POLITIKON y la crisis de nuestro modelo

Los siete jóvenes que quieren arreglar la democracia en España (con datos)

De dónde salen las élites de los partidos o si las primarias no son más que un juego de sillas son algunas de las preguntas contestadas por Politikon

Foto: Los siete miembros de Politikon, durante la presentación del libro en Tipos Infames (Madrid).
Los siete miembros de Politikon, durante la presentación del libro en Tipos Infames (Madrid).

Son siete profesionales cuyas edades oscilan entre los 26 y los 37 años, que trabajan en sectores muy diferentes, como el ámbito académico, la comunicación o la consultoría y que decidieron poner en marcha una página, Politikon, en la que publicar artículos sobre economía, política y sociedad que vinieran respaldados por literatura científica y analizasen los hechos sociales basándose en datos. Son un colectivo que mira con suficiencia académica a quienes pretenden hacer valer argumentos no basados en lo medible y cuantificable y que apuesta por informar los debates públicos desde la ciencia social ortodoxa.

Desde esa perspectiva, seis de sus integrantes Jorge Galindo, Kiko Llaneras, Octavio Medina, Jorge San Miguel, Pablo Simón y Roger Senserrich han publicado La urna rota. La crisis política e institucional del modelo español (Ed. Debate) donde exponen algunos problemas de la democracia española y proponen algunas soluciones. Los tres últimos autores han conversado con El Confidencial para explicar sus propuestas para arreglar un sistema dañado.

PREGUNTA. Habláis de que las democracias se convierten a menudo en mayorías desorganizadas dirigidas por una minoría organizada. Y eso ocurre también en los partidos, donde una élite organizada dirige la vida interna. ¿De dónde provienen las personas que forman las élites de los partidos? ¿Cómo se seleccionan?  

RESPUESTA. Son mecanismos muy particulares en España. Hay básicamente dos perfiles. O bien es un funcionario del partido, alguien cooptado desde muy joven, que ha estado saltando de puesto en puesto y que vive por, para y del partido, y que por lo tanto es obediente a la cúpula y depende para subsistir de ella, o bien tenemos el funcionario metido a político. En España hay un mercado de trabajo particularmente gravoso, y es muy difícil volver a tu trabajo después de haber pasado por la política, porque nadie te guarda el puesto, y también lo es encontrar uno nuevo. Por eso los únicos que pueden competir en ese terreno son quienes tienen un puesto asegurado, los funcionarios. Somos uno de los países con más funcionarios metidos a políticos, y por eso somos también uno de los más legalistas y de los más conservadores. Por ejemplo, es muy difícil reformar la administración, porque tienes el lobby metido dentro. En otros países, para evitar esto, prohíben que un funcionario público haga carrera política.

En cuanto a los políticos que están en el partido desde la más tierna infancia, es algo favorecido por el hecho de que la administración está muy politizada al haber muchos cargos de libre designación. Allí tienes canteras de políticos que viven bajo la protección de alguno de sus superiores, y que pueden irse moviendo de un lugar a otro. El proceso de selección que siguen es ‘Hemos ganado las elecciones, dame un puesto’ y así van saltando de un cargo a otro hasta que llegan a ministro.

P. También señaláis en el texto algunos cambios que serían necesarios para que la democracia fuera de mayor calidad. En este sentido, suele hablarse de las listas abiertas o de las primarias. Pero quizá no sea suficiente porque son cambios instigados desde la élite de los partidos, ya que las personas que tienen el capital simbólico preciso para poder concurrir a las elecciones con éxito, las que tienen más visibilidad, son aquellas que proceden de ese estrato.

R. Sí, podemos tratar de democratizar los partidos eligiendo directamente a los líderes, pero la mayoría de las veces los únicos candidatos viables son gente que viene de la élite del partido. Como los partidos están muy burocratizados y son estructuras tan jerárquicas, los únicos que pueden participar en unas primarias con opciones de ganarlas son gente que ya estaba allí. De modo que aunque las primarias parezcan más abiertas no acaban siendo más que un juego de sillas para escoger qué miembro de la élite va a ser el nuevo jefe del partido. A no ser que las primarias vayan asociadas a otras reformas para hacer el partido menos burocrático y más abierto, eso es lo que ocurrirá.

