Sergio tiene 21 años, estudia Comunicación Audiovisual y de momento no tiene trabajo. Si le preguntamos el porqué nos contesta que “para centrarse en el estudio y porque además, es muy complicado encontrar algo que no sea de becario”. Le planteamos un escenario hipotético: mañana mismo se le ofrece una oportunidad laboral real y tiene que elegir entre trabajar o estudiar. “Cogería el trabajo”, responde casi sin pensárselo.
“Si te sale una oportunidad, tienes que aprovecharla. Ya habrá tiempo para acabar la carrera”. Es estudiante, no busca trabajo pero aceptaría uno si se le presentase la ocasión. La cuestión es sencilla: ¿es Sergio un parado? ¿Tenemos que incluirlo en el cómputo oficial o excluirlo del mismo?
Otro ejemplo.
Teresa es ama de casa, tiene marido y dos hijos. El cónyuge trabaja, pero sus hijos no. Uno es estudiante y el otro está en el paro. Ella nunca ha trabajado y sin formación, sin experiencia y a su edad, lo encuentra imposible, así que ni siquiera se molesta en buscarlo.
Cuando le planteamos la misma situación que a Sergio, responde casi con la misma rotundidad: “Aceptaría el trabajo”, nos dice.
Sin embargo,
ninguno de los dos es oficialmente un parado ni cuenta en
las estadísticas terribles que conocíamos la semana pasada. Podemos sentirnos tentados a pensar que un parado es, sin más, aquel que no tiene trabajo, pero la realidad ofrece muchos más matices. Y cuando hablamos de un grupo que ya asciende a la apabullante cifra de 5.273.600 personas, estos matices pueden representar a colectivos verdaderamente cuantiosos. ¿Quién decide en qué consiste estar parado?
¿Es realista concluir que en España hay más de cinco millones de parados o la cifra sería todavía peor sólo con adoptar un criterio más amplio, aunque quizás más fiel con la realidad?
Paro registrado y EPALa primera dificultad con que nos enfrentamos, no obstante, son los propios datos oficiales. Según
los números del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el paro registrado en España asciende a 4.422.359 personas, mientras que la última EPA –Encuesta de Población Activa, organizada por el Instituto Nacional de Estadística–
arroja una cifra de 5.273.600 parados.
Entre uno y otro dato hay un desajuste de más de 800.000 individuos. ¿Por qué esta diferencia?
El índice de paro registrado, elaborado mensualmente por el Ministerio con datos de los Servicios Públicos de Empleo autonómicos,
es un recuento técnico que incluye a todas las personas en situación de paro inscritas como demandantes de empleo. De él se excluyen algunos colectivos, como aquellas personas que buscan un empleo eventual, uno de menos de 20 horas semanales o los que se inscriben porque es requisito en un proceso de selección específico, entre otros.
La EPA, por su parte,
no es un recuento, sino una investigación sociológica que el Instituto Nacional de Estadística lleva a cabo cada tres meses sobre una muestra de 65.000 familias –unas 200.000 personas– destinada a localizar cuatro colectivos:
activos e
inactivos,
ocupados y
parados. El portavoz de cada familia responde a una serie de preguntas estándar acerca de la situación laboral de sus miembros y de la actitud que mantiene cada uno ante esa situación –si busca proactivamente empleo, por ejemplo, y a qué estrategias específicas recurre para ello–. Desde que empezó a celebrarse en 1964, el número de parados recogidos por la EPA viene siendo significativamente superior al que refleja el índice de paro registrado.
El porqué es sencillo:
en la EPA se considera parado no sólo al que está inscrito como demandante de empleo, sino de un modo más amplio a todo aquel que quiera y no tenga un trabajo. Por ejemplo, a cualquiera en situación de desempleo que no esté inscrito en ningún servicio público o privado, pero que haya emprendido algún tipo de medida para conseguir trabajo –como indagar entre sus contactos personales, por ejemplo, o revisar ofertas de empleo–. También se incluye a los emprendedores que, estando aún desempleados, han comenzado gestiones –solicitud de permisos o licencias o búsqueda de recursos financieros– destinadas a poner en marcha un negocio.
