Cuando la Play Station sustituye a los padres

La pasada semana los padres de los niños de cuarto de primaria (nueve y diez años) del centro donde estudia mi hijo recibimos una carta de

La pasada semana los padres de los niños de cuarto de primaria (nueve y diez años) del centro donde estudia mi hijo recibimos una carta de su tutora. El escrito alertaba sobre la falta de motivación e interés que demostraban sus alumnos a la hora de realizar las tareas escolares. También nos avisaba del poco esmero e insuficiente atención que viene observando desde el comienzo de curso. Acertadamente decía “hacer las cosas bien, no tiene mucho que ver con hacer las cosas”. Concluía apelando a la necesaria colaboración entre familias y colegio para corregir la deriva que está tomando el asunto.

Normalmente nos encontramos con que familia y escuela se culpan mutuamente de las carencias del modelo educativo y de lo que se ha dado en llamar ‘fracaso escolar’. La brecha y la falta de entendimiento entre estos dos grupos es cada vez mayor. Lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que el interés debería ser común: la adecuada formación de las nuevas generaciones. Siendo la educación el pilar principal sobre el que sostener el futuro de cualquier país y comunidad, todos deberíamos involucrarnos en lo relativo a ella. María Montessori expuso los peligros que el abandono de la instrucción de los menores suponía para la supervivencia de la humanidad.

Decía Bertrand Rusell: “Los hombres nacen ignorantes, no estúpidos; son idiotizados por la educación”. El veneno está en la trama que hemos urdido a lo largo del tiempo, en los métodos y contenidos educativos. No lo busquemos en los educadores, profesionales en su mayoría de gran dedicación y entrega, insuficientemente valorados. Se encuentra en los métodos que no fomentan el auto-aprendizaje, la creatividad y la cooperación sino el gregarismo o ‘aborregamiento’, la memorización y la competencia (cuanto más feroz mejor, para integrarse a una sociedad que deja cada vez más cadáveres en las cunetas). El procedimiento se reduce a conseguir satisfacciones a corto plazo en forma de aprobados, sin abordar el desarrollo de un ser integral con todas sus capacidades humanas, fuente de felicidad y de contribución al bien común.

El sistema da como resultado hornadas de estudiantes convertidos en mansos corderos (con explosiones de violencia cada vez más comunes y grupales en las aulas y fuera de ellas) prestos a ser devorados por lobos. Algunos sobreviven, sí, pero ¿a qué precio? Desde luego el mínimo a pagar es la renuncia a saber lo que uno quiere hacer con su vida y como conseguirlo, adocenarse y seguir tirando para adelante sin ningún norte.

Las grandes y muy rentables editoriales del sector tienen como meta explotar al máximo contenidos obsoletos y herramientas que nada transforman. Presentados con un diseño moderno acorde con los tiempos y en connivencia con ‘profesionales’ de la psicología y la pedagogía. Por otro lado, también hay un gran interés comercial en hacer ver que el niño que no llega al nivel exigido padece algún tipo de enfermedad psíquica de urgente tratamiento.

Cuando la Play Station hace de padre

En casa la situación no mejora. La televisión y otras pantallas (ordenador, consolas de videojuegos y teléfono móvil) se han convertido en los consejeros y tutores de los menores. Es ahí donde para ellos se encuentra la verdadera aventura de la vida. Pudiendo ser medios muy eficaces para el aprendizaje, su utilidad se ve anulada por la basura ofrecida y su utilización abusiva. Los padres no debemos delegar nuestra responsabilidad ni un minuto más. La situación así lo exige.

Y qué decir de los gobiernos. Mirando para otro lado, dejando todo para un mañana ya hipotecado, culpando a la oposición y al pasado, rehenes de su incapacidad. Resulta difícil de entender como siendo la educación la primera, segunda y tercera prioridad para labrarnos un futuro esperanzador, el ministerio del ramo no sea el que más recursos tenga y no ocupe la vicepresidencia primera. La fragmentación que el régimen autonómico supone da lugar a un exceso de contenidos inútiles y excesivamente localistas. No serán nuestros gobernantes los interesados en formar ciudadanos libres mediante una educación para la vida que nada tiene que ver con la ‘panacea’ de la educación para la ciudadanía. Ni serán los que fomenten el espíritu crítico y el cuestionamiento de la realidad en la que vivimos, como punto de partida para mejorar nuestra sociedad.

Hemos tocado fondo. Así lo expresó hace ya tiempo Arturo Pérez Reverte de manera vehemente y sin tibieza alguna en un artículo publicado por XL Semanal. También, por si disponen del tiempo para leerlo, les acompaño el interesantísimo discurso (“Por qué la escuela no educa") de John Taylor Gatto cuando aceptó el galardón de “Maestro del Año de Nueva York” en 1990. Se trata de Estados Unidos, pero es perfectamente trasladable a España en su diagnóstico. Me sorprende el paralelismo entre la intervención del ejército de los EEUU para llevar los niños al colegio en 1880 y la de las fuerzas del orden para impedir que un número creciente de familias eduquen a sus hijos al margen del sistema de enseñanza obligatorio aquí.

El derecho al espacio, al tiempo, a la verdad

La cuestión no puede seguir este rumbo. Desde este fondo podemos tomar el impulso requerido para introducir las reformas necesarias. En este blog se hicieron algunas propuestas que agrego para evitar que mi crítica sea meramente destructiva. Hago mío el lema de un maravilloso colegio que existe en nuestro país, O Pelouro, que dice “otra educación es posible”.

Stefan Zweig en su impresionante testimonio El mundo de ayer describió una realidad no muy distinta de la actual: “…toda mi época escolar no fue sino un aburrimiento constante y agotador que aumentaba año a año debido a mi impaciencia por librarme de aquel fastidio rutinario. No recuerdo haberme sentido alegre y feliz en ningún momento de mis años escolares -monótonos, despiadados e insípidos- que nos amargaron a conciencia la época más libre y hermosa de la vida…”.

Para superar esa escena, tomo prestados de O Pelouro los derechos de los colegiales que incluiría en todo programa educativo. Son el derecho al espacio (externo e interno, en la mente de cada uno) y al tiempo (a usarlo de modo humano), a la belleza (necesidad de armonía, acercamiento a la naturaleza), a la integración (de cuerpo y mente, de naturaleza y cultura, del conocimiento con el amor), a crecer como individuo en relación, a transformar la realidad y a la verdad. Corren parejos a una enseñanza basada en los valores del propio esfuerzo y la cooperación, así como a la experimentación como origen de todo aprendizaje para la vida.

Alma, Corazón, Vida
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