DEBATE SOBRE LA VIGENCIA Y EL FUTURO DE LOS INTELECTUALES

"Digo en el parque que soy catedrático y escribo libros y me abofetean"

¿Existen hoy los intelectuales y, en ese caso, sirven para algo? En un mundo complejo y fragmentario, donde la información está al alcance de la mano

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"Digo en el parque que soy catedrático y escribo libros y me abofetean"
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    ¿Existen hoy los intelectuales y, en ese caso, sirven para algo? En un mundo complejo y fragmentario, donde la información está al alcance de la mano y en el que las interpretaciones se multiplican, esa figura del personaje especialmente cualificado para entender lo que ocurre y explicárselo al resto de ciudadanos, orientándoles respecto de sus creencias y de sus posibilidades de acción, parece en entredicho. Máxime cuando han proliferad a través de los medios de comunicación nuevas fuentes de influencia, que van desde los opinadores políticos que aparecen en las tertulias hasta los personajes de la telerrealidad.

    Javier Gomá, director de la Fundación Juan March y Premio Nacional de Ensayo 2004; Daniel Innerarity, director del Instituto de Gobernanza Democrática y Premio Nacional Ensayo 2003; Víctor Sampedro, catedrático de Periodismo de la Universidad Rey Juan Carlos y experto en los entornos digitales; y Germán Cano, profesor de filosofía de Universidad de Alcalá y gran conocedor de la filosofía europea de la segunda mitad del siglo XX; indagan en las múltiples incógnitas y posibilidades que suscita una figura antaño socialmente relevante.

    • El Confidencial 
    ¿Qué es un intelectual?
    • Javier Gomá. 
    Un intelectual es una persona que habiendo adquirido cierto magisterio en una especialidad luego es capaz de dirigirse a la sociedad en su conjunto, a la comunidad de hombres cultos. El primer requisito es importante, porque si no tiene magisterio o especialidad, estamos ante una persona que transmite sus ideas, pero al que no podemos llamar intelectual, sería más bien un comentarista o un analista. Y si es un extraordinario historiador o biólogo pero su voz se limita a ese ámbito tampoco se le puede llamar intelectual, porque sería más bien un académico. Son necesarios los dos ingredientes, gracias a los cuales se dirigirá a la comunidad de hombres cultos con vistas a formar esa imagen del mundo, esa conciencia o ese conjunto de evidencias en las que creerán las generaciones del presente o las futuras.

    En la actualidad el papel del intelectual adquiere una función predominanteEn este sentido, la función del intelectual es un universal antropológico. Es permanente, como pueden ser el amor, la muerte o el dolor. Siempre existirán intelectuales y siempre se necesitarán intelectuales en la medida en que dentro de cincuenta o de cien años seguiremos necesitando una comprensión del mundo y habrá una constelación de evidencias y de creencias de las que todos participaremos. Pero hablamos de una figura que hoy es especialmente importante porque en el pasado existían instituciones jerárquicas y aristocráticas que establecían modelos de conducta normativos para toda la sociedad. En la actualidad, sin embargo, vivimos en una sociedad igualitaria, en la que esas instituciones aristocráticas ya no existen, de modo que el papel del intelectual adquiere una función incluso predominante.

    • Víctor Sampedro.
    Sin embargo, esa definición del intelectual como portavoz de una cosmovisión que al final es aceptada por la comunidad de hombres cultos de la época está puesta en tela de juicio ahora. Y mucho. Precisamente porque parece hablar desde una tribuna superior, desde una posición jerárquica que hoy no marcha. Y no es democratismo barato. Ese intelectual que vive en un mundo de excelencia y que desde esa posición jerárquica establece unas coordenadas de presente y de futuro está totalmente en entredicho.

    • Germán Cano

    Lo que parece estar en juego hoy es hasta qué punto un intelectual tiene legitimidad para decir a los demás “estáis equivocados, estáis dentro de la caverna de las sombras” y a qué concepto normativo de verdad puede apelar para realizar ese diagnóstico crítico. Ya no podemos manejarnos con los conceptos leninistas según los cuales habría gente mucho más capaz (los cuadros del partido) encargada de adoctrinar a unas masas que por sí mismas tienden a la servidumbre voluntaria. Esto es lo que ya no funciona, y máxime cuando estamos en lo que Foucault llamaba la caída del intelectual universal y la llegada del intelectual específico. El primero sería alguien como Sartre, una figura que sobrevuela todos los ámbitos del conocimiento y que habla desde un criterio de verdad fuerte. Foucault considera que esa posición no se puede defender ya, sobre todo porque el conocimiento se ha disgregado ya por completo, en las ciencias, en el arte, en todo.

