Ríos de tinta se están volcando últimamente desde los medios de comunicación para arrastrar al lector a una de las dos orillas irreconciliables: transgénicos sí o transgénicos no. No hay medias tintas, si se me permite seguir con esta metáfora de calamar… Sin embargo, y desde mi punto de vista, se está confundiendo el continente con el contenido o, dicho de forma más directa, la técnica con sus aplicaciones.

Si algo ha demostrado la modificación genética de seres vivos, o transgénesis, es su potencial para facilitar y mejorar la vida de los seres humanos (y no tan humanos). Me explico. Gracias a la modificación genética de bacterias comenzada hace ya más de treinta años existe hoy un gran número de fármacos en el mercado indispensables para tratar importantes enfermedades, como la insulina, la hormona del crecimiento o los factores de coagulación. Y, sin embargo, el mismo discurso exaltado que hoy vivimos sobre los peligros de los transgénicos se vivió en EEUU a mediados de los setenta.

La transgénesis tiene un potencial incuestionable: además de la obtención de medicamentos, modelos animales transgénicos han permitido avanzar decisivamente en biomedicinaSi el lector no me cree, puede teclear la palabra “Asilomar” unida a “biología molecular” en su buscador de internet favorito… Según cierto juez, que incluso amenazó con enviar a la cárcel a más de un científico, se iba a llenar la Tierra de monstruos bacterianos descontrolados, mutados, aberraciones mitad bacteria mitad humano y otro sinfín de engendros que, afortunadamente para los millones de diabéticos que hay en nuestra aldea global, más de treinta años más tarde no se han materializado.

Pues bien, algo parecido está ocurriendo en la actualidad, aunque ahora la mayor polémica se centra en los alimentos transgénicos. Pero, ¿es la manipulación genética de alimentos peligrosa para el futuro de la humanidad y/o la Tierra? Pues depende, como cantaba Jarabe de Palo, de si confundimos el continente (nunca mejor dicho), con el contenido; esto es, la técnica con sus aplicaciones. Depende…

Un potencial incuestionable

Vivimos tiempos decisivos en biotecnología. Tras el anuncio de nuevos productos modificados genéticamente, tanto animales como plantas, una campaña contra los transgénicos recorrió España favorecida por la decisión de Alemania, como ya hicieran Francia y otros países europeos, de detener el cultivo de determinadas variedades de maíz.

No puedo, ni quiero, negar mi posición a favor de la investigación en transgénicos. Nunca he trabajado con plantas, transgénicas o no, pero sí intenté, sin éxito, elaborar un modelo de rata transgénica en un estudio de artritis reumatoide. Sin embargo, y para aclarar conceptos, la manipulación genética de seres vivos no es ni buena ni mala, sino todo lo contrario. La transgénesis, cómo técnica, tiene un potencial incuestionable: además de la obtención de medicamentos vitales para muchos de nosotros, como la ya mencionada insulina, modelos animales transgénicos han permitido avanzar decisivamente en biomedicina. Esto es un hecho.

Como en toda investigación que se precie, el trabajo con transgénicos tiene riesgosEn alimentación, y siempre hablando del potencial de la técnica, se está intentando obtener vacunas y variedades resistentes a condiciones adversas mediante transgénesis. Por ejemplo, un estudio multidisciplinar pretende obtener anticuerpos contra proteínas del VIH o incluso contra bacterias causantes de la caries, en plantas modificadas. Pero la gran pregunta es: ¿existe algún riesgo? Efectivamente, existe, como en toda investigación que se precie. Otra pregunta es: ¿actualmente, existen controles suficientes para los nuevos productos que salen al mercado? Personalmente, nunca he visto tantos controles en los productos considerados convencionales como en los modificados genéticamente que se pretenden lanzar al mercado. Eso sí, ¿alguien conoce alguna actividad humana de riesgo cero? Yo, no.

Fuera de los laboratorios, los transgénicos han llegado a nuestros hogares. Hay controles, aunque al parecer no suficientes para sobrepasar el denominado principio de precaución, como parecen haber concluido nuestros vecinos de Europa al paralizar el cultivo de algunas variedades concretas de maíz. En este caso, gobiernos, grupos ecologistas, científicos, agricultores o, incluso, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria parecen tomar posiciones un uno u otro bando.

Por supuesto, estoy a favor del principio de precaución: es aconsejable siempre que sea sincero, honesto y no esté contaminado con connotaciones de índole económica o política, aspectos estos últimos que no están al alcance de mi corto entendimiento. De lo que sí entiendo es del potencial que ofrece la manipulación y selección genética de seres vivos.

Lejos de la pérdida de biodiversidad que profetizan algunos grupos contrarios a la biotecnología, la biología molecular permitiría recuperar especies extintas (o a punto de extinguirse) y aumentar la resistencia y variedad de algunos productos. Al menos, desde Genoma España, así lo consideran.

Tal y como ya hicieran con el genoma del olivo, ahora un proyecto se ha encargado de descifrar el genoma del melón. La investigación ha sido coordinada por Pere Puigdomènech, del departamento de Genética Molecular del Centro de Investigación en Agroeconómica. ¿Con qué intención? Caracterizar las mejores variedades, las más resistentes a diferentes patógenos, y generar un amplio abanico de melones con características de interés para la agricultura y, por ende, para el consumidor. No está nada mal para el principal exportador mundial de melones, sobre todo considerando que el 90% de las antiguas variedades de melón se han perdido sin que se pueda culpar de ello a los transgénicos. Pues eso…

*José Antonio López Guerrero es investigador y director de Cultura Científica del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Este texto es un extracto de su libro Ciencia en grageas (Turpial).