún en muchas ciudades: drogadictos reunidos en grupos que se apoyan mutuamente en las calles y parques… ¿Ha favorecido esta organización el uso de drogas o ha ayudado a que muchos adictos no estuviesen solos y desprotegidos?

R. Me alegra que hagas esa pregunta, porque no mucha gente se fija en esa parte del libro. Antes de que Bruce Alexander desarrollase la teoría de Rat Park, trabajaba como investigador en el Downtown East de Vancouver, un área famosa por la adicción a las drogas. Cuando entrevistó a muchos adictos, se dio cuenta de algo interesante. Era gente que sentía que llevaba vidas insignificantes –con trabajos deprimentes y no especializados–, lo que intentaban remediar a través de dos cosas: un uso compulsivo de las drogas y un grupo (o por usar el término de moda, una subcultura) que hacía las mismas cosas que ellos.

Un hombre muestra sus pipas de crack usadas en el Downtown Eastside de Vancouver. (Ben Nelms/Reuters)
Un hombre muestra sus pipas de crack usadas en el Downtown Eastside de Vancouver. (Ben Nelms/Reuters)

Los adictos tienden a juntarse y desarrollar formas de sobrevivir juntos, se ve en todo el mundo. Ambos aspectos son importantes a la hora de resolver un sentido de insignificancia: el uso compulsivo de la droga y la identidad grupal que se forma alrededor de dicho uso. Como dice Bruce, “es mejor ser un yonqui que no ser nada y esa es la disyuntiva en la que se encuentran esos tipos”. Hay una ilustración de esto que fue vivida en persona por Bruce en Vancouver a principios de los setenta. Después de que la conexión francesa que proveía drogas a EEUU desapareciese, hubo largos períodos (meses) en los que no llegaba nada de heroína a Vancouver desde Nueva York. Lo sabemos porque la policía se incautaba de la heroína que se vendía en las calles, la analizaba y descubría que no contenía heroína. Eran todo contaminantes y relleno.

Si crees que la adicción es causada por la química, ¿qué podía haber ocurrido? Los adictos deberían haber sufrido síndrome de abstinencia, dolores intensos y entonces haberse levantado liberados de su adicción. En realidad, no ocurrió nada de eso. Todo el mundo siguió como estaba: los traficantes siguieron vendiendo y los adictos comprando y consumiendo “heroína”, y llevando a cabo crímenes para conseguirla. No notaron la diferencia.

Cuando te han dicho que eres un pedazo de mierda toda tu vida, vivir con otros pedazos de mierda como tú parece mejor que estar solo

Esto nos dice algo importante. Cuando la heroína fue eliminada, “mantuvieron la esencia de su adicción, que es la adicción a la subcultura”. Cuando te han dicho que eres un pedazo de mierda toda tu vida, abrazar esa identidad de pedazo de mierda y al resto de pedazos de mierda y vivir abiertamente como un pedazo de mierda parece mejor que estar solo. Como le dijo un adicto a Bruce: “Esta es una vida, es mejor que no tener vida”.

P. Cuando una industria como la de la guerra contra las drogas está tan bien establecida es porque satisface los intereses de muchas personas. Pero recuerdas en el libro que no todo el mundo en la misma saca beneficio. ¿Es una guerra apoyada por convicciones morales o por el interés personal?

R. Está sujeta por una compleja mezcla de fuerzas. La más importante es, de lejos, la opinión pública. La mayor parte de la gente aún cree en la prohibición, y por lo tanto los políticos la mantienen. Eso se debe a que gente como yo no hemos hecho bien nuestro trabajo al explicar los problemas de la prohibición y por qué las alternativas son mejores.

Necesitamos revisar honesta y respetuosamente las razones por las que la gente apoya la prohibición. Es un debate distinto a, por ejemplo, el debate sobre la igualdad de derechos para los gais. Cuando discuto con homófobos, intento hacer lo mejor para convencerlos, pero finalmente, hay una profunda diferencia entre nosotros: yo creo que los gais deberían ser tratados como los demás y ellos no.

