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Hacemos lo que los demás esperan que hagamos, no lo que deseamos hacer

Hacemos lo que los demás esperan que hagamos, no lo que deseamos hacer

El complaciente siente una predisposición a satisfacer los deseos ajenos. (Corbis)

Héctor G. Barnés  29/01/2012  (06:00h)

¿Por qué muchos recién divorciados rejuvenecen veinte años precisamente en un momento en el que su situación personal parecería condenarlos a la depresión, o al menos, a una etapa de recogimiento? De repente, muchos de ellos se lanzan a vivir: viajan, conocen nuevas personas, salen continuamente, incluso se aficionan a algún deporte de riesgo. En definitiva, llevan a cabo todas aquellas actividades que en un pasado no habían podido (y ni siquiera querido) realizar. Gran número de estos casos encajan con un perfil concreto: el del esposo (o esposa) abnegado, obediente y siempre dispuesto, que de la noche a la mañana pasa a convertirse en una bestia que realiza actividades que no parecen encajar con él, o al menos con lo que de él se esperaba en su vida pasada.

Lo que ocurre es que ciertos determinantes sociales terminan haciendo aceptar unos compromisos que algunas personas –consideradas en términos generales como pasivas- aceptan sin rechistar, por miedo al rechazo, e incorporan sin dudar a su vida cotidiana. Una vez desaparece la figura que, aun de forma indirecta, obligaba a cierto comportamiento, se libera la auténtica esencia de cada persona. De los padres a la pareja, de los amigos al mundo del trabajo, en un gran número de casos la obediencia es la mejor forma de hacer que caigamos bien a los que nos rodean, y de ser aceptados.

Algunas personas aceptan lo que les dicen sin rechistar por miedo al  rechazo

A comienzos de los años cincuenta, Solomon Asch descubrió que la presión social podía hacer que la gente cambiase de opinión para no sentirse desplazado. Las recompensas sociales para el obediente, el que dice siempre que sí, son cuantiosas, en tanto que se premia que uno responda a lo que se espera de él. Sin embargo, la mejor recompensa queda vedada para aquellos que nunca responden a sus propios deseos: la realización personal no es posible si renunciamos a nuestra voluntad frente a la de los demás, sólo por evitar la confrontación.

Este comportamiento ha recibido en la lengua inglesa un vocablo de uso común: people-pleaser. A diferencia del popular —y más castizo— "pelota", que busca agradar a sus superiores para conseguir una recompensa en forma de ascenso, favores o prebendas, el complaciente siente una predisposición a satisfacer los deseos ajenos. "La necesidad constante de aprobación de los demás es la evidencia más clara de la necesidad insaciable de nuestro falso 'yo' para que nos reconozcan, incluso de forma negativa", señalan John-Roger y Paul Kaye en What's It Like Being You, publicado por Mandeville Press. Según estos, nuestro principal enemigo para ser nosotros mismos es "la necesidad de buscar fuera de nosotros algo que nos haga sentirnos bien con nuestra vida", creando así una falsa personalidad. El miedo, la angustia, la necesidad de control, el juicio sobre los demás (y nosotros mismos), el fingimiento o el autoengaño son manifestaciones de ese "yo" obediente.

Ayudar a todo el mundo no sólo es imposible, sino perjudicial

En Too Nice for your Own Good. How to Stop Making 9 Self-Sabotaging Mistakes (es decir, "Demasiado bueno para tu propio bien. Cómo dejar de cometer nueve formas de auto sabotaje"), editado por Warner Books, el pastor presbiteriano de California Duke Robinson señala que uno de los grandes errores del ser humano es intentar ganar la aceptación ajena, en lugar de aceptarse como uno es. "Cuando crecemos, los modelos de bondad de nuestros padres, que mimetizamos inconscientemente, se quedan fuertemente implantados en nuestras mentes. Así, frases como 'muéstrate siempre disponible para tus amigos' o 'no digas nada que pueda herir los sentimientos de los demás' resuenan en nuestra cabeza constantemente, aunque nos terminen perjudicando, ya que nos obligan a perder contacto con nuestro lado emocional. Terminamos aprendiendo a no sentir". Su parte de pastor le llevaba a querer ayudar a todo el mundo al mismo tiempo, señalaba Robinson, pero su trabajo con psicólogos le llevó a descubrir que ello no sólo era imposible, sino perjudicial.

