Maestro de reporteros, corresponsal de plantilla de
The New Yorker y habitual en las páginas de
Le Monde,
New York Times o
The Guardian,
Jon Lee Anderson (California, 1957) representa a esa clase de narradores cuyos trabajos impulsan a muchos jóvenes a iniciarse en la profesión periodística. Sus crónicas afiladas, que definen con sabiduría a las situaciones y a los personajes que retrata (entre los que se cuentan el rey
Juan Carlos,
Saddam, el
Che Guevara o
Pinochet) destilan un talento que se vuelve a poner de manifiesto en
La herencia colonial y otras maldiciones (Sexto piso). Anderson se convirtió en noticia en las últimas semanas porque
llamó a La Razón “diario de mierda” tras afirmar que este periódico había tergiversado unas declaraciones suyas sobre las elecciones venezolanas.
E.C.- Parece que este tiempo está marcando el fin de la influencia social del periodismo escrito.J.L.A.- No sé cómo medir la influencia, si remontándonos hasta hace 50 años o hasta hace 15, cuando surgió internet. Ha habido una perdida de espacio de la prensa escrita, ante la presión de las nuevas tecnologías, pero
es algo que empezó con la televisión, y que ha tomado mucho mayor impulso con la explosión de internet y ahora con Youtube, Facebook y Twitter. Pero, a la vez, aparecen medios nuevos dedicados a la crónica literaria y al periodismo de profundidad que no tienen audiencias masivas, pero ¿acaso la prensa escrita la tuvo en algún momento? En EEUU el diario de mayor circulación es el
Washington Post, que es un tabloide de
Murdoch, como
The Sun en Inglaterra. ¿Acaso el gran público leía prensa de calidad? No me consta.
E.C.- Vivimos en un instante en el que la reflexión, la mirada a medio plazo y, en general, todo lo que requiere espacio ha sido dejado de lado en favor de lo simple y de lo inmediato. Y siendo verdad que el público de masas siempre ha preferido información de escasa calidad, también lo es que había distintas clases de lectores y que el sector de quienes demandaban información más trabajada era más amplio que ahora. Lo llamativo es que ese público que buscaba artículos de mayor profundidad se ha perdido en EE.UU. y Europa, pero no tanto en América Latina.En España tenéis esta historia de las autonomías que hace que ninguna prensa sea verdaderamente libre porque todas tienen sus ataduras políticasJ.L.A.- Así es. En los últimos 10 o 12 años han brotado una docena de medios nuevos dedicados al buen periodismo y a la crónica literaria de largo aliento. En cada país latinoamericano suele haber un medio digital o en papel de gran calidad, que es reconocido en el exterior y que va ganando premios internacionales. Eso me alienta mucho. No ha ocurrido así en Europa. Aquí siempre ha habido más oferta, más opciones, más arquitectura cultural para una clase media amplia, y lo interesante de
este boom es que no se está produciendo en España, en Francia o en Inglaterra, sino en un continente de mucha efervescencia social y muy sincrético. En Hispanoamérica, la clase media, que siempre ha sido pequeña, sólo tenía acceso a una información muy
mainstream, muy tradicional, muy ortodoxa, muy ligada a determinadas familias de intereses económicos fuertes, a grupos políticos muy marcados, y de pronto surge una generación nueva de periodistas de menos de 40 años que no tienen la carga que llevaban sus padres, y que simplemente no se conciben trabajando como reporteros de
El comercio de Lima o de
La Nación de Buenos Aires, o de qué se yo… Pero coño, montan sus propias revistas que a lo mejor no tienen una circulación inmensa, pero solventan una oficina y la carrera de unos cuantos periodistas. Son revistas, como la chilena
The Clinic, que venden 15.000 ejemplares.
E.C.- Pero eso es muchísimo...
J.L.A.- Sí, lo es. Hablamos de un país donde un
bestseller son 600 ejemplares..
