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EL ALCALDE DE LONDRES ES 'EL NUEVO BERLUSCONI'

Los 'antipolíticos', una solución para la crisis

Los 'antipolíticos', una solución para la crisis
Boris Johnson, en un acto en Londres en 2010. (Efe)
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Nació en Nueva York, tiene 46 años y un característico tupé rubio que lleva rigurosamente despeinado. Desciende de judíos, cristianos y musulmanes y su familia ha mandado en destinos tan dispares como las instituciones británicas, la Comisión Europea, el Banco Mundial y hasta el extinto Imperio Otomano. Pero si el alcalde de Londres, Boris Johnson, es el político excéntrico oficial de Reino Unido no es sólo por su pintoresca genealogía –que sin duda, ayuda–: el tory y antiguo periodista del Times y el Daily Telegraph ha ofendido a tantas personas que tiene pendiente, en sus propias palabras, recorrer por todo el mundo un “itinerario global de la disculpa”. Y sin embargo, con más de un millón de papeletas, este incondicional de lo incorrecto se vio catapultado a la alcaldía de Londres en 2008 con la mayor holgura de votos que ningún político británico ha conseguido jamás entre su electorado potencial.

Cuestión de imagen
Muchos creen que el alcalde de Londres sucederá a David Cameron en el liderazgo de los conservadores británicos
Y es que Johnson no triunfa a pesar de su imagen, sino gracias a ella. El propio dirigente conservador ha dicho de sí mismo que es “un tipo sabio al que le gusta hacerse el tonto para ganar”. Sus rivales, no obstante, cuestionan con frecuencia la verdadera entidad de su pensamiento político y algunos, que haya siquiera un pensamiento político que poder cuestionar. Incluso el primer ministro británico y líder de su partido, David Cameron, mantiene con él una conocida rivalidad personal que se remonta a los años en que ambos estudiaron juntos en la exclusiva Oxford University. En la Conferencia del Partido Conservador del pasado año 2011, Cameron le lanzó lo que, hasta hoy, nadie sabe si interpretar como un elogio sincero a su poder de convocatoria o como una indirecta emponzoñada sobre sus inclinaciones populistas: “En un momento de dificultades económicas, Johnson es un líder fuerte y carismático, que sabe unir y animar a la gente”. Muchos ya creen que el alcalde de Londres sucederá a Cameron en el liderazgo de los conservadores británicos.

Porque Johnson, claro está, es mucho más que sus aventuras extramatrimoniales, su tomar prestadas las pitilleras de depuestos líderes iraquíes y sus insinuaciones de que en Papúa-Nueva Guinea las personas se comen las unas a las otras. El alcalde de Londres también es un abanderado del sentido común que reivindica la deconstrucción del discurso político –en especial, del suyo– y habla a los británicos con un lenguaje directo, preciso y sobre todo, de poca elaboración institucional.
Muchos acusan a Boris Johnson de hacer un discurso vacío
Y tira, lógicamente, de la política de gestos. Durante la oleada de violencia urbana de Londres en agosto de 2011, Boris Johnson se dejó ver –y fotografiar– entre policías, escombros y contenedores ardientes, generalmente con cara de enfado y el dedo apuntando a cosas. Después lo haría armado de una escoba con la que pretendió simbolizar la necesidad de limpiar la capital. Algunos le acusaron de personarse en las calles para ejercer de sheriff y azuzar a la policía; muchos londinenses estuvieron de acuerdo y además, celebraron que así lo hiciera.

Lo cierto es que Boris Johnson no es, ni mucho menos, la única gran figura política que ha hecho carrera con su propia incorrección. El alcalde de Londres se suma a una lista de los llamados antipolíticos; mandatarios que acceden a las instituciones tras reciclarse de otras disciplinas y cultivan una imagen alejada de las convenciones del discurso institucional.
La imagen es el elemento fundamental de la trayectoria política
La americana Christine O’Donnell, por ejemplo, goza de una envidiable salud política en el Partido Republicano de Estados Unidos y cuenta con el apoyo del conservador Tea Party gracias a una trayectoria ideológica y espiritual poco menos que rocambolesca. Y el humorista, cantante y clown Francisco Oliveira Silva, más conocido como Tiririca, representa al Estado de São Paulo en el Congreso Nacional de Brasil, al que accedió con más de un millón de votos. Antes de hacerlo, confesó “no saber qué hace un diputado federal”, y después se descubrió que tenía serias dificultades para leer y escribir. Su primera salida de tono no esperó ni 48 horas: dos días después de que Tiririca aterrizara en la Cámara, los congresistas votaron y aprobaron una subida de su propio salario en más de un 60%. Sus declaraciones al respecto fueron: “Supongo que tengo suerte. Es mi primer día, ¡y ya me suben el sueldo!”.

“Más allá de la izquierda o la derecha”
Los 'antipolíticos' gozan de la simpatía de gran parte del electorado
“Estos políticos son personajes transversales”, explica para El Confidencial Luis Arroyo, presidente de Asesores de Comunicación Pública y autor de El poder político en escena, de próxima publicación. “Con su discurso, se ganan la simpatía de amplios espectros del electorado que de otro modo les serían inaccesibles ideológicamente. Van más allá del electorado tradicional de la izquierda o de la derecha”.

Coincide con el diagnóstico Francesc Pallarés, catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, que añade que “estos perfiles pueden emerger cuando algunos aspectos de lo político entran en crisis o ante una situación de desconcierto social”. Son personajes, explica, "que pescan en río revuelto”.
Durante las crisis se acelera el relevo político
Según Arroyo, el liderazgo en democracia “es algo contextual”. No en vano, “una misma figura política puede pasar en pocos años de ser amada a ser odiada, y viceversa”. Algo que ocurre constantemente, según el experto, y que se acentúa en épocas de relevo como lo son "las crisis de valores y las épocas de cambio”.

Sin embargo, los especialistas niegan la categoría populista de Johnson, en el sentido estricto de la palabra: “Hablamos de populismo apolítico. No se basa en planteamientos o valores políticos, ni contribuye al razonamiento político”, comenta Pallarés. Dicho de otro modo: no percibimos en ellos al representante de una ideología, sino una personalidad carismática. Por eso, según el experto, “su poder se basa en mantener la atención”, y tienden a caer cuando no logran acaparar las miradas. “Gozan de grandes simpatías, pero muy volátiles”, concluye.
Hablamos de "un negocio común entre el mal político y el mal medio"
Arroyo explica que personalidades como la de Johnson o la del exprimer ministro italiano, Silvio Berlusconi, “siempre han existido, pero se hacen más frecuente y adquieren más relevancia en la era de la televisión”. Pallarés, por su parte, habla también del sobredimensionamiento al que conducen los medios que celebran constantemente sus hazañas –“como si hablar de política tratase de eso”– y no sancionan la ausencia, en muchas ocasiones, de un verdadero discurso. Este tipo de personajes, sintetiza, “buscan relevancia política y sencillamente la consiguen; es un negocio común entre el mal político y el mal medio”

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