Parece paradójico, pero no hay más que reflexionar sobre nuestra propia experiencia para reconocer que no cabe ninguna duda sobre ello. Existen un gran número de rasgos negativos asociados con aquellos que, a priori, intentan hacer del mundo un lugar mejor. Si se trata de un ecologista, rápidamente se le acusa de ser un hippy seguidor de Al Gore; si es una feminista, se trata de una loca quemasujetadores; y así, sucesivamente, los agentes del cambio social son ridiculizados uno tras otro.

¿Qué ocurre con todas esas organizaciones e individuos comprometidos? Muchos pensarían que su oposición al poder los hace peligrosos para el sistema y, por lo tanto, este se esfuerza en caricaturizarlos de todas las maneras posibles. Sin embargo, una reciente investigación se propone arrojar una nueva luz sobre este asunto.

Según el estudio, llamado El impacto irónico de los activistas: los estereotipos negativos reducen la influencia del cambio social, los activistas pueden ser, paradójicamente, los principales enemigos a la hora de conseguir los objetivos que persiguen. ¿Por qué? Porque existen unos estereotipos tan negativos asociados a ellos que muchos evitan comprometerse con ninguna causa por miedo a que los identifiquen con ellos.

Buenas causas, malas prácticas

Como indica el resumen del artículo, la mayor parte de los estudiados muestran comportamientos y actitudes en apariencia paradójicas: “A pesar de reconocer la importancia del cambio social en áreas como la igualdad o la protección del medio ambiente, los individuos a menudo evitan apoyar dichos cambios”. 

Los participantes señalaron que las feministas odiaban a los hombresHasta la fecha, la mayor parte de investigaciones a tal respecto se habían centrado en el objeto mismo del cambio social; ahora, por primera vez, el estudio se fija en los agentes del cambio social, es decir, los activistas. Y parece ser que la mayor parte de personas no tienen una opinión muy positiva sobre ellos.

“Los participantes mantenían estereotipos negativos de los activistas (feministas y ecologistas), independientemente del dominio de su activismo, viéndolos como excéntricos y militantes”, explica el artículo. “Es más, dichos estereotipos reducían la disposición de los participantes para afiliarse con activistas ‘típicos’ y, definitivamente, a adoptar los comportamientos que dichos activistas promueven”.

El grupo de investigadores de la Universidad de Toronto, encabezados por Nadia Bashir, y que han publicado los resultados de su estudio en el European Journal of Social Psychology, indican que esa es la principal resistencia que impide que muchas personas se comprometan con movimientos sociales.

No eres tú, soy yo

Para realizar su estudio, los investigadores han recurrido a diversos trabajos previos. En uno de ellos, los consultados consideraban que todos los activistas son iguales y definían a ecologistas y feministas a través de algunos de los términos peyorativos asociados con mayor frecuencia a ambos, como es el caso de que “odian a los hombres” y “son sucias” en el caso de las feministas, o llamando “abraza árboles” o “hippies” a los defensores del medio ambiente.

Pocos simpatizan con el activista 'típico', que participa en manifestacionesOtro estudio mostraba que las estrategias de protesta llevadas a cabo por el grupo eran clave a la hora de decidir si la causa levantaba simpatías o no. Como señalaban los resultados de la investigación, los participantes se mostraban mucho más dispuestos a colaborar con aquellos que organizaban eventos sociales o querían recaudar dinero (definidos como métodos “mainstream”) que los que acudían a actos de protesta.

En el último de ellos, los analizados (140 estadounidenses) tenían que leer un texto, que trataba sobre el cambio climático y la necesidad de hacer algo para detenerlo, y a continuación señalar si estarían dispuestos a colaborar. La diferencia para cada uno de los tres grupos participantes se encontraba en la manera en que se definía al activista: para unos se trataba de un ecologista “prototípico”, que participaba en manifestaciones; para otros, era un ecologista “atípico” (que recaudaba dinero para organizaciones) y el último grupo no aclaraba su tipo de colaboración. Pues bien, la mayor parte de los participantes mostraron mucha menos simpatía hacia el ecologista típico que con los de las dos restantes categorías.

Un cambio de actitud necesario

La moraleja del estudio es clara: si los activistas de cualquier campo (incluso otros como Occupy Wall Street o los derechos de los homosexuales, señalan los autores), pretenden que se les haga caso, es necesario ser menos vehementes en su comportamiento. “Desafortunadamente, la propia naturaleza del activismo conduce a la aparición de estereotipos negativos”, indica el artículo.

Los activistas más agradables y cercanos desafían los estereotipos“Al promover de manera agresiva el cambio y proponer prácticas poco convencionales, los activistas son asociados con la militancia hostil y la excentricidad y lo poco convencional”, proseguía el texto. “Por ello, esta tendencia a asociar a los activistas con estereotipos negativos y percibirlos como gente con la que sería desagradable trabajar reduce la motivación de los individuos para adoptar los comportamientos a favor del cambio que promueven los activistas”.

Quizá sean precisamente movimientos como el llamado grassroots, basado en la asociación espontánea, local y con unos objetivos muy concretos los que, en ese sentido, resulten más simpáticos para el ciudadano medio. Como indican los autores, los simpatizantes pueden verse más inclinados a apoyar “a aquellos que desafían los estereotipos siendo agradables y cercanos”. Y, por ello mismo, quizá ese tipo de movimientos sean los candidatos idóneos para acabar con los mitos que han rodeado al activismo político clásico.