E.C.- En todo caso, quizá ese menor impulso europeo para hacer cosas más arriesgadas provenga de que tenemos una clase media en regresión, más acobardada, sin ese punto de intrepidez que sí tienen los latinoamericanos. Parecería que debiera ser a la inversa, ya que nosotros disponemos de más posibilidades, pero no es así. J.L.A.- Quizás ante la comodidad relativa de Europa ante las últimas décadas,
las sociedades se han vuelto intelectualmente menos curiosas. He dado talleres de periodismo en América Latina y siento una emoción y una energía que jamás he sentido en Europa. Aquí hay buenos periodistas y hay buenas escuelas, pero es más institucional. Y en España tenéis esta historia de las autonomías que hace que ninguna prensa sea verdaderamente libre porque todas tienen sus ataduras políticas. Eso hace que la vocación periodística sea auténticamente burocrática. Antes del colapso económico, ser periodista era una carrera, algo que para mí no es concebible. Sé que hay gente así, y hay norteamericanos que son así, que buscaron trabajar en el
New York Times para tener una carrera y ganar bien, pero nunca busqué yo algo así. Y la mayoría de los latinoamericanos tampoco. Ninguno de ellos pensó que iba a hacerse rico, que iba a estar cómodo o seguro en esta profesión. Ninguno. Era más bien por un espíritu de inquietud social.
Ellos tienen un espíritu de aventura y una creatividad desbordante que les lleva a querer contar historias diferentes y a explorar su sociedad de forma distinta. Aquí no ha habido nada de eso. Hoy, sin embargo, hay muchos jóvenes españoles saliendo hacia América Latina con una mano delante y otra detrás, a buscarse la vida justamente en esos medios. Me consta, me voy topando con ellos desde hace un año. Están en Argentina o en México, e incluso me los he encontrado en Medio Oriente. Creo que la crisis les va a servir a esta nueva generación de españoles porque les ha obligado a salir, a perder la comodidad, a volver a encontrar la aventura que siempre fue parte del espíritu español.
E.C.- Imagino que la situación será similar a la del resto de Europa. ¿O estamos más acomodados que alemanes, franceses o ingleses?J.L.A.- No, es más o menos lo mismo, pero hay algunas buenas noticias. Funciona un medio en Francia, de gran formato, que cuida la reportería gráfica, y que
cuenta con crónicas largas de gran calidad, que es muy recomendable. Se llama Siglo XXI, lo dirige
Patrick de Saint-Exupéry, el nieto del escritor. En Italia está
Internazionale, que busca romper ese molde muy italiano del ensimismamiento periodístico y político que padece España también. Bueno, toda Europa lo padece, donde la mayoría de los países sólo reparan en sí mismos. En
Internazionale rompen con esto buscando lo mejor y más actual y lo traducen. Y cuenta con un trabajo de edición admirable. Son un ejemplo muy digno.
E.C.- Es imprescindible que estos ejemplos se extiendan. En tu mismo caso, si una estructura periodística sólida no te hubiera cobijado, no hubieras existido como periodista, a pesar de tu talento. Y ahora apenas hay estructuras distintas, lo que supone que los nuevos Jon Lee Anderson lo tendrán muy difícil. Lo que sí vemos son iniciativas que están emergiendo, que están flotando a ver si logran consolidarse pero que no sabes qué pasará con ellas. Sin embargo, estas iniciativas son necesarias y no sólo para los periodistas.Tengo un título universitario y mi padre tenía dinero, pero trabajé con pico y pala, fui guardia en una cárcel, corté tabaco y lavé platosJ.L.A.- Sí, es como volver a mirar. Estuve viviendo en España seis años, hasta 2001, y era muy consciente de los procesos que se estaban viviendo y que no estaban siendo bien contados por la prensa. Impartí clase en algunos talleres de periodismo y me gustaba desafiar a los jóvenes para que hicieran otras cosas. Y los jóvenes me decían, "sí, Jon, tú trabajas para New Yorker, tienes ese lujo, y puedes contar historias increíbles, cuentas con posibilidades que nosotros no tenemos". Pero esos mismos chicos no se daban cuente de lo que estaba ocurriendo cada verano en España, donde había muchas historias que contar. Por ejemplo,
en 1995, África descubrió Europa y comenzaron a buscarla a través de España. A ningún periodista se le ocurrió ir a los países donde los africanos se montaban en pateras, conocer las comunidades de donde salían esos barcos. A ninguno se le ocurrió montarse en una patera y acompañarles en su viaje. Y no lo hacían por una cuestión social, un joven acomodado no iba a convivir con un montón de negros de África. Era una escuela totalmente distinta a la mía, y no es un juicio de valor, sino una constatación de las diferencias. Tengo un título universitario y mi padre tenía dinero, pero trabajé con pico y pala, fui guardia en una cárcel, corté tabaco y lavé platos. No tenía que hacerlo pero lo hice porque quería conocer la vida.