Un bonaerense se manifiesta a favor de la legalización de las drogas fumando un porro de marihuana. (Reuters/Marcos Brindicci)
Un bonaerense se manifiesta a favor de la legalización de las drogas fumando un porro de marihuana. (Reuters/Marcos Brindicci)

El debate sobre la guerra de las drogas es diferente. Las razones que la mayor parte de la gente da para apoyar la prohibición son que no quieren que sus hijos consuman drogas y que la gente se convierta en adicta. Al revés que en el debate con los homófobos, ambos bandos tienen los mismos objetivos. Yo también deseo reducir la adicción y proteger a los niños de las drogas.

No es, en principio, un debate sobre objetivos, sino sobre cómo alcanzarlos. Creo que los datos son muy claros en que la regulación es una herramienta más útil para conseguirlo que la prohibición, por razones que espero que queden claras en el libro. Pero no lo hemos dejado lo suficientemente claro. La mayor parte de la gente se da cuenta de que la guerra contra las drogas ha fracasado, pero no están convencidos del resto de alternativas aún, y creo que necesitamos hacerlo mejor mostrando lo que ha ocurrido en los lugares que han elegido las alternativas y por qué esas reformas son tan populares.

Por supuesto, hay fuerzas que se benefician del estado de las cosas. La más grande es, de lejos, el crimen organizado, pero también la industria carcelaria, ciertas partes de la policía, y otros. Es real, pero no quiero exagerar, lo más importante es cambiar la opinión pública.

La prohibición hace que una de las grandes industrias del mundo esté en manos de bandas criminales que asesinan enormes cantidades de gente

Respecto a si está mantenida por convicciones morales, es cierto que hay alguna gente que cree que toda intoxicación es inmoral, que “embotar tus sentidos” es algo terrible. Pero todas las sociedades humanas conocidas han buscado estas sustancias para utilizarlas de forma recreativa, no creo que sea inmoral. Para el 90% de usuarios, es diversión.

Si la gente quiere tener un debate moral, me parece bien. Hay algo real que es muy inmoral aquí: la prohibición transfiere una de las grandes industrias del mundo a las manos de las bandas criminales violentas, que asesinan enormes cantidades de gente y que irían a la bancarrota si se legalizasen las drogas. Han matado al menos 60.000 personas en México durante los últimos siete años, yo mismo vi los efectos en Ciudad Juárez. Eso sí es un problema moral, y por eso la guerra contra la droga es tan inmoral.

En el libro cuento la historia de Rosalio Reta, a quien conocí. De los 13 a los 17 fue un sicario en el cártel mexicano más letal, y masacró y decapitó al menos a 70 personas. Esa clase de violencia insana, usando niños soldado, es el resultado directo de la prohibición. Pregúntate dónde están los traficantes de alcohol violentos hoy. ¿Ha disparado el presidente de Heineken al de Smirnoff en la cara? No, pero cuando el alcohol se prohibió la violencia entre los vendedores era endémica. Podemos acabar con la violencia de las drogas de la misma manera que con la violencia del alcohol, terminando con la prohibición.

"Todo lo que pensamos sobre las drogas está equivocado": la verdad que se nos oculta

P. ¿Por qué el sistema capitalista no ha sentido ganas de legalizar las drogas a nivel global, dado que sería una industria muy rentable? ¿Por qué no han decidido las autoridades que sería mejor para todo el mundo, aunque sólo fuese económicamente, si las drogas estuviesen en manos de empresas legales?

R. Para empezar, no hay algo llamado “capitalismo”. Hay distintas fuerzas capitalistas, con distintos intereses, y en paralelo hay fuerzas democráticas en competencia que a veces lo refuerzan y a veces lo contienen. Como digo, el actor principal a la hora de regular legalmente el mercado de las drogas hoy es la opinión pública, y necesitamos trabajar para persuadir a la gente. Lo que tenemos hoy en día es probablemente la peor forma de capitalismo: gángsteres violentos que compiten a través de los precios, pero sobre todo, a través de la violencia.

