DE TITUS SALT A BOTÍN

Las ciudades empresariales, ¿lujo para los empleados o "campos de concentración"?

La Ciudad BBVA, un complejo de 114.000 m2 de oficinas y servicios, que se inaugurará este verano en el barrio madrileño de Las Tablas, es la
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Las ciudades empresariales, ¿lujo para los empleados o "campos de concentración"?
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    La Ciudad BBVA, un complejo de 114.000 m2 de oficinas y servicios, que se inaugurará este verano en el barrio madrileño de Las Tablas, es la última gran sede empresarial que se construye en España. Entre junio de 2013 y el primer trimestre de 2015 se trasladarán al espacio 6.000 empleados, que, como ya hicieron en años pasados los trabajadores de empresas como Santander o Teléfonica, dejarán sus oficinas para ocupar un espacio con numerosos servicios y todas las facilidades, pero alejado del resto del mundo.

    Decenas de miles de empleados trabajan en España en uno de estos centros; faraónicos parques empresariales como la Ciudad Financiera del Banco Santander, en Boadilla del Monte, o el Distrito Telefónica, situado, al igual que la futura sede del BBVA, en el barrio madrileño de Las Tablas. En sus webs corporativas se enumeran todo tipo de ventajas para los empleados que trabajan en uno de estos espacios: cuentan con guarderías para los niños, todo tipo de restaurantes y tiendas, equipamientos deportivos… “A priori, y sin conocerlo, todo suena bastante bien”, asegura Diego Vicente, profesor de comportamiento organizacional del IE Business School, “Lo que pasa es que luego, hablando con la gente, con los que realmente están allí y pasan el día a día, descubres que hay muchos inconvenientes”. 

    En España aún no estamos acostumbrados a este tipo de complejos, pero en ciudades como San Francisco, donde tiene su sede Google, se empieza a mirar con malos ojos a esos jóvenes geeks, que van en autobuses privados a trabajar, y a los que la vida del resto de la ciudad parece importarles más bien poco. En una columna publicada hace un mes en el diario San Francisco Chronicle la periodista Caille Millner arremetía duramente contra la industria tecnológica de California, por “su falta de civismo y su nulo interés por participar en la vida de la comunidad”, y contra los autobuses de Google, que usaban a su antojo las paradas construidas para el transporte público. ¿Por qué te va a importar otra ciudad, si ya tienes una propia?

    Tal como han denunciado numerosos urbanistas, este tipo de espacios son catastróficos para las ciudades, pues llevan a sus habitantes lejos del entorno urbano, a un parque temático hipertecnificado, que es letal para el pequeño comercio. “Los entornos dónde se ubican estos centros no obtienen ningún beneficio”, explica Vicente. “Alguien podría pensar que la construcción de la Ciudad Financiera del Santander en Boadilla podría haber traído a la ciudad más movimiento, más comercios… Y no es verdad”. Este tipo de sedes empresariales no sólo perturban la vida normal de las ciudades, lo más grave es que crean una línea divisoria entre los que trabajan en ellos y los que no. 

    Las ciudades empresariales actúan a modo de burbujas, separando a los empleados de estas grandes compañías del resto de la sociedad. Así, al menos, ve estos espacios Vicente, que asegura que este tipo de complejos alienan a los empleados y los separan del mundo real: “El empleado tiene que tomar el pulso de lo que ocurre en la realidad. Antes podía hablar con el de la cafetería, con el del restaurante, con el vendedor de periódicos… Ahora no puede hablar con nadie. Solo puede hablar de trabajo, de negocios y, generalmente, de problemas, que es de lo que habla hoy en día el trabajador”. Se trata, además, de un obstáculo de doble dirección. La sociedad, asegura Vicente, también ha perdido el contacto con el empleado: “Ya no le puede trasmitir sus necesidades o sus quejas. Al final se convierten casi en campos de concentración, donde se separa a la gente del resto de la vida”. 