Si estás en una manifestación en contra de un proyecto de ley es que ya has llegado tarde

A pesar de eso, tienen un lado positivo, porque permiten cierta competencia interna, y está bien que en los partidos al menos exista la opción de que emerja un nuevo candidato. Si en los partidos se puede ejercer internamente cierta rendición de cuentas, será útil para todos. Para el ciudadano, porque podrá optar por líderes diferentes y para el partido porque podrá apartar a líderes no competitivos que se aferran a la silla pese a perder elecciones porque no hay un sistema que permita desalojarlos. La idea es poder poner al político a tiro de urna, lo que siempre es positivo.

La definición básica de la rendición de cuentas consiste en poder echar a los gobernantes cuando lo hacen mal. Y se supone que las elecciones son un mecanismo que les obliga a intentar hacerlo bien y a no desviarse de su mandato. Ellos temen la sanción electoral. Porque parece que a los políticos no les influye nada el voto, pero no es así. Por ejemplo, si el Partido Popular dice ahora que va a bajar los impuestos es porque prometió en su programa electoral que lo iba a hacer y no lo hizo, y está ahora intentando que no le castiguen en las urnas. En segundo lugar, la transparencia es relevante, pero también lo es saber quiénes son los participantes que toman las decisiones. Por eso dedicamos un capítulo a la asociación ciudadana, un instrumento de participación en ese proceso que sirve para informar la decisión final. Pero, para conseguir ese objetivo, tiene que haber una sociedad civil activa, que fiscalice y organice. La política también es organizarse para hacer cosas. Si las asociaciones están encima de ti fiscalizándote, se incrementan mucho los costes de desviación de tu mandato.

P. Esa participación es indispensable, pero en España apenas existe.

R. Según la Encuesta Social Europea, las tasas de asociacionismo permanecen estables a pesar de la crisis y de la movilización que se ha vivido los últimos años. La política es una guerra de guerrillas, de tener interlocutores y estrategias a medio y largo plazo. La actitud aquí es más bien reactiva. Hago una gran manifestación y ya. Y eso está bien, es una forma de expresar la rabia, pero se es mucho más exitoso cuando hay una estructura que sostiene esas luchas  en el tiempo. Si estás en una manifestación en contra de un proyecto de ley ya has llegado tarde: tendrías que haberte sentado a la mesa para formar parte de la negociación.

Rajoy y Sáenz de Santamaría escuchan a Alfredo Pérez Rubalcaba. (Susana Vera/Reuters)
Rajoy y Sáenz de Santamaría escuchan a Alfredo Pérez Rubalcaba. (Susana Vera/Reuters)

Eso es la antítesis de lo que ocurre en España. Por ejemplo, el gobierno regula sobre el sector energético no se sabe qué, reúne una comisión no se sabe de qué manera y de ahí sale una ley en la que acaba habiendo sorpresas. Además, acaba habiendo lobbies sólo en un lado: no un lobby ciudadano potente, estilo ciudadanos por la energía responsable, no hay grupos de consumidores organizados. Hay un dicho en EEUU, ‘Si no estás en la mesa formas parte del menú’… Aquí hay poca gente en la mesa. En la mayoría de temas en España no hay lobistas en el otro lado.

P. Apostáis por una discusión pública mucho más informada, y por la toma de decisiones basada en el rigor y en lo académico científico,. Pero es verdad que esa ciencia tampoco está libre de ideología, y no sólo porque haya científicos  de distintas creencias, sino, y sobre todo, porque siguen distintas tendencias académicas. Eso supone que los mecanismos de análisis de unos y otros son muy distintos, a veces totalmente opuestos, pero de ambos se dice que hacen ciencia política. De modo que las investigaciones están muy determinadas por la perspectiva desde la que se investiga. ¿Es la ciencia tan objetiva como decís?

A lo mejor los economistas han dado recetas que no se correspondían con la realidad

R. En la ciencia política hay multiplicidad de tendencias, en especial la que traza esa divisoria entre la gente que hace estudios cuantitativos y los que hacen otras cosas. Y evidentemente nadie va a estar nunca desprovisto de ideología y de sesgos, pero de lo que se trata es de que tus métodos sean visibles, que juegues con las cartas sobre la mesa, con categorías que sean claras y métodos fiscalizables por todo el mundo, en lugar de basarte en descripciones subjetivas, intuiciones y opiniones personales. Hay un fuerte debate sobre la economía, que también está mediatizado, pero no sobre la ciencia política. A lo mejor los economistas han dado recetas que no se correspondían con la realidad…

P. Pongamos el caso de las encuestas electorales. Nadie da los datos brutos, todos los cocinan, y acaban llegando a resultados muy diferentes, incluso cuando los datos iniciales son similares. No deja de ser llamativo que algo considerado como científico termine ofreciendo lecturas tan dispares.