Sin embargo,
no se considera desempleados a los estudiantes, por ejemplo, o las amas de casa. A efectos de su cómputo, figuran en el epígrafe de
inactivos junto a jubilados, rentistas o personas incapacitadas para el trabajo. Cuando en
El Confidencial nos ponemos en contacto con el INE, nos explican que el criterio, como cualquier otro en la metodología de la EPA, proviene de la doctrina de la OIT –Organización Internacional del Trabajo, organismo dependiente de las Naciones Unidas–. Manejan una definición del ciudadano desempleado en base a tres características básicas: la persona tiene que haber estado en situación de desempleo durante al menos las cuatro semanas anteriores a la encuesta; ha tenido que estar buscando empleo de forma activa; y tiene que estar disponible para trabajar.
En todo caso, nos explican,
el criterio no es nunca político, sino técnico, y no incide en las formalidades que el ciudadano haya podido emprender para paliar su situación, sino en la actitud con que se enfrenta a ella. También aportan el ejemplo de su continuidad; la doctrina ha sido la misma, sin variaciones más que metodológicas, durante los casi 50 años en que la EPA lleva celebrándose.
Tanto los medios de comunicación como los agentes sociales, políticos y económicos suelen acudir a los datos de la EPA, convencionalmente aceptados como más fiables, en lugar de a los del paro registrado.
Y la oficina de estadística europea Eurostat, por ejemplo, se nutre de los datos que aporta el Instituto Nacional de Estadística, no de los del Ministerio. Esto no implica, lógicamente, que no haya quien cuestione la fidelidad del resultado o el criterio con que se determina quién y quién no es un parado.
Una definición internacionalDe hecho,
la singularidad nacional de este problema viene por nuestra elevadísima tasa de paro, no porque nuestro criterio sea diferente del utilizado en otros países. La metodología del INE, por servir un ejemplo, es similar a
la del Bureau of Labor Statistics o
la del Office for National Statistics, las agencias homólogas del instituto español en Estados Unidos y Reino Unido respectivamente. Todas siguen las recomendaciones de la Conferencia de Estadistas del Trabajo –de 1954–, posteriormente refrendadas por la OIT: considerar parados a aquellos que no tienen trabajo dentro del grupo convencionalmente llamado
activos, y
no considerarlos si, pese a no tener trabajo, engrosan las filas de los considerados inactivos. Amas de casa, estudiantes o los antiguos participantes en el servicio militar obligatorio entran en esta segunda categoría. Algunos especialistas, como el economista francés
Gerard Cornilleau, consideran que la taxonomía está obsoleta.
“Por dramáticas que sean las cifras, es más positivo que se conozca la verdad”, declara a
El Confidencial Tohil Delgado, secretario general del Sindicato de Estudiantes. “Así el diagnóstico del problema será más certero”. La organización sindical juvenil se muestra contraria a que el estudiante sea categóricamente excluido del cómputo de parados.
“Hay decenas de miles de estudiantes que buscan empleo”, comenta, e incide en que su clasificación aparte contribuye a su invisibilidad y en consecuencia, a las prácticas de contratación abusiva, al subempleo y al propio paro.
“Cualquier estudio de este tipo suele llevar a un falseamiento de la realidad”, comenta, y su refinamiento y mejora dependen a veces a intereses concretos:
“Los gobiernos no están interesados en emprender medidas que creen estadísticas de paro aún más abultadas, aunque sean más realistas”. Delgado también propone una nueva política comunicativa por parte de medios de comunicación e instituciones: “La gente da por supuesto que amas de casa y estudiantes figuran en el paro, pero no. Este tipo de información debería aportarse junto con la cifra”.
Aunque apuesta por su conveniencia, se muestra poco optimista frente a la posibilidad de un debate social acerca de la figura oficial parado: “Con unas cifras históricamente tan negativas, el elemento de la fidelidad o el realismo queda en un segundo plano”.