CÓMO ES IRSE DE CASA EN ESPAÑA Y EN EUROPA

Así cualquiera: por qué se independizan tan rápido y tan fácil los jóvenes europeos

Esta es la segunda parte del reportaje A Fondo: Irse de casa en España y Europa, cuya primera parte se publicó ayer. Las grandes diferencias

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Así cualquiera: por qué se independizan tan rápido y tan fácil los jóvenes europeos
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    Esta es la segunda parte del reportaje A Fondo: Irse de casa en España y Europa, cuya primera parte se publicó ayer.

    Las grandes diferencias entre la situación en España, Portugal o Italia y los países del norte de Europa se deben a la distinta situación económica y a las diversidades culturales. El experto Adolfo de Luxán considera que a menudo las razones son económico-culturales, y señala como ejemplo el hecho de que en España estamos habituados a comprar un piso, no a alquilarlo. Para que esto sea posible la situación financiera ha de ser holgada, cosa que no sucede entre los jóvenes debido a las razones que estamos desglosando.

    Sean las razones económicas o culturales, lo que sí parece estar claro es que el modelo de sociedad varía entre el norte y el sur. Italia, Portugal, España, Grecia… son países en los que la sociedad se estructura en torno al núcleo familiar de manera notable. El vínculo entre padres e hijos es mucho mayor, el arraigo es mucho más fuerte y las relaciones son más intensas. Aún cuando los hijos se han ido ya de casa, la comunicación es constante con sus progenitores. Alemania, Noruega, Finlandia y otros países del norte entienden la relación familiar de manera más práctica, el arraigo es menor y todos los padres entienden que sus hijos se irán de casa cuando ronden la mayoría de edad. Francia podría suponer un término medio entre estas dos tendencias tan delimitadas geográficamente.

    En cualquier caso, la sociedad mediterránea parece tener un concepto de la familia mucho más arraigado, y aunque todos estos países se parecen a este respecto Italia lleva la delantera desde hace años. Ilustran el fenómeno los llamados mammoni o, con un término que parece haberse puesto de moda en los últimos tiempos, bamboccioni. Se trata de niños grandes acusados de un leve síndrome de Peter Pan y que no quieren abandonar la casa familiar. La vida en casa es cómoda y los vínculos con la familia son fuertes. Cabe cuestionarse si esos lazos son sanos, y si el mundo moderno casa todavía con este tipo de organización social tan tradicional. Stefano, el estudiante italiano antes mencionado, rechaza este tipo de pereza a la hora de abandonar el nido. No obstante, es consciente también de los beneficios que supone. Cuando se le pregunta si alguna vez ha recibido ayuda económica de sus padres, responde: “Nunca he recibido ningún tipo de ayuda económica cuando he vivido solo. Pero nunca he ayudado a mi familia cuando vivía con ellos. Me parece justo”.

    En Europa, la mayor estabilidad de la economía, así como la destinación de fondos a educación y cultura, hacen viable la temprana independencia de los jóvenes. En países como Alemania o Francia hay una amplia oferta de becas que ayudan a los estudiantes, no sólo a pagar el alquiler, sino también a tener un fácil acceso a cines, museos y otra serie de ofertas culturales cuyo precio suele ser considerable.En Alemania, Noruega, Finlandia y otros países del norte se entiende la relación familiar de manera más práctica y con menos arraigo

    Katharina Retzlaff es una alemana de 28 años que vive fuera de casa desde que tiene 20, justo después de acabar el bachillerato. Estuvo un año trabajando y, más tarde, cuando empezó la carrera, comenzó a simultanear estudios y vida laboral. “Cuando comencé mis estudios, evidentemente ganaba menos dinero, pero tenía una ayuda del Estado: una beca basada en criterios sociales, según la cual recibes una cantidad de dinero en función de la renta de tus padres”, confiesa esta berlinesa, que termina añadiendo: “Además, siempre he tenido un trabajo al tiempo que estudiaba, lo que es estresante pero posible, y necesario si quieres ser independiente de tus padres”. La joven considera que los pisos compartidos entre varios estudiantes son muy frecuentes en Alemania, dado que ofrecen muchas ventajas, empezando por que el alquiler sale más barato. Pero, además, para Katharina es una experiencia enriquecedora a todos los niveles.