Hay dos alternativas. Una es tener un mercado legal y regulado, donde las empresas con ánimo de lucro proporcionen el producto. Eso es mejor que la situación actual, porque no es violento: prefiero mucho antes a GlaxoSmithKlein que a los Zetas. Pero para mí aún es problemático, porque las empresas quieren promocionarse y anunciarse. Me parece tan mal como con las tabacaleras o casa de apuestas que publicitan sus productos.

Prefiero que el mercado de las drogas esté controlado por monopolios estatales o por grupos sin ánimo de lucro, como los clubs de cannabis españoles

Por eso prefiero la opción alternativa, que el mercado de las drogas esté controlado por monopolios estatales (de la misma manera que en Suecia el alcohol estaba en manos de un monopolio estatal, sólo podía venderse en un envase neutro y no podía ser publicitado), o por grupos sin ánimo de lucro, como los clubs de cannabis españoles. De esa manera, terminas con la violencia de la guerra de las drogas, sin crear compañías que tengan incentivos financieros para promocionar el uso de las drogas. Como digo, ambas alternativas son mejores que ese tipo de horrible de capitalismo que controla hoy en día el comercio de las drogas.

Para responder a la segunda parte de tu pregunta, sobre por qué las autoridades no han tomado el camino de la regulación: es un error común pero comprensible dar por hecho que lo que ocurre es que alguien en lo más alto se sienta ahí, buscando racionalmente la mejor opción y elige el camino más apropiado basándose en las pruebas. Pero las leyes no se hacen así, como sabe cualquiera que haya conocido a un político o conozca la historia. Lo que ocurre realmente es que las autoridades globales y los políticos responden a la presión que hay sobre ellos. Si hay una presión de la opinión pública y las fuerzas más poderosas para mantener la prohibición, eso lo que va a ocurrir. Si hay presión de movimientos organizados democráticamente para cambiarlo, y son persistentes, ocurrirá lo contrario.

Uno de los ángeles de Juárez protestan contra la violencia en la ciudad. (Reuters/José Luis González)
Uno de los ángeles de Juárez protestan contra la violencia en la ciudad. (Reuters/José Luis González)

En Tras el grito cuento la historia de cómo un sin techo adicto comenzó un movimiento democrático en Vancouver que transformó la política de drogas de Canadá y salvó miles de vidas. Por todo el mundo la gente se organiza para acabar con la guerra contra las drogas, y muchos están ganando. Esperar al “capitalismo” o las “autoridades globales” no nos va a llevar a ningún sitio. Debemos empezar ya, y si un mendigo drogadicto puede hacerlo, todos podemos. Somos más poderosos de lo que pensamos.

P. También explicas cómo la guerra contra las drogas genera una cultura del terror en la que se decide quién se lleva una parte mayor del pastel. ¿Es la escalada de violencia la ventaja competitiva de los traficantes?

R. En el libro cuento la historia de esta dinámica a través de la historia de una de las personas más extraordinarias que he conocido, un traficante de crack transexual de Brooklyn llamado Chino Hardin. Fue concebido cuando su madre, que era adicta al crack, fue violada por su padre, que era un policía de Nueva York. Su historia, que descubrí a lo largo de tres años, me conmovió.

Chino es una persona compasiva, pero como traficante fue absorbido por la lógica insana del mercado prohibido y terminó haciendo cosas que encuentra difícil recordar hoy. Hay una manera muy simple de explicarlo. Imagina que tú y yo vamos a una tienda de bebidas en Barcelona e intentamos robar una botella de vodka. Llamarán a la policía y nos detendrán. No habrá ninguna necesidad de que sean violentos o intimidatorios.

