UNA GUERRA SÓLO PARA HÉROES

Otumba, la batalla que aún sigue estudiándose en las academias militares

Frunze, West Point, Saint Cyr, Zaragoza y Sandhurts son algunas de las batallas más célebres, pero todas ellas palidecen frente a la sangrienta confrontación que tuvo lugar en las llanuras de Otumba
Foto: Mural del Palacio Nacional mexicano pintado por Diego Rivera que representa la conquista de México.
Mural del Palacio Nacional mexicano pintado por Diego Rivera que representa la conquista de México.

El conflicto no es entre el bien y el mal, sino entre el conocimiento y la ignorancia.

Buda

El 30 de junio de 1520, tras la tragedia de la Noche Triste, Hernán Cortés, que había perdido más de la mitad de sus hombres, inició la huida con los restos de su ejército en dirección a latitudes más seguras, y estas no eran otras que las tierras de los tlaxcaltecas, una suerte de aliados incondicionales con los que el conquistador había hecho piña desde los primeros instantes de la empresa americana.

Los tlascaltecas tenían buenas razones para odiar a los Mexicas - Aztecas, pues estos últimos llevaban años matándolos, expoliándolos y finalmente capturándolos vivos para sus macabros rituales, en ocasiones marcados por las evisceraciones cardiacas, o sencillamente para darse un festín con los restos e incluso si era menester, echar una partidilla de fútbol-frontón con las testas de los desafortunados que habian caído en manos de estos fieros guerreros, ornamentados con unas espectaculares máscaras de elaborada y bella factura.

Pero la guerra era y es así, como siempre, descarnadamente cruel.

La retirada por el camino a Tlaxcala fue un episodio infernal. Con menos de 500 hombres exhaustos por las marchas forzadas y hostigados por bandas de mexicas con un ánimo de venganza bien alimentado por las derrotas infligidas por el extremeño en anteriores enfrentamientos, los españoles combatían a cara de perro ante lo que se revelaba como inevitable, tal que una muerte segura con el añadido de los atroces sufrimientos que acostumbraban a aplicar los Mexicas a sus prisioneros.

Un ejército impresionante de más de 40.000 guerreros les dio alcance en los llanos de Otumba hacia mediados de julio, cuando el calor y la humedad eran más que flagelantesEl segundo del emperador azteca, Cuitláhuac, quería a cualquier precio aniquilar a los españoles, antes de que llegaran a las tierras de sus aliados tlaxcaltecas. Habían estos perdido casi toda la artillería durante la huida y su capacidad de respuesta estaba muy mermada por la fatiga. Era una situación extrema e ideal para abandonarse a la muerte sin negociarla mucho.

La Guerra Florida, una táctica de combate desconocida en Europa

Un ejército impresionante de más de 40.000 guerreros les dio alcance en los llanos de Otumba hacia mediados de julio, cuando el calor y la humedad eran más que flagelantes, y allá, en aquella despiadada llanura, los Mexicas, cortaron cualquier posibilidad de huida al ejército español, o castellano para ser más precisos.

Los Aztecas o Mexicas eran guerreros que infundían pavor en el campo de batalla, pero tenían una peculiar debilidad táctica que los hacia extremadamente vulnerables para quien entendiera sus códigos de combate.

Esta debilidad consistía en que solían invertir muchos hombres para capturar a un solo combatiente adversario, pues el objetivo no era otro que el de echar mano del máximo de prisioneros para luego darles en el altar del sacrifico un pasaporte a la eternidad en medio del alborozo de la muchedumbre local que asistía gozosamente a los inútiles aspavientos de los atribulados cautivos que veían su atroz declinar sin posibilidad alguna de escabullirse, pues cuando alguno lo conseguía, el populacho lo devolvía otra vez a la razón imperfecta de aquellas escalinatas sagradas copiosamente regadas por la sangre de los que les habían precedido en aquella suerte de aquelarre sin fin.

Óleo del siglo XVII que representa la batalla de Otumba.

Esta táctica de combate requería obviamente un esfuerzo monumental, que en este caso en particular compensaba ampliamente a los Aztecas, pues tenían el convencimiento de que iban a tomar una gran cantidad de prisioneros españoles que ofrecerían después en sacrificio a sus dioses.

Todas las evidencias e informaciones de sus destacamentos más avanzados, aportaban indicadores claros de lo que parecía ser la aplastante crónica de una derrota anunciada para aquellos osados invasores venidos de la dirección donde el sol despertaba desde hacía miles de años.