    • Daniel Innerarity

    Era muy frecuente que el intelectual se desentendiese de la complejidad de lo real

    Quizá los problemas vengan de otra parte. En primer lugar, el intelectual debería prestar atención a la realidad, lo que generalmente no ha venido haciendo. Era muy frecuente que el intelectual se desentendiese de la complejidad de lo real. Hay un tipo de crítica que surge de la simplicidad y que explica por qué se le asocia frecuentemente con el diletantismo y la incompetencia técnica. La radicalidad crítica suele venir acompañada de radicalidad moral, tanto mayor cuanto menos se ha enterado el crítico de los verdaderos términos del problema. La crítica intelectual debería también distinguirse cuidadosamente de la agitación polémica diaria tan característica de un mundo que articula sus discusiones fundamentales en torno a los medios de comunicación y que las encauza y desarrolla de acuerdo con la lógica que estos imponen. La discusión pública o mediática, aunque en ocasiones resulte tan virulenta, suele discurrir dentro de un marco que apenas discute. Los ejes están trazados de antemano y se aceptan de una manera tan poco crítica como los conceptos de uso corriente. La opinión pública centra su atención en asuntos políticos que tienen poco que ver con una “contradicción”: temas banales, agitación superficial, oposición ritualizada. Es escasa aquella forma de crítica que examina las premisas públicamente aceptadas a partir de las cuales se describen los problemas.

    • El Confidencial

    Si ya no puede cumplir sus funciones tradicionales, ¿cuáles son las nuevas?

    • Víctor Sampedro

    Su primera función es conseguir que la esfera pública se abra y respire, y más aún cuando hoy hablamos de una atmósfera muy viciada. ¿Cómo se hace eso? Pues diciendo aquellas cosas que otros no se atreven a decir. Eso fue el J’accuse de Zola. Es hacer explícito ese consenso reprimido que alguien tiene que sacar para que a partir de ahí surja una acción colectiva y una cara verdadera de lo social. Y esto es completamente imprescindible en un mundo de la fama y la celebridad como es el nuestro. En segundo lugar el intelectual debe ser capaz, en este momento, que es un clarísimo cambio de época, de señalar tendencias de futuro y de reivindicar visiones y protagonistas del pasado que no den capacidad de emancipación.

    • Javier Gomá. 

    Quiero insistir en la idea del universal antropológico. Siempre ha existido un grupo de personas que ha trascendido su especialización dirigiendo su palabra a la comunidad de hombres cultos, y digo hombres cultos no porque estén excluidos los demás sino porque son los que suelen prestar atención a estas voces. Eso es evidente, desde los sofistas hasta los actuales Coetzee, Pamuk o Vargas Llosa. El hombre, como dijo Camus, muere y no es feliz. Vive, siente padece y actúa. Y necesita sentido. Hay demanda de sentido. En una sociedad en que, como decía Germán,la disgregación del saber es máxima, esa demanda puede convertirse en urgente. Y el intelectual ha de satisfacerla.

    El intelectual no es una persona que tenga una posición aristocráticaPero hay que tener en cuenta que el intelectual no es una persona que tenga una posición aristocrática o se atribuya de origen una autoridad que no tiene, y que desde ahí se dirija a una sociedad cuya única obligación, como decía Ortega, es ser dócil. No hablamos de una minoría que establece las pautas y de una mayoría que tiene que seguirlas. No, hablamos de ciudadanos autónomos, potencialmente emancipados, que establecen influencias mutuas y para quienes determinados ejemplos e influencias generan más consensos que otros. Y esta es la clave, la capacidad de generar consensos. Un buen intelectual, por tanto, sería una persona que en una posición igualitaria provee mayores herramientas para proporcionar sentido a la sociedad, haciendo que las vidas de sus integrantes sean más significativas. Y esto es muy importante en una sociedad fragmentada como la nuestra que demanda más sentido que antes.

    • Germán Cano.  

    ¿Pero de verdad necesitamos de tanto sentido hoy día o necesitamos mejor quebrar nuestras evidencias? Porque más que de sentido hablaría de mapas. Quizá lo que pueda aportar el intelectual es la posibilidad de generar cartografías del presente en virtud de las cuales, por ejemplo, la indignación y la frustración de la gente se vean acompañadas de un discurso teórico, de explicar por qué uno sufre y por qué está frustrado. De lo contrario, esa frustración siempre busca chivos expiatorios o genera resentimientos, precisamente porque falta ese sentido cartográfico que nos permite ubicarlos.

    • Víctor Sampedro

    El discurso predominante es antiintelectualNo sé hasta qué punto esos consensos existen y si puede generarlos el intelectual, que ha caído muy bajo en la estima social. Yo no puedo decir en el parque al que llevo a mis niños que soy catedrático, que escribo libros y artículos y que por eso me pagan todos los meses. Me abofeterían, porque el discurso predominante no solamente es antifuncionario sino que es antiintelectual. Soy un personaje diletante, de ideas abstractas que no se concretan en nada productivo, que no trabaja. Pero además, no se reconoce mi relato como un relato colectivo, quizá porque no he alcanzado ese nivel de consenso que señala Javier. Quizá sea porque no tengo enfrente a un sujeto histórico que se tome en serio lo que digo para entenderse mejor a sí mismo y que lo proyecte en una dimensión pública. Y cuando pienso en la gente con la que me he cruzado en mis 45 años, y que ha logrado que la gente se tome en serio lo que dice para hacer acción colectiva, no me encuentro intelectuales. Por citar un ejemplo actual, Hessel no es un intelectual clásico. Y cuando comparas el 68 y Sartre y comparas el Occupy Wall Street y el 99% y Hessel…hay una caída libre.

    *La continuación de este debate se publicará mañana.

    Alma, Corazón, Vida
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