Sábado, 18 de mayo de 2013

EL FINAL DE LA CLASE MEDIA (II)

"Estamos perdiendo los valores: nos adentramos en lo desconocido"

"Estamos perdiendo los valores: nos adentramos en lo desconocido"
La clase media, desorientada. Foto: Daniel Parreño
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“Soy un enredador profesional”. Lo que Óscar dice de sí mismo no debe ser entendido en su acepción más negativa. Sin duda, tiene cualidades de convicción y hace gala de ellas, pero se refiere sobre todo a su carácter de mediador, de persona que pone en relación a los demás. La crisis no sólo ha generado actitudes más individualistas, sino que también ha contribuido a activar estructuras colaborativas, empujando a un creciente número de personas con intereses similares a formar asociaciones y colectivos. Son la parte más concienciada de  esos “entornos de autoyuda, islas de solidaridad  y redes de proximidad” que, según el consultor político Antoni Gutiérrez-Rubí, están proliferando en este escenario recesivo.

Este énfasis en lo colaborativo y en las formas horizontales de relación es, sin duda, una de las novedades de la sociedad del siglo XXI, también en lo político. Los últimos movimientos sociales, 15 M y Occupy Wall Street incluidos, nacen de esta perspectiva, priorizando la interrelación, el diálogo y el acuerdo frente a las pirámides organizativas y a las imposiciones de los dirigentes. Estos nuevos modos de articular los colectivos no sólo surgen del cansancio frente a los partidos tradicionales y su frialdad jerárquica sino que están relacionados con el deseo de construir espacios que faciliten que valores más sinceros y “verdaderos” puedan asomar. Mucho de esto asoma también en el grupo de consumo al que pertenece Óscar, y que incitó (“enredó”) para que se convirtiera en realidad.

“Nos gustan las relaciones honestas”

Más allá del hecho de su voluntad de alimentarse de forma sana, lo que da cohesión a su  colectivo es un cierto compromiso con otro tipo de sociedad. Compran la carne de reses criadas sin ningún tipo de químico en la montaña asturiana “como una forma de contribuir a la preservación del medio ambiente, como acto de solidaridad con los paisanos que se han quedado a vivir en el medio rural y que cuidan de él”, y como un gesto de conciencia social aplicado a la vida cotidiana. Como explica Óscar, detrás de sus decisiones de consumo está “el deseo de extender un modelo de producción y relación que nos hace más libres. Aquí no hay mediadores que se llevan el dinero ni especulación con los alimentos, sino una forma de compra mucho más honesta. Somos un colectivo que hace esto porque nos gustan las relaciones directas y francas. Esto es lo que hay”.

 

Esta suerte de valores más inmediatos y verdaderos son especialmente anhelados en unos tiempos que percibimos interesados y hostiles. Encontrar refugios en los que cobijarnos de esa lluvia de relaciones instrumentales a que nos aboca la escasez se convierte en una opción muy valorada. También en ese sentido lo afectivo tiene enorme importancia. Hay que tener en cuenta que el peso de una realidad complicada no sólo nos hacer volver los ojos hacia entornos más protectores en lo económico, como puede ser la familia en los malos momentos, sino que vamos a la búsqueda de islas cotidianas en las que poder sentirnos mejor con nosotros mismos, lo que a veces es más probable con relaciones fruto de lazos de gustos e interés y no de parentesco.

Las actividades creativas se están nutriendo en gran medida de este impulso. Como me cuenta Esteban, músico veinteañero, el tiempo que comparte con su banda es importante porque le sirve como espacio de autorrealización. “A veces, durante un concierto, cruzo la mirada con el guitarra o con el bajista, y la conexión es tal que pienso que eso no me lo podrán quitar nunca. Da igual todo lo demás”. Los ensayos, las actuaciones, la misma composición, le permiten acercarse a un sentido del sí mismo que raramente aparece en las actividades cotidianas que debe llevar a cabo para sobrevivir. Además, al desligar la práctica de su afición de los aspectos puramente económicos y no poner esperanza en futuras rentabilidades (la música dista mucho de ser una inversión, más parece un vicio caro) puede delimitar ese espacio como de pura autoexpresión. No necesita ser otro allí: puede expresarse tal y como es y, en ocasiones, tal y como le gustaría llegar a ser. Sin embargo, también es consciente de que su lado creativo es un paréntesis, siempre corto, en una vida que a menudo se tuerce más de la cuenta.