Cómo decir no

Se ha considerado como una enfermedad a esa necesidad continua de satisfacer las exigencias de los demás. La doctora Harriet P. Braiker, colaboradora habitual de The New York Times, ha publicado un tomo acerca de este tema, llamado precisamente The Disease to Please (McGraw-Hill). Para Braiker, los enfermos de este mal muestran sus síntomas "haciendo mucho y muy a menudo cosas para los demás, casi nunca diciendo que 'no', delegando en los demás en pocas ocasiones, e inevitablemente, mostrándose saturado de tarea y poco centrado". El rasgo esencial de estos enfermos es su voluntad de soslayar todo conflicto.

"Evitan a toda costa protegerse de sus propios miedos de conflicto y confrontación. Lo cual es aún peor, puesto que en lugar de disminuir, se intensifican, al no afrontarse directamente. Al evitar sentimientos complicados, nunca consiguen aprender cómo comportarse en situaciones de disputa con otras personas. Como consecuencia, ceden fácilmente el control de la situación a aquellos que pueden dominarlos mediante la intimidación o la manipulación", señala Braiker.

Diversas estrategias han sido establecidas para atenuar la culpa en caso de tener que decir "no", generalmente basadas en el eufemismo. Así, por ejemplo, en el caso de que en una cena importante o en una boda un familiar te pida si puede llevar a su pareja que no había sido previamente invitada, Braiker sugiere que no se den rodeos y se señale que no se contaba con él, pero que ambas parejas pueden encontrarse sin problema en otra ocasión: de esa forma, se aclara que el problema no es la persona en sí, sino la situación.

De la pasividad a la asertividad

Decía Mahatma Gandhi que "un 'no' pronunciado desde la convicción más profunda es mejor que un 'sí' dicho simplemente para complacer, o peor aún, para evitar la confrontación". Un popular libro publicado a mediados de los setenta vino a resumir, ya desde su título, ese sentimiento que atenaza a gran número de personas. Cuando digo no, me siento culpable, editado en nuestro país por Grijalbo Mondadori, es el nombre del ensayo de Manuel J. Smith que reivindicaba una conducta abierta frente a los tabúes sociales. Así, Smith señalaba que todas aquellas personas torturadas por la posibilidad del rechazo deben plantearse que poseen unos derechos asertivos de los que todos gozamos. Entre ellos se encuentra la posibilidad de cambiar de opinión, de cometer errores, de no tener que justificar nuestro comportamiento, de poder rechazar ofrecimientos y manifestar nuestra ignorancia sobre un tema o, incluso, falta de interés: puntos conflictivos para aquellos que buscan agradar en todo momento. Para Smith, la asertividad era la clave de todo ello, una vía para superar tan delicada situación.

Decir 'no' es ya una oración compuesta, no necesita justificaciones

Básicamente, lo que los teóricos de la asertividad defienden es una tercera vía que se sitúe entre la agresividad y la pasividad. Es decir, entre no decir "no" por miedo a lo que pueda ocurrir, y todo lo contrario: conducirse de forma vehemente sin tener en cuenta a los demás. A.A. Lazarus sugería el término alternativo de "libertad emocional", lo que da buena idea del proyecto asertivo. Básicamente tiene como idea principal la posibilidad de expresar opiniones y tomar decisiones sin miedo a la culpa. Para Alberti y Emmons, que fijaron en el año 1976 los principios sobre los que debía basarse la asertividad, lo importante era "actuar en base a los propios intereses, expresar sentimientos honestos y defenderse sin ansiedad inapropiada". Se trata de una forma de conducta que se ha utilizado con posterioridad en distintas terapias y en el ámbito de la empresa, y que defiende que la expresión de la propia opinión, aun negativa, es preferible al autoengaño.

Se trata de una pequeña fórmula para enfrentar nuestro día a día, de no sentir el miedo que nos paraliza cada vez que sentimos que debemos decir que 'no' y de la culpa por haber hecho lo contrario de lo que deseábamos. E.E. Cummings, poeta norteamericano de la generación beat, escribió los siguientes versos: "hace falta valor para crecer (y convertirse) en quien realmente uno es". Un dicho popular anglosajón indica que "decir 'no' es ya una oración completa", es decir, no requiere más justificaciones. Un buen par de lemas para recordar cada vez que sintamos miedo a actuar como deseamos y caer en justificaciones ante los demás que, en el fondo, no son más que excusas ante nosotros mismos.

 

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