    Es verdad que la independencia económica no es absoluta: los jóvenes se benefician de becas estatales y, a menudo, de ayuda de familiares, bien de manera constante durante el año o bien porque los progenitores les pagan las vacaciones de verano, tal o cual curso de inglés o les regalan por Navidad unas clases de yoga. Es el caso de Yannick Tautphäus, un alemán de 26 años que admite que durante toda la carrera ha vivido fuera de la casa familiar y, sin embargo, son sus padres quienes le han mantenido económicamente. Pero esa situación se considera normal, como cuenta Yannick: “Yo, como la mayor parte de mis amigos, dejé la casa de mis padres cuando empecé la universidad”, para concluir diciendo que conoce “sólo unos pocos amigos que han seguido viviendo en casa de sus padres al empezar la carrera, y todos se han mudado mientras aún seguían estudiando.” Además de los pisos compartidos de los que hablaba Katharina, Yannick conoce mucha gente que vive en residencias universitarias, la opción más barata. Este alemán comenta que en su país es frecuentísimo cambiar de ciudad para poder estudiar, y es una apreciación que no debemos dejar escapar. En España hay muchísimas universidades y es lícito preguntarse si no mejoraría la calidad de la educación si hubiera menos y más especializadas. Esto supondría, en efecto, que la necesidad de trasladarse fuese mayor pero –contando con las facilidades pertinentes– la movilidad no tendría por qué ser un problema. 

    En esa línea cabe destacar el ejemplo de Francia, donde el estudiante es tenido en consideración a todos los efectos. La SNCF, principal sociedad ferroviaria francesa, ofrece desde hace tiempo la conocida carte 12-25 (“tarjeta 12-25”), gracias a la cual los estudiantes que se encuentren en esa franja de edad se ven beneficiados de notables descuentos

    Francia cuenta con una ayuda estatal para la vivienda que se oferta a todos los estudiantesAdemás, ahora cuentan también con la nueva tarjeta de reducción joven 18-27: los mayores de edad que aún no alcancen la treintena pueden obtener hasta el 60% de rebaja en su viaje en tren. 

    Asimismo, el país vecino cuenta con una ayuda estatal para la vivienda que se oferta a todos los estudiantes, sea cual sea la renta de los padres (las proporciones de dinero cedido, como parece lógico, varían según los casos). Es la llamada CAF (Caisse d’allocations familiales), de la que se benefician numerosos jóvenes, tanto franceses como de otros países de europa, pero residentes en el país galo. Estos estudiantes tienen, por otra parte, una tarjeta que les permite desayunar, comer o cenar en los restaurantes universitarios (Resto U) y, presentando su carné de estudiante, obtienen reducciones de hasta la mitad de precio en cines, museos y teatros.

    Se suele señalar que en estos países del norte de Europa la vida es más cara que en España, pero esta afirmación se vuelve falsa si hablamos de la vida de los jóvenes entre veinte y treinta años, aproximadamente. 

     

    El caso de Noruega

    El caso radicalmente opuesto al mediterráneo es el de los países nórdicos. Tomemos como ejemplo Oslo, la capital noruega, donde estudia medicina Oystein Maugesten, un joven que afirma que en su promoción “de 100 estudiantes de medicina en Oslo hay un único chico que no ha dejado la casa de sus padres”. 

    Las universidades y las escuelas superiores en Noruega son en general gratuitas (hay excepciones, sobre todo en el campo de la economía y de las artes). Como afirma Oystein, no hay apenas tasas: él ha pagado este año 50 euros de “tasas de fotocopiadora”. La declaración sorprende cuando uno piensa en las miles de fotocopiadoras que se albergan en los más insospechados rincones de la facultad de Filología, Filosofía y Geografía e Historia de la Universidad Complutense, todas ellas decoradas con un flamante cartel en el que se lee un desganado “Fuera de servicio”. Por supuesto, el estudiante en España paga sus propias fotocopias cada vez que las necesita. El caso radicalmente opuesto al mediterráneo es el de los países nórdicos