 

Carlos Fernández, profesor de sociología de la universidad Autónoma de Madrid, compara esta clase de actitudes con tendencias similares “aparecidas en los años 70 cuando, después de un momento político muy fuerte, la gente se cansó de las malas noticias y de la imposibilidad de hacer realidad ciertos sueños, y se volcó en lo íntimo y en lo cercano. Pero hay una diferencia que empeora la situación y es que esa misma intimidad se muestra ya muy frágil”. Cita Fernández como mejor ejemplo el caso de esos jóvenes (o de esas personas de mediana edad) que, en un instante económicamente difícil, han buscado refugio en la familia, principalmente en unos padres que podían ofrecer una cierta estabilidad económica gracias a los recursos acumulados en las décadas de desarrollo precedentes. Ese mecanismo partía de una base según la cual si las cosas iban mal, habría un resorte de seguridad al que poder acogerse, esto es, habría alguien en la familia que estaría en una situación lo suficientemente estable como para proveer los recursos económicos necesarios. El problema, señala Fernández, es que nadie puede ya garantizar esa seguridad, porque la situación económica está dañando a todos los miembros. La crisis está haciendo que todos los anclajes que antes mantenían la fijeza se pierdan a una velocidad inusitada. 

Un negocio propio necesita una dedicación completa, y él quiere algo de tiempo libre para dedicarlo a sus aficiones

Tampoco el refugio en el ámbito colaborativo parece capaz de proporcionar la seguridad que la sociedad demanda. Estos entornos, como los define Gutiérrez-Rubí, son “archipiélagos sociales y de resistencia que carecen aún de la necesaria articulación social y política, y constituyen simples minifundios en contextos abiertos que conviven con identidades múltiples y conexiones globales”. Dado que no son la norma, sino la excepción, se convierten en simples parches terapéuticos que nos ayudan a seguir adelante.

La opción de último recurso

Las crisis no sólo provocan sentimiento de inestabilidad. Cuando las cosas se ponen feas, somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos, extrayendo de la nada un valor extra con el que plantar cara a un entorno tan amenazante. La presión no sólo paraliza, también consigue que muchas personas se activen con una energía impensada. Ese ha sido el caso de aquellos que habiendo perdido el empleo (o habiendo abandonado un puesto de trabajo que no les satisfacía) decidieron jugárselo todo y montar su propia empresa. Impelidos por la crisis a dar una respuesta, eligieron aquello que conjugaba una cierta autonomía personal con una salida a los malos momentos. Ser el propio jefe no sonaba mal…

Poner en marcha un negocio (incluso cuando sólo consista en hacer negocio de sí mismo convirtiéndose en autónomo) es una situación muy exigente. Como me explica Juan, un consultor en paro prolongado, el impulso primero es el de buscar un trabajo por cuenta ajena, y no sólo porque la crisis contribuya a retraer un poco más el impulso emprendedor. Para muchos profesionales, los trabajos que de verdad interesan sólo pueden encontrarse dentro de una gran empresa, y raramente la prestación de servicios como autónomo se convierte en otra cosa que en subempleo que conlleva muchas horas de trabajo y un salario incierto. Y si la opción es montar un negocio, tampoco el panorama parece muy propicio. En el pasado, me dice Juan, bastaba con encontrar un local en una buena zona, identificar las necesidades de ese área de población y dedicarle mucho esfuerzo. Desde las tiendas de ropa hasta las panaderías, pasando por quioscos de prensa o ferreterías, los pequeños negocios se montaban pensando en dar servicio a espacios acotados en los que se acababa por conocer a la mayor parte de los clientes. Pero hoy ese tipo de empresa está desapareciendo y tampoco han surgido oportunidades de negocio claras que faciliten el futuro a los pequeños emprendedores. Y como tercer elemento, tampoco la mentalidad general suele ser muy favorable a llevar a cabo iniciativas arriesgadas y absorbentes. Como me cuenta Juan, un negocio propio conlleva dedicarle prácticamente todas las horas del día, y él ha decidido que quiere algo de tiempo para dedicarlo a sus aficiones.


 

Que, a pesar de estos inconvenientes, haya muchas personas que se decidan a dar el paso es algo que nos muestra a las claras, señala José Luis González Pernía, investigador de la Universidad de Deusto, la carga de ansiedad que está detrás de la decisión. “El incremento de la actividad emprendedora suele provenir de personas que han agotado ya las prestaciones por desempleo, que no encuentran alternativa laboral y que deciden lanzarse a la acción motivadas por una cierta desesperación”. Es una opción de último recurso, en la que el objetivo final no es tanto montar una empresa como conseguir una fuente de ingresos. Eso explica también la escasa duración de esta clase de negocios, apunta González Pernía, ya que es usual que si se encuentra otra alternativa laboral se cierre la empresa. Además, al estar motivada la creación del negocio por la necesidad, es más que probable que no  ofrezca al mercado ninguna diferencia y que, por tanto, no cuente con una ventaja competitiva real.