"Todo lo que pensamos sobre las drogas está equivocado": la verdad que se nos oculta

Ahora piensa que, en su lugar, intentamos robar cannabis o cocaína. Obviamente, el traficante no va a llamar a la policía para detenernos, porque le arrestarían. Así que tiene que ser violento. De hecho, como me contó Chino, no quieres pelear todos los días, así que lo mejor es crearte una reputación tan mala que nadie quiera joderte. Un sociólogo dice que la guerra contra las drogas crea esta “cultura del terror”. Y es peor aún. En un mercado prohibido los grupos no compiten, en principio, ofreciendo mejores productos. Compiten estableciéndose a través de la violencia, eliminando a sus rivales.

Esto ocurre en las calle de Madrid, Londres o Nueva York, pero es especialmente extremo en las vías de abastecimiento como Juárez. El 70% de su economía proviene de este intercambio de drogas ilegal. Eso significa que los cárteles pueden comprar cualquier cosa, incluida la policía. Como dijo el escritor Charles Bowden, la guerra contra las drogas crea una guerra por las drogas.

La guerra contra las drogas ha hecho que Ciudad Juárez o Brownville vuelvan a una situación previa a la creación de los Estados

La única forma de conseguir una ventaja competitiva en un mercado así es estar preparado para ser más violento e intimidatorio que tus rivales. Así que si eres el primero no sólo en matar a tus rivales, sino también a sus mujeres embarazadas, consigues una pequeña ventaja competitiva. Si eres el primero en matar a sus mujeres embarazadas y ponerlo en YouTube, consigues otra pequeña ventaja. Si eres el primero en cortar su rostro y coserlo a un balón de fútbol y envíarselo a sus familias (esto ocurre de verdad), aún consigues más ventajas. Es horrible, pero es la parte “racional” del sistema que hemos creado. Termina cuando se acaba el sistema.

P. Weber decía que el Estado tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza física. Pero, ¿no es la prohibición de las drogas una manera de ceder voluntariamente ese monopolio a las organizaciones criminales?

R. Totalmente. El filósofo británico Thomas Hobbes dijo que la vida antes de la formación de los Estados era “pobre, sucia, brutal y corta”. Es una buena descripción de la vida en Brownsville, Brooklyn, donde nació Chino, o en Ciudad Juárez. La guerra de las drogas ha hecho regresar estas zonas a la vida antes del Estado, porque la mayor parte de la economía está fuera de su alcance, controlada por los gángsteres.

P. Harry Anslinger, el hombre a quien atribuyes la creación de la guerra contra las drogas, me recuerda a J. Edgar Hoover: un hombre que se las apañó para cambiar su propio país y el mundo entero a partir de una obsesión personal. ¿Podemos entender la historia de la guerra contra las drogas a partir de las obsesiones de Anslinger, o sería darle demasiada importancia?

R. Harry Anslinger es el hombre más influyente del que hayamos oído hablar, y jugó un papel clave en ese momento de la historia. Inventó el concepto de la guerra contra las drogas, y lo utilizó para iniciar una guerra contra los dos grupos que más odiaba, los adictos y los negros. Lo cuento en el libro a través de la historia de su acoso a Billie Holiday, la gran cantante de jazz.

Para el autor, Holiday fue una de las primeras víctimas en la guerra contra las drogas.
Para el autor, Holiday fue una de las primeras víctimas en la guerra contra las drogas.

Pero sería incorrecto decir que Anslinger lo hizo solo. No creo en la teoría de la historia del Gran Hombre, en la que los individuos causan un gran impacto. Anslinger era un gran surfero, pero necesitaba un gran ola. No importa lo bueno que seas surfeando, en un mar calmado no serás capaz de hacer mucho. Anslinger surfeaba tendencias más grandes de la cultura americana, relacionadas con la raza, la clase y el miedo. Fue muy importante, pero sólo en ese contexto más amplio.