    A pesar de que los estudios son gratuitos, los estudiantes necesitan dinero para vivir fuera de casa. El 95% de los estudiantes en Noruega se beneficia de un préstamo bancario a cargo del gobierno. Se trata de un préstamo sin intereses durante los estudios (el interés comienza un año después de haber terminado la formación), y consta de 1.000 euros mensuales, 10.000 euros al año, ya que las vacaciones no se pagan. Si el estudiante aprueba todos sus exámenes, se le rembolsa un 40% de dicho préstamo. Oystein lo explica claramente: “El año pasado obtuve el préstamo de 10.000 euros al año, aprobé todos los exámenes y ahora debo 6.000 euros al Estado, que comenzaré a pagar una vez tenga trabajo”. Además, el estudiante noruego declara que, aunque el total de dinero que se debe al final es cuantioso, la tasa de paro es bajísima y la inmensa mayoría de los estudiantes son contratados nada más terminar la carrera, por lo que lo habitual es pedir el citado préstamo. La educación se ve como una inversión y nadie duda a la hora de beneficiarse de estas facilidades económicas. En cualquier caso, si al acabar la carrera el estudiante se sorprende en el paro puede pedir una suerte de congelación de su deuda, que se retiene hasta que el joven encuentra un trabajo.

    Este préstamo se ofrece a todos los estudiantes, sin importar la renta anual de los padres. No obstante, 1.000 euros al mes son algo escasos para vivir en Noruega, según confirma Oystein, por lo que la mayoría de los estudiantes tienen un pequeño trabajo complementario o reciben ayuda financiera de sus padres. El joven considera “un poco tabú confesar que tus padres te ayudan con un cierto dinero al mes, yo conozco muy poca gente que lo reconoce. La mayoría de mis amigos, yo incluido, tienen pequeños trabajos en cafeterías, asilos…”.

    Podemos plantearnos si a largo plazo es éste un modelo verdaderamente beneficioso. Pero lo que es innegable es que, para el estudiante noruego, cómo obtener ingresos para viajar, formarse en otros lugares o vivir con sus amigos son preocupaciones inexistentes.

    La comparación con España

    No es difícil en este punto hacerse una idea de por qué la independencia es tan complicada para el joven español. Además, se produce de manera más brusca: el español no va dejando de depender paulatinamente de sus padres, como sucede en Francia o Alemania, sino que se va de casa cuando puede sustentarse él mismo. 

    Hay excepciones, como siempre, pero responden a situaciones muy concretas. Jaime González, un madrileño de 23 años, aprovechará el verano para mudarse con dos amigos a un piso. El plan le resulta factible porque el apartamento es propiedad de su abuela, que le deja el alquiler a un precio muy bajo, y porque sus familiares contribuirán con una cantidad de dinero al mes que le permita poco a poco ir despegando. Jaime, licenciado en Antropología a punto de comenzar un máster, cuenta con realizar trabajos esporádicos que requieran escasa cualificación. Sus futuros compañeros de piso se benefician del precio del mismo, y la situación a otros niveles es parecida. A Miguel, que terminará la carrera el curso que viene, sus padres le ayudan “en situaciones críticas”.  Los ingresos vienen de donde sea. Lo importante es que vengan

    Va a trabajar y a estudiar al mismo tiempo, y confiesa con realismo: “Los ingresos vienen de donde sea. Lo importante es que vengan”. Finalmente, añade con cierta resignación: “Más quisiera un trabajo estable que no signifique ser becario de por vida”. María, la tercera en discordia, cuenta que sus ingresos provienen “de pequeños trabajos”, pero que le “encantaría encontrar un trabajo estable”. Por el momento, son sus padres los que la ayudan.

    Sin embargo, aunque todos los jóvenes manifiestan sus deseos de irse de casa, tal y como ha comprobado el sociólogo Pérez Camarero, no todos están dispuestos a pagar ese precio y tener que sacrificar la atención que le dedican a su formación para ganar unos eurillos al mesPaloma Jiménez tiene 20 años y es estudiante de Odontología. “Yo lo que quiero es trabajar mientras hago el máster, como auxiliar, por ejemplo”, afirma la estudiante. Si con eso pudiera independizarse, lo haría. “Quiero irme pronto de casa, pero sólo teniendo un trabajo estable y relacionado con lo mío”. El principal problema es que, en la España actual, que una joven como Paloma tenga un trabajo estable, con un contrato digno, que le permita independizarse pronto y (¡además!) que responda a la disciplina en que se ha formado parece un cuento de hadas. Y todos sabemos que en la vida real los príncipes azules no existen. Quizás haya otras cosas que puedan ser de mayor utilidad. Un príncipe noruego, por ejemplo.

    Alma, Corazón, Vida
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