12/10/2011
(06:00)
“Hoy estamos más solos”. Lo que la doula Luz García resume con esta frase un tanto resignada, es también lo que constituye la condición de posibilidad de su profesión. Hasta no hace demasiado tiempo, nuestra vida transcurría cerca de nuestra familia, que solía ser amplia, por lo que teníamos en quien apoyarnos cuando era necesario. Así ocurría en el momento del parto o en las primeras semanas del recién nacido, cuando las inseguridades de la madre se multiplicaban, especialmente si era primeriza. En ese contexto, el apoyo en forma de instrucciones y de compañía resultaba indispensable para lidiar con una situación que podía resultar anímicamente difícil
Hoy carecemos de esa red familiar, que hemos cambiado por un conjunto de expertos cuya función es dar solución a los problemas médicos. Pero con eso no basta, dice Luz, porque los ginecólogos explican los cambios físicos que va a producir el nacimiento, pero no cómo van a repercutir psicológicamente: “no habrá muchos médicos que te digan que vas a sentir que sola no vas a poder con tu bebé o que a veces pensarás que no le quieres”. En el pasado, enfrentadas a esa situación, las madres recurrían a sus parientes cercanos, quienes proporcionaban los consejos y la normalidad que necesitaba. Pero hoy no ocurre así, tanto porque vivimos mucho más aislados que en el pasado, con la familia a notable distancia, como por las dificultades de comunicación con la familia propias de nuestra época. “A veces tenemos cerca a nuestra madre o a nuestra hermana pero no nos atrevemos a hacerles esas preguntas tan íntimas por si piensan mal de nosotras o porque no hay la suficiente confianza. Cuando eso ocurre, viene bien tener a alguien al lado que no es de nuestro círculo”.
Y ese alguien son las doulas, mujeres especializadas en prestar esa ayuda desde los meses anteriores al parto hasta las primeras semanas de vida del recién nacido. Luz define su trabajo como el de una “presencia empática” cuya función principal es la de acompañar a la mujer por un trayecto lleno de dudas. Así, las doulas ayudan a comprender el lenguaje de los ginecólogos y a realizar el plan de parto y preparan a la futura mamá para los cambios que vendrán, tanto físicos como psicológicos, e intentan que llegue lo más preparada posible al parto. En éste no asisten (“las parteras son ilegales), pero sí ayudan a que nadie lo interrumpa si es en casa y a que se cumpla el plan de parto previsto si es hospitalario. “Intentamos que no se realice la episotomía o el rasurado si esa es la voluntad de la madre, que el contacto con el bebé se produzca desde el primer momento y que se establezca la lactancia materna”. Durante el posparto, en un periodo de uno o dos meses, ayudan a la madre a atender al bebé y “a que supere las dudas y miedos que la suelen asaltar. También ayudamos al padre que sepa cuál es su nuevo lugar”. En esencia “se trata de ayudar “sin juzgar y sin interferir, lo que es más difícil que se produzca en la familia”.
A mi mujer se le ha ido la cabeza
La doula, pues, es una nueva figura que viene a suplir muchas de las carencias afectivas y de comunicación con que se enfrenta nuestra sociedad, y que se dejan sentir especialmente en casos como los de las madres primerizas, que notan de un modo muy vivo esa falta de una red familiar cercana. Un aislamiento se agrava por una convención social según la cual debe exteriorizarse una situación ideal. “Cuando nos juntamos con otros padres y madres tenemos la fea costumbre de decir que todo está muy bien, que seguimos teniendo una vida de pareja fabulosa y que el niño está radiante. Pero es mentira. Lo hacemos porque no creemos que van a pensar que no somos buenos padres si decimos la verdad, esto es, que nuestra casa es un caos, que a mi mujer parece que se la ha ido la cabeza y que ya no tiene tiempo ni de ducharse, que no podemos hacer vida normal porque todo gira en torno al bebé o que llevamos seis meses sin vida sexual porque cada vez que el toco a mi mujer me rechaza. Y son problemas muy habituales que convendrían que los médicos nos explicaran. Pero no lo hacen”.
Por eso es tan importante el respaldo de una figura como la doula, ya que al moverse en el doble plano de lo emocional y de lo experto, ofrece una serie de beneficios que se notan tanto a la hora del parto (han contribuido a reducir el número de cesáreas, de inyecciones epidurales o de empleo de fórceps) como en el posparto, donde las madres que fueron acompañadas por una doula mostraron menos caso de depresión y tuvieron una lactancia más exitosa.
Luz es educadora infantil, y empezó con el empleo de doula “fruto del destino”. Dejó su puesto de administrativo para cuidar niños, estrenándose con un bebé de tres días, con el que descubrió que ese era el mundo que de verdad la hacía disfrutar. “Después vinieron más niños, y sus mamás me preguntaban muchas dudas porque encontraban una presencia empática en mí. De modo que me di cuenta de que más que cuidadora de bebés era doula. Fue entonces cuando decidí formarme como tal”. Según Luz, algunas personas llegan a ser doula porque el parto no les fue bien y no quieren que otras madres pasen por lo mismo, mientras que a otras les fue muy bien y quieren ayudar a que más mujeres repitan esa experiencia. En su caso, “es algo completamente vocacional”. Como suele ser el caso de la mayoría de ellas: en tanto su trabajo ocupa un estatus peculiar y todavía no está demasiado extendido, no es una gran vía de ingresos.