    Un regreso velado al fordismo

    El parque uniempresarial es un modelo de sede que ha causado furor en todo el mundo, y tiene un origen muy concreto: el complejo que Bill Gates concibió en 1986 para aglutinar a los trabajadores de Microsoft, en Redmond, a escasos kilómetros del garaje de Seattle dónde nació el gigante informático. Con el tiempo las empresas del ámbito de las nuevas tecnologías fueron imitando el modelo. Hoy empresas como Google, Facebook o Twitter cuentan con sus propios macrocomplejos, o campus, como les gusta llamarles; lugares diseñados por arquitectos famosos, con todas las facilidades y unos equipamientos de primera. Lo que no muchos se plantean es que lo que se está promocionando como un diseño novedoso de los centros laborales es, en realidad, un retorno al pasado más oscuro de las relaciones laborales.

    Carlos Fernández, profesor de sociología de la empresa de la Universidad Autónoma de Madrid cree que “este tipo de ciudades empresarias entroncan con viejas prácticas de control de la fuerza de trabajo que ya tenían lugar en el siglo XIX”. Existen, claro está, algunas diferencias pues, tal como ha explicado Fernández a El Confidencial, este tipo de centros laborales implicaban antes el alojamiento de las familias y ahora se convierten en espacios fantasmales una vez concluyen las jornadas de trabajo.

    Bill Gates no fue el primero al que se le ocurrió tener cerca a todos sus trabajadores. Fernández cita el proyecto de ciudad-fábrica ideado en Reino Unido, en 1853, por el magnate  de la industria textil Titus Salt. Un pueblo al que puso su propio nombre: Saltaire. Hoy el complejo es Patrimonio de la Humanidad, y uno de los mayores ejemplos de la visión urbanística de la revolución industrial. Entonces fue un avance para los trabajadores, que tuvieron mejores casas, hospital, escuela, biblioteca y hasta una sala de conciertos, pero inauguró un tipo de paternalismo industrial que generó enormes conflictos. “Este tipo de ciudades modelo”, explica Fernández, “proliferaron durante el XIX en varias versiones (incluidas las socialistas) y continuaron bajo los modos de producción fordista, entre los que la Ciudad Pegaso en Madrid es un buen ejemplo”. Hoy en día, no obstante, el modelo decimonónico sigue plenamente vigente en lugares como China, dónde la multinacional taiwanesa Foxconn, especialista en manufacturas electrónicas, tiene la ciudad-fábrica más grande del mundo. Cientos de miles de empleados (algunas fuentes hablan de que ha llegado a albergar a 450.000 trabajadores) viven en una ciudad amurallada donde se ensamblan productos para Apple, Sony o Microsoft.

    No todo son beneficios para las empresas

    En occidente poca gente vive en las ciudades empresariales (aunque la mayoría tienen viviendas), y este tipo de complejos empresariales se justifican por la reducción de costes, la creación de economías de escala, la conciliación familiar y el sostenimiento medioambiental. Pero Fernández cree que detrás de todo esto hay objetivos no tan fáciles de vender en un folleto: “El verdadero objetivo reside en evitar distracciones e intensificar la cultura de empresa. Los trabajadores están juntos, no hay espacios que rompan la rutina, hay más concentración. En cierto sentido, uno no puede escapar. Contribuyen a construir una comunidad dentro de la organización y, a la vez, a segregar a sus trabajadores del resto de la vida social del espacio urbano, empobreciendo sus experiencias cotidianas”.

    Para Fernández no cabe duda de que las nuevas ciudades empresariales son el ejemplo perfecto de cómo, de “forma aterradora, estamos regresando al siglo XIX en materia de trabajo, aunque eso sí, rodeados de nuevas tecnologías que sirven para controlarnos mejor”.

    No cabe duda de que la peor parte de este tipo de ciudades empresariales se la llevan los empleados, pero Vicente cree que, si bien a corto plazo este tipo de espacios son beneficiosos para las empresas, a la larga acaban por jugar en su contra: “No hay cosa peor que un ambiente endogámico en el cual se pierda el contacto con el mundo exterior. Generalmente las buenas ideas se generan en entornos distintos a los laborales. Si estás permanentemente, 8, 10 o 12 horas, en el mismo sitio, con la misma gente y haciendo las mismas cosas, es imposible que penetre la innovación. Es imposible que surja la creatividad”.

    Alma, Corazón, Vida
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