El profesor de la Universidad de Bournemouth Stephen Heppell es uno de los más importantes investigadores en materia de educación, con más de tres décadas de trabajo a sus espaldas, y muchos lo conocen como “el hombre que puso la ‘C’ de ‘comunicación’ en ‘TIC’ (tecnologías de la Información y la Comunicación)”. El último proyecto de Heppell se está desarrollando en España en colaboración con la Institución Educativa SEK y la Universidad Camilo José Cela, de donde es profesor visitante, siguiendo el modelo del aprendizaje por proyectos en el que el alumno adopta un lugar privilegiado.

“Simple y llanamente, nuestro objetivo es mejorar el proceso de aprendizaje”, explica a El Confidencial el ganador del Premio al Logro Extraordinario del BETT (British Education and Technology Training). Los avances tecnológicos son de radical importancia en ese sentido, ya que han permitido que los jóvenes “descubran lo que pueden hacer”. Por eso, el siguiente paso es lógico: “lo que hacemos es pedir a los alumnos a que diseñen la manera en la que adquieren un mejor conocimiento”.

Investigar para descubrir lo que se prefiere

Los entornos de aprendizaje del tercer milenio es un proyecto pionero en la Comunidad Europea que se desarrollará en diversos centros españoles y que solicitará a los estudiantes que organicen su propio espacio con el objetivo de “crear una receta que diga cómo debe ser su aprendizaje”.

Los propios estudiantes tienen que descubrir cuál es el entorno que más les favoreceHeppell recuerda que no se trata de consentir con todos los deseos de los alumnos ni de preguntarles lo que les gusta (“que puede ser cualquier cosa”), sino obligarles a que investiguen de qué manera pueden mejorar su propio proceso de aprendizaje. “Les pedimos que distingan los ingredientes de una buena educación. Tu investigación tiene que estar refrendada por datos, no sirve sólo con lo que te gusta”, señala Heppell. “Algunos de ellos pueden mirar otros proyectos en la red, o hablar por Skype con otros chicos que han desarrollado sus propios proyectos”.

En opinión del profesor, que ha colaborado con diversas empresas del Fortune 500, los alumnos mejoran con este sistema por tres razones. En primer lugar, porque “el espacio que crean es mejor para aprender”, puesto que averiguan cuáles son los condicionantes psicológicos que influyen en su proceso de adquisición del conocimiento; en segundo lugar, porque “aprenden a aprender, ya que reflexionan sobre su propio proceso y por ello, tienen mejores ideas”; en último lugar, aprenden a ponerse en el lugar del profesor y a entender las decisiones que toman: “Aprecian a los profesores y a los profesionales de la educación”.

Lo que marca la diferencia

Con este modelo, la mayor parte de  los alumnos descubre que cada mínimo detalle importa, incluida la luz de la clase o el sonido. “Así se dan cuenta por ejemplo de que cuando el ruido es muy alto resulta muy complicado aprender. Así que miran otras escuelas de Dinamarca o de Londres y descubren cómo controlan sus sonidos, para aprender a construir una clase más silenciosa”.

Debido a que el presupuesto es limitado, los alumnos tienen que ponerse de acuerdo en lo que es importanteAlgo que también ocurre con la luz: “Puede influir en la manera en que se sienten. Por ejemplo, el rojo por la mañana está bien, pero por la tarde es mejor el azul, verde, púrpura, incluso el amarillo. Así que inventaron un sistema en el que podías cambiar la luz con tu teléfono, lo que resolvía ese problema. Pero entonces se dieron cuenta de que se iban a gastar mucho dinero en ello y que quizá tendrían que priorizar otras cosas”.

Hay un factor esencial a la hora de desarrollar estos proyectos: los estudiantes tienen un presupuesto muy limitado, por lo que han de elegir correctamente entre aquellos elementos que pueden ser más importantes. En el sistema tradicional, son los profesores y directores los que deciden de qué manera va a ser la clase, en muchos casos, a partir de parámetros heredados por la costumbre. Con este sistema, pueden decidir cuál es el entorno que más los favorece.