P. España, como ocurre con Inglaterra, sufrió un grave problema de drogadicción en los años ochenta, lo que llevó a hablar de “generación perdida”. Algunas teorías incluso sugieren que fue el intento de aplacar a una juventud rebelde, como en el País Vasco. ¿Estudiaste España para tu libro?

R. No, pero he pasado allí algún tiempo hablando con expertos, y pasé aún más tiempo en Portugal, que aparece en el libro. Tengo algunas ideas sobre la situación en España. Una vez que entiendes que el dolor y el aislamiento son determinantes en la adicción, no creo que sea difícil ver que España sufrió esta “generación perdida” cuando lo hizo. Era un síntoma de problemas muchos más graves en la sociedad, más que la causa.

Hay teorías de la conspiración similares en EEUU que dicen que la policía promocionó la drogadicción de forma deliberada en los 80 para pacificar los guetos. No hay ninguna evidencia. Es, creo, una forma de evitar las razones reales de estos problemas, que están en la cultura y en la prohibición.

España tiene los mismos problemas de drogas que el resto del mundo. No existe el castigo brutal a los adictos que se puede ver en EEUU, y eso dice mucho a vuestro favor. Pero tenéis una guerra contra las drogas causada por la prohibición que es causa de muchos asesinatos. Al mismo tiempo, sufrís los mismos factores culturales que llevan a la adicción, especialmente desde la crisis.

Pero también tenéis las semillas para un enfoque alternativo. Los clubs sociales de cannabis desarrollados en España, donde la gente se junta legalmente en grandes grupos para cultivar cannabis y distribuirlo sin ánimo de lucro entre sus miembros son un experimento interesante a la hora de quitar las drogas de las manos de los criminales. Inspiran a gente de todo el mundo.

Sólo hay dos países que se están moviendo en la dirección opuesta a la despenalización de las drogas: la Rusia de Putin y la España de Rajoy

Así que me parece una locura que el Gobierno español esté complicando la vida de estas cooperativas, persiguiendo a los clubes más viejos del País Vasco, amenazando a sus líderes con más de 20 años de prisión, incluso incrementando las multas por posesión personal.

Por todo el mundo, los Gobiernos están retirándose de la prohibición poco a poco. Sólo hay dos países que se están moviendo en la dirección opuesta: la Rusia de Putin y la España de Rajoy. No es una gran compañía. Merece la pena recordar que Franklin Roosevelt terminó con la prohibición de alcohol en parte porque era un desastre pero sobre todo porque había una depresión económica y necesitaba los impuestos. Si España está buscando claramente nuevas formas de recaudación (el nuestro lo está haciendo claramente), creo que merece la pena echarle un vistazo. Hay un pueblo en España que quería producir cannabis para uno de los clubes más grandes, pero fueron detenidos por la policía.

Habrías tenido a unos productores pacíficos pagando impuestos, un club social pacífico pagando impuestos, y los criminales en la bancarrota. En su lugar, has mantenido el negocio de los criminales y no has conseguido dinero. ¿Es eso inteligente? Si consiguieses ese dinero de los impuestos, algo en lo que recomendaría gastarlo es en hacer lo mismo que vuestro país vecino, Portugal. Despenalizaron todas las drogas e invirtieron en programas para darle la vuelta a la vida de los adictos, consiguiéndoles trabajos y casas.

Durante 100 años, el mundo ha utilizado un enfoque basado en el miedo, el estigma y el odio, y ha fracasado, incluso a pesar de haber gastado un billón de dólares e incontables vidas. Hay una fomra mejor de hacerlo que se ha demostrado que funciona, basada en el amor, la compasión y el cuidado. Está en nuestras manos elegir.

Alma, Corazón, Vida

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
30 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios

ÚLTIMOS VÍDEOS

Simone Biles: Golden Girl - The Trailer
Alfred vs The Joker
La guerra de las mujeres en 30 segundos

ºC

ºC