Si hace unos pocos años eran los zombis los protagonistas de las películas de terror estivales, parece ser, con echar un simple vistazo a la cartelera, que las posesiones y las casas encantadas con visitantes vengativos han ocupado su lugar. En ambos casos, el origen de la amenaza es semejante: por una parte, el muerto que retorna para tomarse la justicia por su mano; y por otra, unos ex humanos deseosos de devorar unos cerebros.

En un momento en el que el cine de terror parece haber agotado muchas de sus fórmulas para escalofriar al espectador, la industria ha encontrado en el rótulo “basado en hechos reales” una útil justificación externa para susurrar al que está sentado en la butaca “tiembla, esto podría ocurrirte a ti”. Incluso El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973) se basaba de manera bastante general en un exorcismo que tuvo lugar en Maryland a finales de los años cuarenta.

Como cabe esperar, en muchas ocasiones, la interpretación de estos “hechos reales” es bastante libre, cuando no directamente inventada. En otras, se aprovecha la ambigüedad que rodea algunos casos criminales sin resolver como material idóneo para la ficción. Pero, ¿de qué manera reflejan la realidad algunas de las películas sobre posesiones más célebres?

Expediente Warren: The Conjuring (The Conjuring. The Warren Files, James Wan, 2012)

Uno de los grandes éxitos del verano –tanto de público como de crítica– tiene como catalizadores a dos de las figuras más controvertidas del mundillo paranormal estadounidense, Ed y LorraineWarren, que dedicaron su vida a la “demonología”, abrieron el Occult Museum y fundaron la Sociedad de Nueva Inglaterra para la Investigación Psíquica. Afirmaron haber realizado más de 10.000 exorcismos a lo largo de su carrera (este es uno de ellos), y su carrera ha sido objeto habitual de controversia. Sin embargo, los Perron, auténticos protagonistas de la historia, defienden que todo lo ocurrido es cierto y han participado de manera activa en la promoción de la película. De los Warren también surge el material que dio forma a otra película de terror, Terror en Amityville (The Amityville Horror, Stuart Rosenberg, 1979), y a sus incontables secuelas.

Devil Inside (William Brent Bell, 2012)

La película cuenta la historia de Isabel Torelli, que investiga las razones que condujeron a su madre a asesinar a tres personas en 1989, por lo que fue ingresada en un centro psiquiátrico y que, aparentemente, estuvieron relacionadas con un exorcismo fallido. Efectivamente, las muertes tuvieron lugar, pero quizá la subtrama satánica esté un poco introducida por los pelos. Según la información aparecida en los periódicos de la época, Maria Rossi asesinó a su vecina de 70 años Edna Philips junto a su amiga Christina Molloy, cuando ambas tenían 17 años. Quizá fue la brutalidad del asesinato –estrangularon a la anciana y reventaron huevos sobre el cadáver–, unido al hecho de que Maria fue encontrada cantando “hemos matado a Edna” con la melodía de El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) lo que llevase a pensar en la posibilidad de la posesión infernal.

El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, Scott Derrickson, 2005)

La película protagonizada por Laura Linney y Tom Wilkinson cuenta la controvertida historia de Anneliese Michel, una joven que murió en 1976 tras ser sometida a 67 ritos de exorcismo. Como cuenta la película, el caso de la alemana estuvo bañada por la polémica ya que, tras su fallecimiento, un jurado dictaminó que tanto los padres de Anna como dos de los sacerdotes que participaron en el proceso de exorcismo de la joven eran culpables de homicidio por negligencia. Los forenses señalaron que los problemas de la joven eran de índole médico y podrían haber sido solucionados por la ciencia. El largometraje, bastante fiel a los hechos, no gustó a los miembros supervivientes de la familia.

El exorcista (The exorcist, William Friedkin, 1973)

La obra canónica del género también fue inspirada por un acontecimiento real. En este caso, el exorcismo de un joven de 13 años denominado Roland Doe (un apodo que ocultaba su nombre real) que, según cuentan los archivos de la Iglesia que relatan su exorcismo, emitía extraños ruidos, podía mover los muebles a su propia voluntad y que tras 30 tentativas de exorcismo fue finalmente sanado por el reverendo Edward Hughes en el hospital universitario de Georgetown. Dicha historia fue una de las fuentes de inspiración principales para la novela de William Peter Blatty que posteriormente saltaría a la gran pantalla. Lo cierto es que al joven Doe le fue mucho mejor que a Linda Blair, la niña que interpretaba a Reagan, que atravesó un calvario de drogas antes de triunfar en la equitación. A diferencia de otras películas de esta lista, Friedkin nunca presumió de basarse en hechos reales.

The Possession (El origen del mal) (The Possession, Ole Bornedal, 2012)

En esta ocasión, el terror surge de una caja de madera comprada de manera inocente en un mercadillo, de la que surge un maléfico espíritu procedente de la cultura hebrea. El objeto fue localizado por primera vez en una puja por eBay en la que la caja terminó costando más de 300 dólares. Esta pertenecía a Kevin Mannis, que aseguraba haberla adquirido de una superviviente del Holocausto de 103 años, y se desprendía de ella puesto que después de su compra comenzaron a suceder extraños acontecimientos. Por ello, la vendió por internet a Losif Nietzke, que también comenzó a tener problemas: se rompió los dedos, sufrió una plaga de ratas y fue víctima de una alopecia incipiente. Ahora, la caja se encuentra en el Instituto de Medicina Ostepoática de Kirksville.

Exorcismo en Connecticut (The Haunting in Connecticut, Peter Cronwell, 2009)

El caso más claro que demuestra la amplia barrera que separa la realidad de la ficción (y los deseos de los productores cinematográficos). La película se basa en una novela llamada In a Dark Place: The Story of a True Haunting (Villard), escrita por Ray Garton, en la que se relataba la historia de la familia Snedeker. El autor no tendría reparos en reconocer que su historia era pura ficción y que de hecho había pretendido promocionarla como tal, pero que su editor había insistido en presentarla como una historia real. De hecho, Ed y Lorraine Warren también participaron en dicha investigación y, en palabras del propio Garton, le animaron a darle un poco de color al asunto y hacerlo más terrorífico.