E.C.- Ahora que tocas el tema de África, querría profundizar más en la situación que describes en La herencia colonial y otras maldiciones. Esperábamos que África diera pasos de progreso en estas décadas y no ha sido así, ni mucho menos. Incluso se han acrecentado viejos problemas.J.L.A.- África tiene diferentes corrientes, hay lugares que están como estancados como Sudán o Zimbabue, en Sudáfrica hay una regresión, lo cual era previsible cuando vimos que
Zuma iba a liderar el país. África tiene muchos procesos que pasar. Las injusticias que sufren en Zimbabue, por ejemplo, en algún momento u otro, tienen que estallar. Ese desastre ingeniado por
Mugabe va a tener consecuencias de un momento a otro. En Mozambique, un país que está a su lado, y que en los años 80 estaba viviendo una carnicería de las peores, ha ido dando pasos modestos hacia una economía más estable. En Angola no les puede ir bien, porque es un país demasiado corrupto, con mucha riqueza y poco reparto, y tiene que reventar en algún momento. Hay muchos lastres del pasado que no han sido resueltos,
las políticas sectarias y tribales están muy arraigadas. Y la Guerra Fría no ayudó, ya que tanto la URSS como EE.UU. llenaron ese continente de armas y hoy vemos con qué consecuencias. Hoy estamos ante un problema en Mali, en el Magreb, que nadie toca, con Al Qaeda gobernando la mitad del país. Algo que está directamente causado por lo que hizo la OTAN
en Libia.
E.C.- La cuestión es que, conociendo la existencia de esos problemas, en lugar de hacer algo por solucionarlos, parece que nuestras acciones los incrementa. Hablo de Occidente, pero también de China, ya que el continente africano se ha convertido en un simple tablero en el que se enfrentan intereses económicos y estratégicos. El futuro apunta mal…Los chinos buscan agarrar todos los recursos naturales del mundo porque entienden que esta es la última carreraJ.L.A.-
El porvenir de África está en manos de los directores de las organizaciones humanitarias, de los consejeros delegados de las grandes corporaciones y de unos cuantos diplomáticos, que suelen medir los avances en términos de datos económicos y de posibilidades comerciales. Ellos son los que cuentan la historia. En otro caso, sólo nos acordamos de África cuando se produce algún desastre, como en Libia o en el Congo, o cuando vamos a cubrir las elecciones. Y las elecciones son en muchos casos una quimera, como vimos en Libia. Está bien que los moderados ganen las elecciones, pero de qué sirve eso en un país donde hay 500 milicias armadas. Y era obvio, por lo que pasó con el embajador americano, que el Estado como tal no existe ante la toma de la calle por las milicias. Vamos a ver si a raíz de este desastre el estado logra crecer y establecer el monopolio de la violencia…
E.C.- Cuando uno se sienta frente a seres sanguinarios, responsables de grandes matanzas, como es el caso de Charles Taylor, ¿qué se piensa?J.L.A.- Cuando estuve delante de
Charles Taylor sabía que estaba delante de alguien malvado. Tuve alguna duda hasta que le conocí en persona, pero
en cuanto le vi, supe que era un hombre sin conciencia alguna. Cuando le pregunté cómo llevaba la presidencia, se quejó durante cinco minutos de lo haragana que era su gente, de que no le dejaban descansar y de que era necesario cobrar impuestos en un país arruinado. Era un depredador, un hombre realmente malo. Si agarras a un proxeneta callejero y le pones al mando de un país tendrías a alguien mejor que Taylor. Pero hasta ese momento
Carter creía que Taylor era salvable. Le veía a través de los ojos del evangelio, como alguien que tenía un ángel y un diablo combatiendo dentro de sí, y aunque la pelea la fuera ganando el diablo, el ángel acabaría por imponerse. Era una cosa como de
Tintín y
Milú. Fue Carter quien convenció a Taylor de que aceptase elecciones, pero no sé qué pensaría después de que Taylor utilizase como lema de campaña ‘Es mejor el diablo que conoces que el ángel por conocer’… La gente de Carter estaba aplicando nociones de Washington o Boston a un lugar que era como el reino de
Kurtz [el protagonista de
El corazón de las tinieblas, de
Joseph Conrad]. Hay otra gente que simplemente es muy cínica, que ve África como un negocio, que se pone al lado de quienes están en el poder y les facilitan el enriquecimiento. En África opera el capitalismo más descarnado. Y no es una valoración ideológica, es así. Lo que están haciendo los chinos hoy en el continente africano es lo que nosotros hicimos durante mucho tiempo, pero con la tecnología de hoy y con una rapiña metódica que busca agarrar todos los recursos naturales del mundo antes, porque entienden que esta es la última carrera.