La frecuencia del acoso infantil y sus manifestaciones más evidentes se han reflejado en los medios de comunicación en los últimos años, y han pasado a ser objeto de estudio de psicólogos e investigadores, pero hasta hace muy poco apenas se les prestaba atención. Existía, tal vez, la extendida creencia de que el acoso infantil no era tal, sino simplemente peleas, riñas, un problema temporal que formaba parte inevitable del crecimiento. Los niños son crueles. ¿A quién no le han pegado en el cole? ¿Quién no tenía en clase un compañero “marginado”? Estas prácticas, además, en el mundo rural del que España proviene no eran en absoluto consideradas como perniciosas: los niños se pegan, los niños se insultan.

Pero los tiempos modernos están poniendo cada vez más atención a un problema que tiene ya nombre propio. El bullying o acoso infantil parece no ser tan inofensivo. No se trata de niños que se pegan entre sí, sino del sufrimiento real que padecen algunos chavales.

Quizás lo más importante del tema es que las consecuencias de este acoso no son en absoluto transitorias, no se trata de un padecimiento que el niño sufre durante un tiempo razonable y luego olvida. El bullying deja importantes secuelas que se revelan en la edad adulta, tal y como demuestra un reciente estudio publicado esta semana en Psychological Science.

Los detalles del estudio

Investigadores de la University of Warwick y del Duke University Medical Center han rastreado la salud de más de 1.400 niños de Carolina del Norte. Sus edades oscilaban de los nueve a los trece años.

No podemos seguir disculpando el bullying, considerándolo inofensivo, casi inevitable, parte del crecimiento

La investigación comenzó en 1993 y, a partir de entonces, los analistas han evaluado la salud de los sujetos cada año hasta los dieciséis. También cotejaron su estado más tarde, a los diecinueve, los veintiuno, los veinticuatro y los veintiséis. Además, a los padres se les preguntó si consideraban que sus hijos habían padecido acoso, o si habían acosado a otros niños.

Aquellos chavales que habían sido víctimas de bullying eran más tendentes a la obesidad y a otros problemas graves de salud cuando se hacían mayores, incluyendo diabetes o cáncer. Además, tenían más probabilidades de ser incapaces de afrontar relaciones (de pareja y amistad) a largo plazo, así como de mantener trabajos fijos.

Los damnificados eran tanto las víctimas como los acosadores. Todos ellos tenían hasta seis veces más posibilidades de fumar cigarrillos, padecer diabetes y desarrollar un cáncer (esto último, probablemente como resultado de sus peores hábitos de salud). Además, eran seis veces más tendentes a padecer un desorden psiquiátrico y todos ellos tenían más papeletas para ser arrestados por diversos crímenes o delitos.

Cómo atajar el acoso infantil

“No podemos seguir disculpando el bullying, considerándolo inofensivo, casi inevitable, parte del crecimiento”, ha dicho en un comunicado de prensa Dieter Wolke, uno de los autores del estudio. “Tenemos que cambiar esta mentalidad y hacernos conscientes de que se trata de un problema serio para el individuo y para la sociedad; los efectos son duraderos y significativos”, concluía el investigador.

Ya en 2011 un informe del Centers for Disease Control and Prevention mostraba que el treinta por ciento de los adolescentes americanos admitían haber sido víctimas o perpetradores de, al menos, un “bullying moderado”. De ese grupo, hasta un seis por ciento dijo que había sido tanto paciente como actante del acoso.

El 30% de los adolescentes americanos admitían haber sido víctimas o perpetradores de, al menos, un 'bullying moderado'

Mientras que numerosos estudios e informes habían detallado lo efectos del acoso en los adolescentes, sus efectos duraderos han recibido escasa atención. Sin embargo, recientemente se han realizado no pocos estudios al respecto, y todos ellos muestran que el bullying puede desembocar en problemas notables que perduran a lo largo de nuestra vida. Las alertas para la prevención de este fenómeno son, pues, constantes.

Un estudio publicado en junio relacionaba el bullying entre hermanos con la depresión y la ansiedad. Otro, realizado este año, concluyó que los estudiantes que habían sufrido acoso tenían más posibilidades de padecer depresión y de experimentar pensamientos suicidas.

“Algunas intervenciones se están ya llevando a cabo en los colegios, pero se necesitan nuevas herramientas que ayuden a los profesionales a identificar, monitorizar y manejar los efectos negativos del bullying”, afirma Wolke. El reto es, en cualquier caso, acabar con estas prácticas escolares como sea: aun si sus efectos perniciosos no fueran tan duraderos, no es el padecimiento deseado para ningún niño, que debe asistir al colegio, si no feliz (para muchos las clases son un suplicio), al menos tranquilo.