R. El problema específico de las “casas” de encuestas es que no hacen públicos sus mecanismos de cocina. A nivel académico esto es muy relevante. Cuando en Reino Unido todas las empresas electorales fallaron en sus encuestas, hicieron públicos sus métodos de cocina, para ver si mediante esa puesta en común, lograban afinar su estimación al máximo. Aquí no ocurre eso, porque las empresas de encuestas guardan celosamente sus secretos de cocina, quizá porque guardan determinadas afinidades…No digo nada raro, sabemos que hay institutos que hacen las encuestas para medios concretos, que tienen su público… No es la misma filosofía que la del ámbito académico.

P. Insistís en la necesidad de que las políticas públicas están guiadas por criterios de gestión y se apliquen políticas basadas en la evidencia.

R. Sí, porque una cosa son los fines que pretendes que cumplan las políticas públicas, que esos son decididos desde la ideología en función de cómo queremos que sea la sociedad, y eso es algo que escoge la política y otra es cómo llegas a ellos. La evidencia informa de qué medidas son más eficaces para conseguir esos objetivos. Y eso en España no es un debate que esté en las administraciones, máxime cuando en muchas ocasiones las medidas que proponen no tienen nada que ver con los objetivos que dicen perseguir.

Manifestantes en la Puerta del Sol durante las protestas del 15M. (Reuters/Sergio Pérez)
Manifestantes en la Puerta del Sol durante las protestas del 15M. (Reuters/Sergio Pérez)

Esto no quiere decir que la evidencia vayas a tener resultados perfectos, pero sí puede ayudar a tomar decisiones. Si hablamos de los efectos positivos de una reforma electoral o de unas primarias y se plantean diferentes modelos, uno puede limitarse a discutir desde lo normativo, sobre si eso es justo o no, o elevar la cabeza, ver qué sistemas de primarias se han aplicado en otros países, qué nos puede aportar gente que lleva treinta años estudiando esto y tener una información extra. Con ella podremos intuir potenciales costes o beneficios de la reforma que elijamos. Esto es lo que te proporciona la evidencia.

El problema es que aquí, en el proceso de toma de decisiones, todo el mundo tenía incentivos para endeudarse

P. Antes de analizar los mecanismos de decisión democrática, quizá debamos constatar que hay decisiones que no podemos tomar. Por ejemplo, en el caso de la deuda: la influencia de los analistas de las agencias de rating en la realización de políticas públicas es innegable. Su supervisión y el control de las reformas económicas necesarias para seguir pagando la deuda está fuera de todo debate democrático. En ese sentido, importa poco los gobernantes que elijamos, porque su poder es irrelevante en este contexto.

R. La cuestión es que los analistas llegan a Madrid y se ponen a hacer preguntas sólo porque las cosas se han hecho mal antes. Los analistas nunca llegan a países como Dinamarca, Suecia, Holanda, en los que el sistema político ha funcionado bien, sus gobernantes han tomado decisiones racionales y no ha habido burbuja. El problema es que aquí, en el proceso de toma de decisiones, todo el mundo tenía incentivos para endeudarse.

Además, un analista externo fácilmente podría decir que España tiene problemas crónicos con la corrupción, la calidad de nuestras instituciones o la seguridad jurídica, elementos que sí ligan con nuestro sistema institucional. Hay dos grandes patas. Está el componente económico, que es llevado por determinantes que no están bajo control directo de la ciudadanía y de la política, y que son un constreñimiento evidente, pero hay otra pata, el de las instituciones y la política, que sí podemos cambiar. Porque incluso dentro de los países intervenidos existen Irlanda y España, que cuentan con problemas muy similares de burbuja inmobiliaria, pero la respuesta en Irlanda ha sido muy diferente porque allí no han tenido problemas crónicos de corrupción.

Alma, Corazón, Vida
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