Un minuto y medio. Este es el breve periodo de tiempo que una persona adulta necesita para ganarse la confianza de cualquier niño de hasta once años que esté jugando en el parque. Es un total desconocido para las víctimas, pero solo basta con un banal engaño (pedirles ayuda para ir a buscar a un perro o a otro niño) para llevárselos con él mientras su madre está despistada hablando por teléfono. El perfil de este adulto podría encajar con el de cualquier pederasta, aunque por suerte en esta ocasión, solo es un actor que participa en un experimento llevado a cabo en Reino Unido.

Las imágenes de este provocativo experimento, difundidas el martes en la televisión británica, han generado un fuerte debate en torno a los peligros que acechan a los menores y la necesidad de aumentar la vigilancia parental sobre ellos.

La reacción de la sociedad británica, así como la relevancia que le ha dado la prensa escrita al experimento (diarios como el Daily Mail o The Sun abrían ayer sus ediciones digitales con las imágenes) ponen de relieve un fenómeno social cada vez más acusado: el creciente temor de la mayoría de padres ante la vulnerabilidad de sus hijos. Unos miedos en ocasiones sobredimensionados y que pueden acabar reflejándose en el denominado overparenting o sobreprotección infantil.

El abuso sexual de menores es una de las mayores preocupaciones de los padres. Sobre todo cuando sus hijos creen contar con la capacidad suficiente para discernir quién les puede hacer daño o forzarlos en una relación a ir más allá de lo aceptable. En España no es fácil demostrar judicialmente la conducta delictiva de un adulto que mantenga relaciones sexuales con niñas a partir de 13 años si estas aseguran que fueron consentidas. Una problemática a la que se pretende hacer frente con la reforma del Código Penal, pues según el anteproyecto de ley se elevará la edad de consentimiento sexual de los 13 años, en los que está fijado actualmente, a los 16.

Los únicos países de la UE que establecen por encima de los 16 años la edad mínima para el consentimiento sexual son Irlanda, Chipre y MaltaCon este cambio, España dejaría de ser el país de la UE con el límite más bajo para convertirse en uno de los que más alto lo tienen, al igual que Letonia, Bélgica, Lituania, Luxemburgo, Holanda, Noruega y Reino Unido. Solo Irlanda, Chipre y Malta establecen la edad mínima por encima de los 16 años. La mayoría de ordenamientos jurídicos en los países miembros de la UE establecen la edad mínima para el consentimiento sexual o bien a los 14 años (Alemania, Italia, Portugal, Hungría, Austria, Bulgaria, y Estonia) o bien a los 15 (Francia, Polonia, Rumanía, Grecia, República Checa, Suecia, Dinamarca, Eslovaquia y Eslovenia).

Los mecanismos de defensa se multiplican

Para la psicóloga forense Blanca Vázquez, que ha tenido que lidiar con este tipo de casos en los juzgados madrileños, se trata de una medida positiva “a nivel de conducta delictiva”, pues facilita el encausamiento de los agresores. Al mismo tiempo, señala que la reforma puede servir como medida preventiva, dejando claro a los adultos que mantener relaciones con menores de 16 años es un hecho constitutivo de delito. Unos abusos demasiado frecuentes que, según la psicóloga forense, se deben al hecho de que la sociedad ha pasado muy rápido “de la represión sexual absoluta a la liberación máxima, entendida como banalización”.

Las estrategias adoptadas por los progenitores para defender a sus hijos de posibles problemas o abusos son cada vez más desproporcionadasLas estrategias adoptadas por los progenitores para defender a sus hijos de posibles problemas o abusos son cada vez más desproporcionadas. Vázquez llama la atención sobre la tendencia a la “infantilización” de los adolescentes y jóvenes, que “hasta los 35 o los 40 años no se les llama adultos”. Estas actitudes presentan la paradoja de que “por un lado se educa a los niños en el todo vale, pero por otro se les protege mucho para que no tengan problemas”.

Una de las restricciones más radicales ha sido la anunciada por las autoridades educativas de Israel. La educación afectivo-sexual en los colegios israelíes estará vetada hasta los 15 años. Una medida que afectará también a los libros de texto, que ni siquiera podrán reproducir contenidos relacionados con la reproducción sexual o la anticoncepción. Según un comunicado del ministerio de Educación israelí, este tipo de contenidos “no encajan con los objetivos educativos del sistema religioso estatal para los estudiantes de secundaria”.

Las consecuencias en la edad adulta

La sobreprotección infantil no está exenta de efectos negativos a largo plazo, tanto en el plano educativo, como emocional, intelectual y relacional. “Produce numerosas dificultades en su madurez, como las inseguridades, la falta de autonomía, las fobias y hasta de los trastornos de alimentación”, según sostiene Esther Gómez, experta en psicoterapia infanto-juvenil y de adultos. La experiencia es la base del aprendizaje, y las equivocaciones forman parte de este proceso. Sin ellas, añade la psicóloga, es muy probable que el niño se perciba a sí mismo como un “incapaz”.

La sobreprotección fomenta las inseguridades, la falta de autonomía, las fobias y hasta los trastornos de alimentaciónLa falta de autonomía conduce a la inmadurez, por lo que Vázquez subraya la necesidad de favorecer la libertad, “en el buen sentido”, para que los niños aprendan a manejarse y controlar las situaciones problemáticas a las que tarde o temprano tendrán que enfrentarse por sí mismos. Con sobreprotección no podrán desarrollar sus propias “estrategias de confrontación” para resolver conflictos. “Ahora, por ejemplo, acostumbramos a que nuestros hijos siempre tengan dinero, por lo que si se quedan sin él no saben ni volver a casa y tienen que llamar a sus padres, en cambio antes se sabían buscar mejor la vida”, añade la psicóloga.

Los resultados del estudio Can a parent do too much for their child?, llevado a cabo por investigadores de la universidad de Queensland (Australia), ponen el énfasis en las negativas consecuencias en los niños de la sobreprotección parental. “Carecerán de los recursos emocionales necesarios para hacer frente al fracaso por ellos mismos”, lo que les provocará un estado de “indefensión e impotencia”. Uno de los educadores participantes en el estudio advirtió sobre el hecho de que “los niños han dejado de asumir la responsabilidad de sus actos y las consecuencias naturales de estos”.

Lo más adecuado, como mantiene Vázquez, es intentar buscar el equilibrio para no caer en la sobreprotección. “Ni es buena la libertad total ni el control parental absoluto. En el término medio está la virtud”, sentencia.