¿Quieres ser más imaginativo, más creativo, más ingenioso? ¿Quieres lidiar mejor con los problemas complicados? ¿No te gustaría encontrar nuevos modos de afrontar los retos que se te presentan en el día a día? ¿No te parecen estas preguntas, acaso, las de un anuncio de la teletienda?

Lo curioso de los tiempos modernos es que hasta la inteligencia puede remediarse con cápsulas milagrosas, en este caso en forma de claves para convertirse en un mejor pensador.

Si bien muchos de nosotros desearíamos pensar ‘mejor’, con más agilidad mental, dando con soluciones más prácticas, ¿cuándo fue la última vez que nos paramos a pensar acerca del modo en que razonamos?

En realidad, puede resultarnos muy difícil evaluar si contamos con un método para tomar decisiones que aplicamos siempre del mismo modo y si le dejamos la engorrosa tarea al instinto. Tampoco tenemos por qué saber a ciencia cierta si nuestra manera de relacionar los diferentes conocimientos que poseemos es la adecuada, o si seguimos una serie de pasos en nuestro proceso cognitivo.

Pensar es una habilidad como otra cualquiera y algunos expertos creen que es algo que se puede practicar y mejorar

Nos seduce pensar que los genios lo son porque sí, porque nacieron brillantes, del mismo modo que preferimos considerar que si Usain Bolt corre así de rápido es porque sus potentes genes se lo permiten y, en consecuencia, a nosotros los nuestros no (en ningún caso, razonamos, se debe a que este tipo se someta a entrenamientos durísimos y nosotros estemos aquí en el sofá comiendo patatas fritas mientras lo vemos correr).

La discusión da para mucho, de hecho. El famoso debate entre la biología y la genética (¿el hábito hace al monje o no?) es lo que los anglosajones llaman nature vs. nurture, lo innato frente a lo aprendido. Por supuesto, no hay por qué simplificar estas dos opciones: nadie nos obliga a elegir entre la una y la otra y, probablemente, la clave del éxito en cualquier disciplina se deba a una mezcla de ambas. La genética y el conocimiento aprendido funcionan, además, como elementos que a menudo se retroalimentan: nos gusta hacer lo que se nos da bien y, en consecuencia, lo practicamos más, y afianzamos nuestros conocimientos sobre ello.

En ese sentido, pensar es una habilidad como otra cualquiera y, aunque podemos estar más predeterminados a razonar de una u otra manera, algunos expertos creen que es algo que se puede practicar y mejorar: como correr. Así lo consideran Edward B. Burger y Michael Starbird que, en su libro The Five Elements of Effective Thinking, presentan algunos métodos prácticos que presuntamente nos ayudarán a mejorar nuestro modo de pensar. Según la introducción del libro, uno puede elegir libremente si quiere tener éxito o no, siguiendo cinco hábitos que se pueden incorporar perfectamente a nuestra vida y que nos harán más inteligentes. En el libro no sólo se explican con detalle, sino que se concretan en su realización práctica.

Comprender profundamente

No debemos enfrentarnos a asuntos complejos de manera frontal: primero hay que comprender las ideas más simples en profundidad. Hay que limpiar la mente de todo lo prescindible y quedarnos sólo con lo que es realmente importante, fijándolo bien en nuestro cerebro. Además, tenemos que ser brutalmente honestos acerca de lo que sabemos y lo que no. Para aprender algo nuevo, el paso número uno es reconocer que lo desconocemos y, así, propiciar las ganas de suplir esa laguna. Olvida todos los prejuicios y las nociones preconcebidas: tal vez creas conocer algo porque has oído hablar de ello repetidas veces, pero en realidad serías incapaz de explicarlo (“—Papá, ¿qué es la prima de riesgo? –Pregúntale a mamá”). Hay muchos niveles de comprensión, y siempre puedes ir más allá, sea cual sea el tema de que se trate. Una compresión sólida de la base es el primer paso para el éxito.

Cometer errores

Hay que equivocarse. Los errores son grandes profesores, resaltan los caminos por los que debemos continuar en nuestro aprendizaje, así como los que debemos descartar. Además, fomentan tu imaginación.

Hacer preguntas

Hay que hacer(se) preguntas constantemente para clarificar, ampliar y ratificar tu conocimiento. Trabajar en base a las preguntas equivocadas es la mayor pérdida de tiempo. Por el contrario, las preguntas correctas te ayudarán a ver conexiones que de otra manera se habrían mantenido invisibles. De hecho, aprender no consiste en encontrar respuestas de nada (¡ya quisiéramos nosotros!), sino en dar con la pregunta pertinente.

Seguir el flujo de ideas

Observa de dónde proceden las ideas que tienes y a dónde pueden llegar a parar. Una nueva idea es siempre un principio, nunca un final (“una conclusión es un sitio donde alguien se cansó de pensar”). Exprime tus ideas: por pequeñas que parezcan, pueden dar lugar a grandes resultados.

Cambiar

El cambio –paradojas de la vida– debe ser una constante. Haciendo las mismas cosas obtendrás siempre los mismos resultados, de modo que investiga, duda, cambia y siempre aspira a más, pues el conocimiento no tiene fin. Siguiendo estos términos, el éxito está asegurado.