Los exploradores informaron a Cortés del enorme ejército que les cortaba el paso en todas las direcciones hasta donde alcanzaba la vista. No había alternativa pues, más allá que la de combatir hasta la extenuación y a sabiendas de que la presencia patente de la muerte era un hecho prácticamente consumado.

Cuando comenzó una de las batallas más épicas de la historia, Cortés y su tropa dominaban un pequeño montículo desde el que se veía el panorama. A primera vista era desoladorCerrado el cerco en torno a la tropa de arcabuceros, la veintena de jinetes y una cifra aproximada de cuatro millares de los incondicionales tlaxcaltecas, una especie de infantería ligera muy rápida y de una ferocidad probada, solo quedaba afrontar el último acto.

Un combate para los anales

Cuando comenzó una de las batalla más épicas de la historia, Cortés y su tropa dominaban un pequeño montículo desde el que se veía el panorama. A primera vista era desolador. El griterío infernal de los aztecas era literalmente sobrecogedor. Estos rodearon a los castellanos, que resistieron inicialmente los embates de la turbamulta recurriendo a las ballestas y arcabuces y también a una defensa casi mística ante la inevitable muerte a la que se sabían condenados de antemano.

La infantería de los tercios, en posición cerrada, aguantaba las terribles embestidas de los aztecas, utilizando sus picas y espadas, bien protegidos por sus corazas y rodelas. Las cargas se iban sucediendo pero no se veía una solución a aquel desproporcionado enfrentamiento.

El número de soldados enemigos parecía infinito y daba la impresión de que la aplastante lógica numérica acabaría imponiéndose.

Fue entonces cuando Juan de Alvarado identificó en un pequeño altozano a un adornado guerrero azteca, que dedujeron podría ser el posible comandante en jefe de aquella multitud sedienta de sangre.

La única oportunidad para lograr la victoria y salvarse, pasaba por una arriesgada alternativa a vida o muerte. Recordaron los castellanos decir a los tlaxcaltecas que la pérdida del estandarte real solía decidir las victorias. A partir de ese momento  todos sus esfuerzos se orientaron a apoderarse de aquel trofeo de guerra. Confiados en el éxito que infundían la caballería en los mexica todos los capitanes fueron convocados.

Pedro de Alvarado, Gonzalo de SandovalCristóbal de Olid y Alonso Dávila habían concebido una maniobra de distracción con una salida falsa de los arcabuceros mientras se aprestaban  a darle un susto de muerte al emplumado jefe adversario.

El 8 de julio de 1520, una de las batallas más brillantes y trágicas al mismo tiempo por la enorme mortandad causada, quedaría reflejada en la historia de la conquista del Nuevo MundoAnte la atronadora carga de caballería  y sin darles tiempo de que  se repusieran de su sorpresa, los jinetes llegaron como una exhalación y sin detenerse, a la posición donde estaba apostado el palanquín del segundo del emperador. Una vez allí, no se sabe si Cortés o Alvarado le dieron un certero mazazo en el cráneo que le sumió en un trance con desenlace sin retorno.

En medio del tumulto, Juan de Salamanca, que se hallaba próximo al  lugar donde murió el caudillo azteca, capturó el estandarte y se lo entregó a Cortés   quien, montado en su caballo, izó ostentosamente el estandarte para que fuera visto como una clara señal de victoria. Los aztecas, al ver el estandarte de su imperio en poder de la tropa castellana, muerto el ciuacoatl y confundidos ante tamaña sorpresa, rompieron filas, huyendo en desbandada. En la antológica persecución, las llanuras de Otumba quedaron cubiertas por más de 5.000 cadáveres que poco antes estaban festejando una victoria cantada. Cuatro horas duro la batalla y cuatro la carnicería subsiguiente a la persecución.

El 8 de julio de 1520, una de las páginas más brillantes y trágicas al mismo tiempo por la enorme mortandad causada, quedaría reflejada en la historia de la conquista del Nuevo Mundo, a la par que se convertiría en una de las batallas más estudiadas en los anales de la historia militar.

Frunze, West Point, Saint Cyr, Zaragoza y Sandhurts la contemplan como un modelo de valor y heroísmo a ultranza .

Hoy, un túmulo conmemorativo común en forma de cúpula coronada por una modesta cruz, recuerda en  un recinto rodeado de agaves y tierra profusamente mimada por los arados anónimos de los campesinos, que en una extraña comunión, con sus azadones, pretenden orear la tierra y a los que allí yacen. En aquel entonces, varios miles de hombres dejaron su último aliento vital en un año en el que hubo varios eclipses, dos de ellos, de luna.

Alma, Corazón, Vida

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