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Los padres deben mostrar una dieta equilibrada y sana. (Corbis)
@Guillermo Moratinos 26/10/2011 (06:00h)
Pocas personas se resisten a comer solas un domingo. La típica paella en el campo, en casa de los abuelos o en un restaurante es la excusa perfecta para reunirse con la familia después de una semana en la que las obligaciones laborales no nos han permitido más que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Sin embargo, hubo una vez cuando lo normal era comer en casa todos los días, cenar juntos, e, incluso, desayunar. Era otra época, donde la importancia de la familia era tal que llegar tarde o saltarse una de ellas podía desembocar en una bronca monumental que nos podía dejar sin el sustento del día. Esta ha sido la tónica general de las familias españolas durante el siglo XX, sin embargo, con el paso de los años y el ritmo de vida actual las cosas han cambiado mucho.
Los pueblos son un buen termómetro para medir este giro generalizado. Todavía allí los horarios laborales permiten algo inimaginable en las grandes ciudades: acudir a casa al mediodía para comer y volver a la faena. Esto hace que a duras penas se conserve la costumbre de que los padres coman con los niños a diario.
A pesar de ello, en estos municipios ya se están instaurando los comedores escolares y las jornadas intensivas de trabajo y colegio para permitir cuadrar horarios a los padres con problemas. Lo malo de estos pasos hacia la conciliación laboral es que modifican las costumbres que hasta el momento existían e impiden, por tanto, las reuniones familiares a la hora de comer.
Todo parece negativo para mantener estas comidas, pero hay que intentar hacerlo por el bien de los niños. Un estudio de la Universidad de Hertfordshire, en Reino Unido, avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que el 3 por ciento de los jóvenes nunca come con sus padres, uno dato escalofriante que describe cómo está la situación en ese sentido.
En ciudades como Madrid, padres e hijos se levantan muy temprano para cumplir con sus obligaciones y no vuelven a verse hasta la hora de la cena. Las clases, las actividades extraescolares y el horario laboral de los progenitores suponen un impedimento que nos deja sólo la cena o los fines de semana como punto de reunión familiar.
Gabriel Dávalos, profesor de terapia familiar de la Universidad San Pablo CEU, comenta que “si no existen espacios en común de la familia hay que crearlos” pero asegura que, en muchos casos, el problema radica en que se usa el ‘no puedo’ para justificar no estar presente en determinados momentos y no participar en la vida familiar.
El sobrecargo que sufren muchos críos de actividades docentes o extraescolares es otro de los problemas que impide abrir espacios de vida familiar. Dávalos cree que este aprendizaje es fundamental para el futuro profesional de los niños, pero insiste en que compartir momentos familiares también tendrá un alto impacto en su adaptación social, en sus habilidades sociales o en el fracaso escolar, al que está muy ligado, por lo que insiste en equilibrar la situación.
El propio ministerio de Salud inglés ha llamado la atención a sus ciudadanos sobre este tema al asegurar que más de la mitad de los niños de entre 11 y 15 años no comen con su familia. El ministerio asegura que los padres son modelos de comportamiento para sus hijos y afirma que éstos deben ser el ejemplo de cómo alimentarse con una dieta equilibrada, lo que les servirá para mantener una buena nutrición para el resto de sus vidas. Además, los niños que comen con sus padres ganan en ventajas psicológicas y físicas, según el estudio.
Comidas distendidas y dando ejemplo a los hijos
Para el psicólogo Esteban Cañamares, “lo importante de todo esto es mantener un momento de reunión familiar para dialogar y para que la sensación de unión quede reforzada. Es muy importante que la televisión se mantenga apagada y que no sea algo rígido, sino lúdico y relajado. Por eso, la cena es un buen momento para juntarnos, ya que no quedan obligaciones pendientes, es más distendida y, además, puede servir para comentar nuestro balance del día”.
Sin embargo, no hay que ser rígido, sino que hay que amoldarse a las situaciones. “Esto no puede cumplirse como un mandamiento dadas las dificultades laborales, pero, si no pueden ser más, hay que intentar reunirse, a menos, una vez por semana”, asegura Cañamares y explica que “es lo mismo que cuando te sientas a conversar con la familia. Está claro que debe haber un diálogo permanente, pero no hay que forzar situaciones. Es mejor hablar del tiempo que presionar para que salgan conversaciones".
Cuanto más pequeños sean los hijos, más importante será comer en familia. El psicólogo comenta que “con los niños de hasta 12 años esto debería ser constante porque para ellos los padres son ejemplos a seguir e imitan su comportamiento en la mesa, su higiene, sus actitudes psicológicas, etc.”. Por ello, es muy importante que los propios padres mantengan una dieta equilibrada, coman de todo y tengan una buena actitud en la mesa. Es incongruente, por ejemplo, que el padre no coma lentejas, pero obligue a sus hijos a tomarlas.
Gabriel Dávalos da a conocer que hasta los 10 años hay un movimiento centrípeto en los niños, que necesitan a sus padres y están unidos a ellos como una piña, pero a partir de esa edad el movimiento es centrífugo, de dentro hacia fuera, por eso están más unidos a sus amigos. Para Dávalos lo importante es “el gran desafío” que supone para los padres “sentar unas bases de hábitos desde pequeños para conseguir que cuando sean adolescentes deseen compartir espacios familiares como comer juntos, y que de mayores lo vean como una celebración y no una obligación”. De eso es de lo que trata la educación en positivo que se promulga hacia las familias.
Además, este profesor universitario alude a que es un buen antídoto para que se produzcan casos de violencia intrafamiliar, ya que con comidas distendidas se evitará que los hijos se callen sus problemas y mantengan una vida al margen de los padres.
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