Ello también les obliga a ponerse de acuerdo: “quizá hay 25 cosas que mejoran su rendimiento pero sólo pueden llevar a cabo 15, por lo que tienen que llegar a un acuerdo. También en otros temas sobre cómo limpiar el aula. Es bueno que sepan que aprender de la manera que ellos desean también tiene un coste”.

¿Una educación individualizada?

Ello llevaría a pensar que el modelo por el que apuesta este proyecto es el de la educación individualizada, pero Heppell va mucho más allá. “Por ejemplo, un día ventoso puede hacer que cambie totalmente el centro escolar”. Ello no quiere decir que la intervención sea imposible y que el día a día esté marcado por el azar, sino que precisamente deben crearse “nuevos centros ágiles, que puedan responder a las demandas de cada alumno en cada momento”.

Los alumnos han de explicar por qué han tomado cada una de sus decisionesEn realidad, el profesor cree que “aunque haya diferencias entre colegios, la mayor parte de cosas son comunes”. Por ejemplo, una división de espacios (“para trabajar en grupo, para hacerlo solos, para celebrar reuniones y exponer trabajos”) que se haya en consonancia con la teoría constructivista, que aseguraba que el protagonista mismo del aprendizaje es el propio alumno. “Es lo que debería ser el aprendizaje: deben aprender, saber aprender y saber qué quieren aprender y por qué”.

Una de las cualidades que los estudiantes desarrollan en este proceso es la “confianza en uno mismo”, puesto que han de exponer sus trabajos “ante mucha gente, quizá 250.000 personas”. Ello les obliga a trabajar con rigor, ya que tienen que explicar ante tanta gente “por qué han tomado cada una de las decisiones”.

El futuro de la educación

Heppell considera que uno de los problemas que señalan las encuestas de la OCDE (Organización para el Desarrollo y la Cooperación) es que ponen de manifiesto que “los chicos están deseando abandonar el colegio. Piensan ‘ya está, por fin’ cuando acaban”. Sin embargo, el objetivo de este proyecto es “que los chicos aprendan de por vida, que cuando abandonen el colegio sigan con ganas de aprender”, puesto que es una de las cualidades que les hará triunfar en la vida.

Los proyectos a largo plazo sirven para aprender que la satisfacción no es siempre inmediata“Los niños, más que ser creativos e imaginativos, tienen que saber resolver problemas, colaborando entre ellos mismos, y por eso hay que crear capacidad de sorpresa”, algo que considera no se hace muy a menudo. “Si llegas a un examen y lo que dicen es ‘espero no encontrarme con ninguna sorpresa’, estamos haciendo lo peor porque no les estamos preparando para un mundo lleno de sorpresas que no podemos anticipar”.

Una manera de atajar ese problema es, por ejemplo, proponiendo proyectos a largo plazo que trasciendan la habitual división del tiempo de los alumnos. “Están acostumbrados a exámenes semanales, obras de teatro mensuales, asignaturas trimestrales… Los proyectos a largo plazo con un reconocimiento que no es inmediato también puede enseñar que el trabajo da frutos que no tienen por qué disfrutarse mañana”.

Los políticos deben confiar en los niños y en los profesoresHeppell asegura en lo que respecta al papel de los profesores que, aunque muchos son reacios al cambio y a la adopción de nuevas tecnologías, no conoce a ninguno que “cuando ve el compromiso que los alumnos adquieren cuando aprende de la manera que les gusta y cómo mejoran su rendimiento, no se enganche a esa manera de aprender”. Los alumnos motivan a los docentes, y no al revés.

¿Qué ocurre con el papel de los políticos? “No es una crítica de las leyes o los políticos, pero tienen que plantearse que deben tener a los mejores estudiantes y luego dejar a los profesores y a los alumnos a que lleguen al consenso sobre cómo aprender mejor”. Para terminar, Heppell recuerda lo que le dicen los pequeños cuando se les pregunta sobre qué dirían a los ministros de educación: “confiad en nosotros, y sed ambiciosos para que podamos ser competitivos”.