El valor y la intrepidez, por tanto, no garantizan un buen resultado. La carga de ilusión y de esperanza que se ponen en el inicio del proyecto se convierten rápidamente en angustia cuando los primeros resultados hacen sospechar que se regresará a las listas del paro, pero ahora después de haber agotado los ahorros. El número de emprendedores entrampados en la que podría haber sido una buena solución es creciente, precisamente porque montar un negocio en los peores momentos de la crisis y sometidos a una situación de necesidad no es la mejor elección.

Nuestro tiempo presenta características complejas que lo hacen duro de vivir y apasionante para estudiar

Estas experiencias están volviendo a la sociedad mucho más retraída. Y no sólo porque se piense, al ver fracasos ajenos, que es mejor no meterse en problemas, sino porque está aumentando el número de gente que, como Juan, mira el negocio más como un sacrificio en el que se ahogan sus aspiraciones vitales que como un espacio en el que conseguir no sólo unos ingresos para vivir, sino una experiencia que nos realice. Pero, al mismo tiempo, no podemos decir que la frustración sea el sentimiento dominante, porque también ha habido un número menor pero interesante de emprendedores que han salido adelante, y a los que atravesar estos malos momentos les ha dado la autoestima suficiente como para acometer nuevos proyectos cuando la ocasión se les presente.

Cómo se rompe una sociedad

Esta mezcla de ilusiones, sentimientos y expectativas que afectan a la clase media dista mucho de recomponerse en una serie identificable de ideas y creencias que nos den una identidad clara. Más al contrario, si existe un signo que distinga nuestra época es la coexistencia de movimientos contradictorios y ambiguos cuya lectura dista mucho de resultar sencilla. Este momento, me dice José Félix Tezanos, catedrático de sociología y experto en el estudio de clases sociales, presenta características complejas que lo hacen duro de vivir y apasionante para estudiar. “Esta crisis está transformando de una manera profunda nuestros valores. Todos los sistemas cuentan con un modelo de motivaciones y de recompensas a través de los cuales se implica a sus integrantes. Si ese sistema no funciona, los lazos que unen a la sociedad comienzan a romperse”. Y ese es el instante en que nos hallamos, ya que todos los elementos que nos otorgaban un sentido de la comunidad están partiéndose en pedazos. El mejor ejemplo, señala Tezanos, aparece en esa percepción extendida de que el contrato social básico no se está cumpliendo. Desde luego, se da de forma muy evidente en esos trabajadores de más de 40 años que son rechazados por las empresas por el simple hecho de su edad pero también en personas de la tercera edad que ven cómo el capital acumulado durante la madurez ha de ser destinado a la supervivencia de sus hijos o nietos, o en jóvenes que ven sus expectativas de futuro balancearse con los vaivenes de la prima de riesgo. Algo se ha roto, y no parece que su arreglo sea rápido ni fácil. 

 

Una señal evidente de este deslizamiento hacia la pérdida de cohesión es la relación con las figuras de autoridad, a las que cada vez se cuestiona más. El caso máximo es el de los políticos, cuya credibilidad es escasísima. Pero eso no ha llevado, como era previsible, a un giro social hacia posiciones extremistas, ni tampoco ha provocado que surjan partidos radicales que canalicen la frustración, sino que “ha generado un descreimiento muy acentuado. No pensamos ni de lejos en que quienes están al frente de la sociedad, vayan a solucionar nada”, asegura Julián Santamaría, catedrático de ciencia política de la Universidad Complutense de Madrid. 

Tenemos una sensación de colapso que hace muy difícil predecir hacia dónde vamos

El problema de estas actitudes no es tanto que provoquen desafección, sino que generan una sociedad sin valores, anómica. Y de ahí a buscar soluciones puramente individuales sólo hay un paso. O dicho de otro modo, insiste Tezanos, de ahí a entender que estamos en una selva en la que todo está permitido para sobrevivir sólo hay un paso. El problema es de grandes dimensiones, porque la clase media era precisamente el estrato social que estabiliza las sociedades. Para pervivir, ha necesitado tomar como propios, al menos en tanto discurso, una serie de valores relacionados con la honestidad, la ética, el esfuerzo y el trabajo bien hecho que después irradiaban hacia el resto de la sociedad. Era una parte de la población poco dada a extremismos, que apostaba por las soluciones dialogadas y por el sentido común. Dicho de otro modo, si la anomia se extiende por el sustrato social que debía prestar fijeza a todo un sistema, será muy complicado que éste puede mantenerse sin graves tensiones.

