EL FIN DE LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Los productos que duran toda la vida existen, pero no interesan

La obsolescencia programada… la deriva de la sociedad del consumo. Bajo este clarividente título, el Centro Europeo del Consumidor (CEC) ha presentado un demoledor informe que

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    La obsolescencia programada… la deriva de la sociedad del consumo. Bajo este clarividente título, el Centro Europeo del Consumidor (CEC) ha presentado un demoledor informe que ha puesto contra las cuerdas a los fabricantes de productos con una vida útil planificada deliberadamente de antemano.

    Impresoras que dejan de funcionar al llegar a un número determinado de impresiones; lavadoras que se estropean a los 2.500 lavados exactos y ya no se pueden reparar; baterías de móviles programadas para que duren menos de dos años; televisores limitados en 20.000 horas de duración… son solo algunos ejemplos de las estrategias utilizadas por los fabricantes para reducir la vida útil de los productos. Y es que los bienes que compramos ya no duran lo mismo que hace unos años.

    En Francia, estas prácticas llevan años levantando duras críticas entre las asociaciones de consumidores hasta el punto de que el grupo ecologista galo ha elevado al Senado una propuesta de ley para ponerle freno a estas estrategias comerciales. Las exigencias de mínimos que proponen coinciden con las recomendaciones hechas por el CEC a la UE: etiquetar los productos con la vida útil estimada por el fabricante, así como obligar por ley a incrementar la duración media de una lista de productos y, si se estropean antes, la garantía debería cubrir su coste.

    Una lista interminable de artículos

    Pocos son los productos que no están “programados para morir”, desde los automóviles hasta las medias. Sin embargo, entre ellos sobresale una serie de artículos, de esos que antes duraban para toda la vida, pero que ahora se han diseñado para funcionar, en el mejor de los casos, no más de dos o tres años. Estos son algunos de los ejemplos más polémicos denunciados en el famoso documental ‘Comprar, tirar, comprar’, dirigido por Cosima Dannoritzer, y en la numerosa bibliografía que pone el foco en esta cuestión.

    Bombilla: cuando Edison puso a la venta su primera bombilla en el año 1881, la duración de este artículo ascendía a las 1.500 horas. Tres décadas después, se publicaba un anuncio en la prensa española donde se destacaban las bondades de una marca de bombillas con una duración certificada de 2.500 horas. Sin embargo, en 1924, un cártel que agrupaba a los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactó limitar la vida útil de las bombillas eléctricas a 1.000 horas.

    Medias de nailon: cuando los laboratorios DuPont comenzaron a comercializar este tipo de medias, a finales de los años 20, eran prácticamente irrompibles. Su éxito entre las mujeres fue total, pero descendió la venta de este tipo de productos porque no necesitaban comprar otras nuevas. Pocos años después, se comenzaron a comercializar unas medias más frágiles y que se rompían con extremada facilidad, lo que multiplicó el número de ventas.

    Impresoras: la gran mayoría de estos productos contienen un chip que registra el número de impresiones. Cuando estas llegan al límite marcado por el fabricante, automáticamente dejan de funcionar. Existe la posibilidad de repararlas, pero sale más barato comprar una nueva. La única alternativa está en los programas de software libre,como Vitaly Kiselev, que resetea el chip limitador para que la impresora siga imprimiendo.

    IPods y productos tecnológicos en general: cuando Apple sacó al mercado los primeros iPods, la batería les duraba entre 9 y 12 meses. Pasado ese tiempo la única opción posible era comprarse uno nuevo. El asunto llegó a los tribunales de la mano de una demanda colectiva de los usuarios. La presión judicial hizo que la empresa se comprometiese a prolongar la vida útil de este producto a un mínimo de dos años.

    La multinacional también creó entonces un departamento de recambios para aquellos modelos que no ofrecían posibilidad de cambio de batería. La mayoría de fabricantes de productos tecnológicos aún no ofrecen la posibilidad de comprar o recambiar la batería de los móviles u ordenadores.

    Automóviles: en los años 50 y 60, la vida útil de un coche era el doble que en la actualidad, cuya duración media no supera las tres décadas. La diferencia no está en los motores, sino en las piezas accesorias y hasta en la carrocería. Hoy en día, un simple sensor de posición de cigüeñal averiado puede inutilizar el vehículo. Asimismo, las cajas de cambios están programadas para funcionar unos 250.000 kilómetros, a pesar de que hay algunas que duran eternamente pero solo se comercializan para uso industrial, no particular.

    Otro ejemplo más son los frenos. Tras un determinado número de ciclos de frenado comienzan a perder capacidad y se necesita cambiar el grupo hidráulico completo con el módulo de mando incluido. Al igual que si se estropea una pieza del limpiaparabrisas estamos obligados a cambiarlo entero.

    ¿Ruina económica o ‘sentido común’?

    De salir adelante la propuesta de ley que debatirá el Parlamento francés, “los propios fabricantes se interesarán en producir bienes que duren más, para que así los consumidores no tengan que cambiarlos gratuitamente por otros antes de que expire la fecha límite de la garantía”, explican los ecologistas en la exposición de motivos de su propuesta de ley. Según el escrito, la duración mínima dependerá de cada producto, pero en ningún caso deberá ser menor a cinco años. Un objetivo cuyo horizonte sitúan no más allá del año 2016.Las lavadoras se estropean a los 1.500 lavados, los televisores a las 20.000 horas de uso o la caja de cambios a los 250.000 kilómetros

    Por otra parte, la propuesta de ley también incluye la imposición a los fabricantes de disponer de piezas de recambio a la venta para sus productos, así como la obligación de repararlos en caso de reclamación. Algunos de los lobistas de Bruselas ya han dejado claro en la prensa que estas medidas significarían un freno comercial que haría resentir el consumo interno, las exportaciones y, por ende, aumentaría la crisis de la economía europea.

    Sin embargo, para el grupo ecologista galo se trata de “sentido común para proteger el medio ambiente y el bolsillo de los consumidores”. Los más críticos hablan de “complot” y “abuso” de las grandes industrias. Para Jean-Vincent Placé, miembro de la coalición gala Europe Écologie-Les Verts, estas prácticas demuestran que “la sociedad del consumo ha sobrepasado todos sus límites, y en este caso la obsolescencia programada debería estar tipificada como delito y ser llevada a los tribunales”.

    El economista galo y defensor de las teorías del decrecimiento, Serge Latouche, es uno de los personajes públicos que más ha luchado contras estas prácticas. En su último libro titulado Bon pour la casse distingue tres tipos diferentes de obsolescencia planificada. En primer lugar estaría la técnica, relacionada con el funcionamiento básico del producto que se quedaría anticuado ante las nuevas posibilidades del entorno. En segundo lugar, Latouche se refiere a la obsolescencia programada para definir la necesidad inducida por la publicidad y el marketing para renovar un determinado producto o comprar el último modelo. Por último, el tercer tipo de obsolescencia sería la más popular; es decir, la programada. Sin embargo, para el economista estos tres tipos de obsolescencia “funcionan en simbiosis”.

    La versión de los lobistas de las industrias que podrían verse afectadas por esta ley ha sido rebatida también en términos económicos. La mayoría de ellos coinciden en subrayar los puestos de trabajo que se generarían por el aumento de talleres y tiendas de reparación, así como de venta de piezas de recambio. Por otra parte, existen estudios en los que se analiza el aumento del poder de compra de los consumidores si se prohibiese la obsolescencia programada.

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