Cierto es que no estamos aún en un escenario de descomposición social a lo América Latina, pero tampoco podemos estar seguros de que no sea ese el destino que nos espera. Como señala Carlos Fernández, “tenemos una sensación de colapso, de que las cosas no funcionan, de que estamos sujetos a realidades que no dominamos, que hace difícil predecir hacia dónde va a tirar el modelo. Vivimos en la incertidumbre, y de una manera muy desnuda. No sabemos hacia dónde van las cosas. Nos estamos adentrando en lo desconocido”. 


* Este reportaje es la segunda parte de la serie iniciada en "Nos hemos quedado sin nada"

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LA OPINIÓN DE LOS LECTORES

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5keptah 30/09/2012 | 13:43

#3 coincido totalmente contigo Jorge: esta crisis económica esta generada por la crisis de valores que, desde principios de los años 80, comenzó en España.

Su raíz mas importante es la EDUCACIÓN, no sólo entendida como formación sino en la relación con los demás. la LOGSE y todo lo que acarrea, el "normalizar" por abajo, el pelotazo versus el esfuerzo, el copiar en los exámenes [¡y verlo hasta positivo!], "desprestigiar" a los que buscan la excelencia o a los que se arriesgan en un negocio... es una forma de corromper poco a poco -y bien que lo han conseguido- el futuro de esta nación.

La segunda razón es el TAMAÑO DEL ESTADO ¡por qué ha de crecer sin más? ¿por qué ha de ocupar los espacios reservados a los individuos o la sociedad civil. más grande no significa mejor, significa INEFICENCIA.

Y la mención de Latinoamérica muestra el desconocimiento del autor a ese continente, de donde tenemos tanto que aprender como personas.

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4Zano 30/09/2012 | 10:55

No creo que la crisis económica esté destruyendo nuestros valores. Creo que en buena parte la crisis económica que padecemos es precisamente consecuencia de la crisis de valores de la sociedad española. Empezando, pero no exclusivamente, por nuestra clase política. El problema es más complejo que la mera impericia, corrupción o dejadez de una parte de nuestra clase política. El problema es que tenemos que reconstruir los valores de nuestra sociedad civil y eso es función, sobre todo, de la propia sociedad civil.

Sobre la crisis de valores en España

Y se cierra el artículo con una afirmación que me parece gratuita: "que no hemos llegado a los niveles de descomposición social de América Latina". Empiezo a conocer bien ese continente. Y es precisamente lo contrario. Creo que muchos países latinoamericanos pueden darnos lecciones de laboriosidad, ganas de educarse y afán por salir adelante a base de trabajo. Son pobres, sí, pero tienen fundamentos sociales en muchas ocasiones más sólidos que los nuestros. La familia, sin ir más lejos. Que no les engañen los tiros de las mafias.

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3sentido comun 30/09/2012 | 00:32

#3 Y cuanto mas conozca America Latina mas valores descubrira y mas percibira que nuestro Pais se ha transformado en una mierda bajo el influjo de una clase politica pos franquista impresentable, desde Suarez a Rajoy, con unos ultimos 8 años de autentica puntilla de mierca auspiciada por los socialistas capitaneados por el sinverguenza de ZP

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2pasmao con lo que no pasa 29/09/2012 | 17:18

#1 efectivamente.

Las calses medias empezaron a desaparecer a mediados de los 80. La estrategia polítca del PPSOE ha sido anestesiar en todo lo posible esa percepción para evitar que las cosas se salieran de madre.

No dice nada del materialismo que nos invadió que aún permanece, e ignora la vuelta de mucha gente a las iglesias, que hasta poco estaban vacías y se empiezan a llenar.

La complacencia con elperrifluatismo, lo políticamente corrrecto y el relativismo moral han desactivado las posibles rebeliones.

Solo hay que ver un tio con dos cojones, como Clint Eastwood, y lo que hace y representa para la clase media americana, y lo que representan aquí los de la ceja, para esa misma clase media pero en otro país.

Los Clint versus La Ceja, la clase media americana versus la española. Por eso ellos saldrán adelante y nosotros nos iremos a la mierda.

saludos

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1Canxeco 29/09/2012 | 14:45

Y después de tanto melocotón dulzón en este articulo, toda la clase media a ver crónicas marranas y a belenesteban.....toda esta clase media se paso diez anos viendo crónicas marcianas hasta la 1 am, esa es la crisis y esa la basura de clase media que ahora lo esta pagando....

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